Capítulo seis
Kate
Viajar con un equipo profesional de hockey lucía mejor en las fotos.
En las redes sociales, había jugadores cruzando aeropuertos con auriculares caros, equipaje a juego y una cantidad insultante de seguridad en sí mismos para ser hombres despiertos antes de las siete de la mañana.
En realidad, había veintitantos atletas ocupando demasiado espacio, miembros del personal revisando las mismas listas por tercera vez, fundas de equipamiento apareciendo de todas partes y Mason Reed discutiendo con alguien porque había intentado subir al avión con un recipiente abierto de algo que olía agresivamente a cebolla.
—Solo quiero que conste que te lo advertí.
Rachel pasó junto a mí con dos cafés en la mano y señaló discretamente hacia Mason, que ahora defendía lo que había elegido comer ante uno del personal de viaje.
—¿Sobre qué?
—Nunca aceptes nada que él te ofrezca en un viaje.
Mason la oyó.
—Es ensalada de huevo.
Rachel siguió caminando.
—Eso no ayuda.
Me reí y me ajusté la mochila en el hombro.
El vuelo a Detroit sería corto. Los Guardians jugaban al día siguiente y volverían a Chicago después del partido.
Para el equipo, era otro viaje de pretemporada.
Para producción, era una prueba.
Rachel quería averiguar cuánto equipamiento necesitábamos realmente, en qué espacios nos permitirían filmar y lo cerca que podíamos seguir a los jugadores sin convertir el documental en una operación militar.
Yo todavía estaba decidiendo si había traído demasiadas cámaras.
Probablemente.
Siempre lo hacía.
—¿Estás contando objetivos?
La voz de Sara llegó desde detrás de mí.
Me di la vuelta.
Llevaba pantalones negros, zapatillas blancas y gafas de sol a pesar de que estábamos dentro de una terminal privada. Arrastraba una pequeña maleta tras de sí.
—Estoy intentando calcular si mi hombro sobrevivirá hasta mañana.
—Puedo hacer que alguien te lleve eso.
—No.
—Ni siquiera he terminado.
—No hacía falta.
Sonrió.
—Eres muy predecible cuando intentas demostrar que no necesitas ayuda.
Cogió uno de los cafés que Rachel había dejado en una mesa cercana.
—¿Esto es de alguien?
—Probablemente.
Se lo bebió igualmente.
—Ahora es mío.
—¿Por qué estás aquí?
—Qué bienvenida tan cálida.
—Pensé que tu padre venía solo.
Alfred viajaba con el equipo para una reunión con ejecutivos del club de Detroit.
Sara lo había mencionado en la cena de la noche anterior.
No había mencionado que iba a acompañarlo.
Se bajó las gafas de sol.
—Mi madre decidió no venir. Mi padre odia cenar a solas con gente que le cae mal, y soy una hija devota.
La miré.
Sara mantuvo la expresión durante dos segundos.
—Y puede que pensara que sería divertido.
—Por supuesto.
—Además, tú estás aquí.
La respuesta fue tan simple que me provocó una punzada incómoda en el pecho.
Sara ya estaba mirando el móvil cuando añadió:
—Y antes de que pongas esa cara, sí, que Jack esté en el vuelo mejora la experiencia.
Ahí estaba.
—Mucho mejor.
—La honestidad es la base de toda relación sana.
El grupo empezó a moverse unos minutos después.
El avión era chárter, así que no había las típicas colas de embarque, peleas por el espacio de los compartimentos ni gente intentando averiguar si la fila veintitrés iba de algún modo antes que la veinticuatro.
Los atletas profesionales, sin embargo, eran aparentemente incapaces de embarcar sin convertirlo en una competición.
Mason intentó adelantar a otro jugador en el pasillo.
Alguien le escondió la gorra.
Uno de los porteros ocupó dos asientos con su mochila hasta que el entrenador le dijo que la quitara.
Estaba guardando un objetivo cuando Sara me agarró del brazo.
—Aquí.
Señaló dos asientos en el lado izquierdo de la cabina.
—Necesito quedarme cerca de Rachel.
—Rachel está tres filas por delante.
—Exacto. Cerca.
Sara metió su maleta en el compartimento superior y se quedó con el asiento del pasillo.
Yo cogí el de la ventana.
—Has elegido el pasillo porque piensas levantarte diez veces.
—Lo he elegido porque soy práctica.
—Te llevas por delante a media cabina cada vez que necesitas algo.
—Detalles.
Abrí el portátil.
Sara lo cerró.
La miré.
—No.
—Necesito revisar las tomas de ayer.
—El avión ni siquiera ha despegado.
—Eso no afecta al funcionamiento del ordenador.
—Kate, pasaste media noche trabajando.
—¿Cómo lo sabes?
—Respondiste a mi mensaje a las dos y diecisiete.
—Tú también estabas despierta.
—Yo estaba viendo una serie horrible. Es diferente.
Intenté abrir el portátil de nuevo.
Puso una mano sobre la tapa.
—Diez minutos sin trabajar. Puedes hacerlo.
—Estás poniendo en peligro mi sustento.
—Estoy protegiendo tu columna vertebral.
Una sombra se detuvo en el pasillo.
—Pagaría por ver cómo termina esta discusión.
No necesitaba levantar la vista.
Jack estaba de pie junto a nuestra fila, con una sudadera oscura del equipo, una mochila colgada de un hombro y una gorra calada hasta los ojos.
Sara apartó la mano de mi portátil.
—No sabe cómo relajarse.
—Eso ha quedado muy claro.
Lo miré.
—¿Os conocisteis en un grupo de apoyo?
Jack sonrió.
—Todavía estamos evaluando si necesitas una intervención.
—Me bajo del avión.
—Todavía no se ha movido —señaló Sara.
Jack apoyó una mano en el respaldo del asiento de ella.
—Bennett, tu padre te está buscando.
Sara se giró.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque preguntó dónde estabas unas tres veces antes de embarcar.
—Eso no significa que me esté buscando.
—La última vez usó tu nombre completo.
Sara cerró los ojos.
—Mala señal.
Se desabrochó el cinturón de seguridad que acababa de abrocharse.
—Guárdame el asiento.
—Vas a hablar con tu padre a diez metros de distancia, no a cruzar una frontera internacional.
—Con ese hombre, nunca se sabe.
Se levantó y señaló a Jack.
—No lo robes.
—¿Yo?
—Tienes pinta de hacerlo.
Jack esperó a que se alejara y miró el asiento vacío.
Luego me miró a mí.
—Ni se te ocurra.
Se rio.
—Esto se está volviendo insultante. No he dicho nada.
—Miraste el asiento.
—Así es como funciona la vista, en general.
—Busca otro.
Jack señaló las filas detrás de él.
Mason estaba abriendo un paquete.
Incluso desde donde estábamos sentadas, el olor nos llegaba.
Hice una mueca.
—¿Eso es legal?
—Nadie ha sido lo suficientemente valiente como para averiguarlo.
Jack volvió a mirar el asiento de Sara.
—¿Puedo esperar aquí hasta que vuelva sin respirar eso?
—Eres dramático.
—Estoy protegiendo mi sistema respiratorio.
Suspiré y señalé el asiento.
—Cinco minutos.
—Generosa.
Se sentó.
No esperé a que se acomodara antes de volver a abrir mi portátil.
—¿Ahora vas a fingir que no estoy aquí?
—No tengo que fingir. Tengo trabajo.
—Eso suena a desafío.
—Para una persona normal, suena a una frase.
Jack reclinó el asiento unos centímetros.
—¿Dormiste?
Mis dedos se detuvieron sobre el teclado.
—¿Esto es parte de la entrevista?
—Curiosidad humana.
—Dormí.
—¿Cuánto?
—Suficiente.
Su expresión me dijo exactamente lo que pensaba de esa respuesta.
—Tú y Sara tenéis el mismo problema con los límites.
—Interesante, viniendo de ti.
—Ayer descubrí que tengo límites. Un crecimiento personal importante.
El recuerdo de su mano alrededor de mi cintura volvió con una claridad irritante.
Miré la pantalla.
—Enhorabuena por tu desarrollo.
Jack no respondió.
Eso me hizo notar que me estaba mirando.
—¿Qué?
—Nada.
—Me estás mirando.
—Intento averiguar si siempre haces eso cuando menciono lo de ayer.
Cerré el portátil.
—¿Hacer qué?
Su sonrisa apareció lentamente.
—Eso.
—Jack.
Levantó ambas manos.
—Vale.
Y, para mi sorpresa, paró de verdad.
Ninguna pregunta más.
Ningún intento de convertir mi silencio en una confesión.
Se reclinó y sacó el móvil.
Por alguna razón, eso me incomodó más que si hubiera seguido presionando.
Volví a abrir el portátil.
Intenté seleccionar fotografías.
La primera imagen mostraba a Alfred cerca del escenario durante la gala benéfica.
Siguiente.
Sara riendo con su madre.
Siguiente.
Mason haciendo algo inapropiado con una cuchara de postre.
La siguiente era de Jack.
Estaba en el escenario, mirando hacia alguien fuera del encuadre mientras contaba la historia del niño en el hospital.
Era una buena fotografía.
Lo supe antes de ampliarla.
Había algo diferente en su boca.
No llevaba esa sonrisa ensayada que ponía siempre que tenía que mostrarle al público una versión de sí mismo.
—Me gusta esa.
Casi me clavo el codo en el reposabrazos del sobresalto.
Jack se había inclinado para ver la pantalla.
—¿No habías dejado de molestarme?
—He estado callado casi dos minutos.
—Todo un récord.
Señaló la foto.
—¿Puedo?
Giré el portátil hacia él unos centímetros.
Jack estudió la imagen.
—Parezco veinte años mayor.
—Eso es profundidad emocional.
—Yo creía que eran las ojeras.
—También.
Se rio.
Abrí otra foto.
—Esta es mejor.
—Solo dices eso porque el ángulo favorece tu mandíbula.
Jack giró la cabeza lentamente.
—Así que te fijaste en mi mandíbula.
Ya me arrepentía de la frase antes de terminar de decirla.
—Fotografío caras.
—Por supuesto.
—Profesionalmente.
—Obviamente.
—Eres insufrible.
—Y aun así te estás riendo.
Era verdad.
Cerré la boca.
Jack volvió a mirar la pantalla con la expresión satisfecha de quien había conseguido exactamente la reacción que buscaba.
Sara todavía no había vuelto.
Miré hacia el pasillo.
Alfred estaba sentado varias filas más adelante con ella y un hombre del departamento legal.
Sara tenía una carpeta abierta sobre el regazo.
—Va a tardar un rato —dijo Jack.
—Probablemente.
—¿Puedo dejar de contar los cinco minutos?
—Ya lo hiciste.
—Hace rato.
Se hundió un poco más en el asiento.
El avión empezó a moverse.
Un auxiliar de vuelo pidió a todos que se abrocharan el cinturón, y Jack intentó volver a su asiento.
El pasillo ya estaba bloqueado por un asistente que guardaba equipaje en el compartimento superior.
—Siéntate —dije—. Te van a regañar en treinta segundos.
Jack obedeció.
El asistente por fin cerró el compartimento, pero para entonces la azafata ya había pedido a todos que siguieran sentados hasta después del despegue.
Jack me miró.
—Parece que el universo ha tomado una decisión.
—No te emociones.