Capítulo cuatro
Kate
Sara tenía una llave de mi apartamento y la usaba como si el derecho a entrar sin avisar viniera de serie con la amistad.
El jueves por la noche, abrí la puerta y me encontré con sus tacones abandonados junto a la entrada, el televisor con la reposición de alguna comedia y el olor a comida italiana llegando desde la cocina.
Cerré la puerta con la cadera.
—Espero que hayas traído vino.
—Traje la cena. Prueba con un poco de gratitud antes de empezar a exigir extras.
Dejé la cámara en la consola y fui a la cocina.
Sara estaba abriendo recipientes de comida para llevar de un restaurante al que solo iba cuando ella decidía que mi presupuesto no tenía voz ni voto.
Tenía el pelo recogido en lo alto de la cabeza, ya medio deshecho, y se había cambiado la ropa de trabajo por una camiseta blanca y pantalones de chándal grises.
Mis pantalones de chándal grises.
Me detuve en el umbral.
Siguió mi mirada y se miró.
—¿Entraste en mi habitación?
—Estaba incómoda.
—Esos estaban dentro de mi armario.
Sara abrió un cajón y sacó un tenedor.
—Y ahora están cumpliendo su propósito social.
Levanté la tapa de uno de los recipientes y el olor a ajo me recordó que apenas había comido desde el almuerzo.
—Un día voy a arrepentirme de haberte dado esa llave.
—Llevas años diciendo eso y nunca me la has pedido de vuelta.
Ese era el problema de discutir con Sara.
En algún momento, en medio de todo el sinsentido, soltaba algo irritantemente difícil de rebatir.
Saqué dos platos.
—Al menos podrías avisar antes de entrar.
—Lo hice.
Busqué el móvil en el bolsillo de la chaqueta.
Había un mensaje de hacía veintitrés minutos.
Voy a entrar.
Le mostré la pantalla.
—Esto no es pedir permiso.
—Nunca dije que lo fuera.
Me eché a reír, demasiado cansada para mantener la indignación.
Sara repartió la pasta entre nuestros platos, derramó salsa sobre la encimera e intentó limpiarla con una servilleta que no daba para tanto.
Solo la extendió más.
—Excelente —dije—. Ahora también estás destrozando mi cocina.
—Tu encimera sobrevivirá.
Nos sentamos.
Aguantó exactamente un bocado.
—Entonces, ¿qué tal Jack?
—Buenas noches a ti también.
—Ya nos saludamos mentalmente.
La señalé con el tenedor.
—Hoy trabajé con todo el equipo.
—Lo sé. Es solo que no me interesa emocionalmente todo el equipo.
No había forma de competir con ese nivel de honestidad.
Le conté lo del entrenamiento, la cantidad de material que habíamos conseguido y el viaje que Rachel había empezado a organizar.
Sara escuchó mientras enrollaba pasta en el tenedor, hasta que se dio cuenta de que estaba hablando de todo menos de Jack a propósito.
—¿Y él?
Esta vez no había cotilleo en su voz.
Solo preocupación.
—Parece estar bien. Recibió un golpe bastante fuerte durante el entrenamiento, se quedó paralizado un segundo y luego siguió. No parecía que le doliera.
El tenedor de Sara se detuvo a medio camino de la boca.
—¿El hombro?
—Chocó contra el cristal.
—¿Y nadie lo sacó?
—Anotó justo después.
Dejó el tenedor y se frotó la frente.
—Por supuesto que sí.
La miré.
—Lo has dicho como si hubiera cometido un crimen muy predecible.
—Porque es Jack. Si tiene una pierna rota, intentará demostrar que todavía puede usar la otra.
Pensé en el golpe de esa mañana.
En cómo había bajado la cámara mientras él se recomponía sobre el hielo.
—Estuvo raro unos segundos. Luego actuó como si no hubiera pasado nada.
—Siempre hace eso.
Sara dio un sorbo de agua.
Desde el salón, el televisor estalló en risas enlatadas, tan fuertes y absurdas que llegaron hasta la cocina antes de apagarse.
—Fue peor cuando se lesionó —añadió.
Sabía que la lesión de Jack la había afectado mucho.
Sabía que había estado en el partido.
Aun así, había partes de esa noche de las que nunca habíamos hablado de verdad.
—¿Supiste enseguida que era grave?
Se quedó mirando el plato un momento.
—Lo vi caer. Al principio pensé que se levantaría porque siempre se levanta.
Pero no lo hizo.
Empezó a doblar la servilleta sin motivo aparente.
—Cuando el personal médico salió al hielo, se me cayó el alma a los pies.
—Me llamaste antes incluso de salir del estadio.
—Estaba hecha un desastre.
—Lloraste por teléfono conmigo durante casi cuarenta minutos.
Sara alzó la vista.
—Podrías tener la decencia de perder ciertos recuerdos.
—Así no funciona mi cerebro.
Intentó sonreír.
No le duró.
—¿Sabes qué fue lo que más odié esa noche?
Esperé.
—No poder hacer nada.
Con el pulgar trazó el borde de su vaso.
—Mi padre recibía información porque es el presidente del club. Jack tenía al personal médico, a sus agentes, a todo el mundo a su alrededor. Y yo estaba pendiente del teléfono, sin saber si podía preguntar, sin saber si alguien pensaría que era raro que estuviera tan desesperada por saber algo.
Algo cambió en la habitación.
La Sara que bromeaba sobre casarse con Jack quedaba muy lejos de la mujer sentada frente a mí.
—No eres una desconocida para él.
—Lo sé. Somos amigos desde hace años.
Sacudió ligeramente la cabeza.
—Eso es precisamente lo que lo complica.
Dejó caer la servilleta, convertida ya en una bola arrugada.
—A veces pienso que habría sido más fácil si hubiera sido un imbécil conmigo cuando éramos más jóvenes.
—Habrías encontrado la manera de justificarlo.
Se rio.
Una risa de verdad esta vez.
—Probablemente.
—Sin duda.
—Gracias por el apoyo.
—Trece años de amistad. Ya no tengo que mentir para mantener el puesto.
Sara volvió a coger el tenedor, pero solo se dedicó a dar vueltas a la pasta en el plato.
—Hablo en serio. Jack siempre ha sido amable. Cuando estaba saliendo con alguien. Cuando estaba cansado. Cuando no tenía absolutamente ninguna razón para prestarme atención.
Bajó la vista.
—Nunca me prometió nada. Nunca me dio un momento concreto al que pudiera señalar y decir: «Eso. Por eso».
Se quedó callada.
—A veces ni siquiera sé si es consciente de lo grande que se ha vuelto esto para mí.
Por primera vez esa noche, sentí todo el peso de aquello.
Sara hablaba abiertamente conmigo. Hacía bromas en público. Soltaba comentarios ridículos en los eventos.
Pero había una diferencia entre resultar obvia para quienes mejor la conocían y poner a Jack directamente frente a la verdad.
—Nunca se lo has dicho de verdad.
Se recostó en la silla.
—No.
—¿Nunca?
—Nunca me he sentado frente a él a decirle: «Llevo años enamorada de ti», si eso es lo que me preguntas.
—Eso es exactamente lo que te pregunto.
Sara hizo una mueca.
—Suena peor cuando lo dices tú.
—¿Y de verdad crees que no lo sabe?
Tardó un momento en responder.
—Creo que sabe que me gusta estar cerca de él. Después de tanto tiempo, sería raro que no lo supiera. Pero nunca le he dado motivos para pensar que era algo más que amistad.
Eso cambió algo que no me había planteado antes.
Para mí, los sentimientos de Sara eran enormes porque conocía cada uno de sus matices.
Para Jack, podrían haber parecido simple afecto. Familiaridad. Una amistad con algo más de intensidad a veces.
Nada que exigiera una respuesta.
—¿Por qué nunca se lo dijiste?
Me miró como si la pregunta hubiera llegado antes de lo que esperaba.
—Porque cuando empezó, tenía diecinueve años y mi vida era un desastre.
Conocía la historia.
Solo que no desde este ángulo.
Por aquel entonces, Alfred y Helena Bennett estaban atravesando el peor momento de su matrimonio.
Ninguno de los dos le explicó gran cosa a Sara.
No hizo falta.
Ella notó las puertas cerradas. Las cenas en silencio. El esfuerzo de ambos por aparentar normalidad en público.
Jack tenía veintiún años, recién fichado por los Guardians, todavía un jugador joven intentando hacerse un nombre.
En un evento de la fundación, Helena mencionó que quizá pasaría una temporada fuera de Chicago.
Sara entendió de inmediato que no estaba hablando de unas vacaciones.
—Mi madre lo dijo como si me estuviera contando que iba a hacer un viaje —dijo Sara—. Lo que yo oí fue: «Puede que deje a tu padre».
Yo había estado en ese evento.
Recordaba haberla visto salir del salón.
—Te fuiste por el pasillo de las antiguas salas de prensa.
Asintió.
—Solo quería estar sola el tiempo suficiente para recomponerme.
No lo había logrado.
Se le acortó la respiración. Le empezó a doler el pecho. Terminó sentada en el suelo, intentando convencerse de que no estaba a punto de desmayarse.
Jack fue quien la encontró.
—Estaba buscando un baño —dijo, mientras una pequeña sonrisa le volvía al rostro—. Llevaba unas semanas en Chicago y todavía se perdía en ese edificio.
—Así que tu gran destino romántico comenzó con una vejiga llena.
—Eres horrible.
—Continúa.
Jack la encontró sentada en el suelo.
Sara le dijo que estaba bien.
Obviamente.
Él no le creyó.
También obviamente.
Pero no llamó a un grupo de gente ni empezó a hacer preguntas.
Se sentó a su lado.
Le trajo agua.
Luego empezó a hablar de Chicago. Del frío ridículo. De un restaurante donde había pedido mal porque no entendía el menú.
—Creo que se dio cuenta de que no quería explicar lo que había pasado —dijo Sara—. Así que siguió hablando de cualquier cosa hasta que pude respirar con normalidad otra vez.
—Estuvisteis allí casi una hora.
—Él también.
Conocía la historia.
Aun así, esa noche sonaba diferente.
Para Jack, quizás solo había sido la noche en que encontró a una chica llorando en un pasillo y decidió no dejarla sola.
Para Sara, su hogar acababa de dejar de ser un lugar seguro cuando un desconocido se sentó en el suelo y se quedó.
—¿Fue entonces cuando te enamoraste de él?
Lo pensó.
—No sé si lo llamaría amor esa noche. Pero algo cambió. Luego hubo partidos, conversaciones, eventos, él presentándose en casa de mis padres... —Se encogió ligeramente de hombros—. Aquello fue creciendo sin que me diera cuenta de lo que estaba pasando.
—Hasta que averiguaste a qué escuela primaria fue.
Entrecerró los ojos.
—Arruinas todos los momentos emotivos.
—También encontraste el nombre de su entrenador de secundaria.
—Esa era información pública.
—La buscaste.
—Me gusta conocer la historia de la gente.
—Investigaste al hombre.
Su risa alivió parte del peso de la conversación.