El capitán del que no debía enamorarme Capítulo tres
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Capítulo tres

Jack

Odiaba las cámaras cuando sabía exactamente dónde estaban.

Durante un partido, formaban parte del decorado.

Detrás del cristal. Suspendidas sobre el hielo. Perdidas entre miles de rostros y luces. Después de tantos años, había aprendido a ignorarlas.

Una cámara a pocos metros durante el entrenamiento era diferente.

Cuando Kate Monroe estaba detrás de ella, peor.

Quizá porque no buscaba lo que yo solía dar.

Los fotógrafos solían querer mi rostro cuando marcaba, gritaba, discutía con un árbitro o hacía cualquier cosa que pudiera acabar en un titular.

Kate parecía más interesada en los segundos exactos en que yo creía que nadie me miraba.

La fotografía del día anterior seguía dándome vueltas en la cabeza.

Recordaba haberme llevado la mano al hombro después de esa serie de ejercicios.

No me había dolido. Era un reflejo, nada más que una comprobación rápida, pero había bastado para transportarme varios meses atrás.

Kate lo había captado.

Peor aún, había explicado exactamente lo que mostraba la fotografía sin obligarme a dar explicaciones.

Todo el mundo había estado observando el entrenamiento para decidir si mi regreso había funcionado.

En esa fotografía, parecía que yo intentaba averiguar lo mismo.

La frase volvió a mí mientras me apretaba los cordones de los patines.

—Si sigues mirando el suelo así, voy a asumir que te dijo algo sobre tu madre.

Levanté la vista.

Mason Reed estaba sentado frente a su taquilla, enrollándose cinta en la muñeca con la concentración de un cirujano.

Habíamos jugado juntos durante cinco temporadas, y en ese tiempo había desarrollado dos habilidades excepcionales: bloquear tiros y hablar cuando nadie se lo pedía.

—Estoy atándome el patín.

—Llevas unos tres minutos con eso.

Miré el nudo.

Tenía razón, lo cual lo hacía peor.

Mason arrancó la cinta con los dientes.

—La nueva fotógrafa es buena.

—¿Estudiaste su portafolio?

—No. Estudié a la fotógrafa.

Cerré los ojos un segundo.

—Cómo no.

Señaló hacia la puerta del vestuario.

—Me la crucé en el pasillo. Es preciosa.

Volví a mi patín, decidido a no darle la reacción que buscaba.

—¿Y qué se supone que debo hacer con esa información?

Mason se rio.

—Nada. Solo me pareció interesante el esfuerzo que pusiste en parecer indiferente.

—El esfuerzo que estoy haciendo ahora mismo es no lanzarte este patín.

—Eso apoya mi teoría.

Mason tenía veintinueve años, medía casi un metro noventa y cinco, y algunos días tenía la madurez emocional de un adolescente al que habían dejado solo en casa el fin de semana.

No me molestaba que pensara que Kate era preciosa.

Habría sido ridículo.

Cualquier hombre con ojos en la cara llegaría a la misma conclusión.

Lo que me irritaba era que yo ya había notado otras cosas.

No entraba en una habitación como Sara. Sara siempre había sabido ocupar el espacio sin pedir permiso.

Kate prefería quedarse en los márgenes al principio.

Observaba.

Pero no había inseguridad en ello.

Era una elección.

No competía por la atención.

Especialmente por la mía.

Eso era lo bastante inusual para resultar interesante.

La voz del entrenador atravesó el vestuario antes de que Mason pudiera empeorar la conversación.

Localicé a Kate casi de inmediato al salir al hielo.

Estaba cerca de las vallas con una cámara en las manos, el pelo recogido en una coleta alta y una chaqueta negra con el logo temporal de la productora.

Detrás de ella, uno de los asistentes intentaba desenredar un cable y maldecía cada vez que se le formaba otro nudo.

Sara no estaba.

Lo noté.

Y me molestó haberlo notado.

Durante los primeros veinte minutos, logré olvidarme de la cámara.

Entonces Kate cambió de posición y se acercó más al hielo.

El ejercicio implicaba contacto, lo que significaba que todos observaban como si mi hombro fuera un vaso en el borde de una mesa.

Cogí el disco, avancé pegado a las vallas y sentí el golpe de Mason.

Mi hombro se estrelló contra el cristal.

Durante medio segundo, el presente desapareció.

El crujido agudo de la lesión.

Algo que se deslizaba donde no debía.

Ese silencio imposible de la multitud cuando intenté levantarme y no pude.

Entonces Mason estaba de pie frente a mí otra vez.

—¿Jack?

Lo empujé con el guante.

—Juega.

Vaciló.

—Si me preguntas si estoy seguro, te golpeo el otro hombro.

Eso bastó.

El ejercicio comenzó de nuevo.

Terminé la jugada y marqué.

Cuando me giré, encontré a Kate.

Tenía la cámara bajada.

Me observaba sin lástima, sin la preocupación exagerada que había aprendido a reconocer desde mi regreso.

Solo atención.

Como si estuviera esperando a ver qué hacía antes de decidir qué significaba el golpe.

Le hice un gesto con la barbilla.

Kate levantó la cámara.

Seguí jugando.

El entrenamiento terminó poco antes de las once.

Pasé por fisioterapia porque saltármela solo significaba que tres profesionales distintos vendrían a buscarme, me duché y me dirigía a la sala de vídeo cuando Rachel me interceptó en el pasillo.

Kate estaba con ella, intentando cerrar la tapa del objetivo mientras sujetaba una carpeta bajo el brazo.

—Cambio de planes —dijo Rachel—. Nueva York quiere tu primera entrevista hoy. Necesitamos probar el formato, la iluminación y la dinámica antes del viaje.

Miré a Kate.

Consiguió poner la tapa sin mirarme.

—¿Cuánto tiempo?

—Veinte minutos, si cooperas.

—O sea, cuarenta.

Rachel sonrió.

—Sala tres. Quince minutos.

Desapareció por el pasillo antes de que pudiera negociar.

Kate por fin me miró.

—Pareces emocionado.

—Lo estoy conteniendo.

—Pues lo haces de maravilla.

Esbozó una casi sonrisa antes de darse la vuelta y echar a andar.

La seguí.

—¿Eso fue sarcasmo?

—Una observación técnica.

—¿Haces observaciones técnicas así con todo el mundo?

Kate siguió caminando, pero miró por encima del hombro.

—¿Tú le haces a todo el mundo tantas preguntas que no tienen nada que ver con el proyecto?

—Puede que esté intentando averiguar con quién voy a pasar los próximos cuatro meses.

—No tienes que entenderme para que el proyecto funcione.

—Lo dices como si eso debiera tranquilizarme.

Abrió la puerta de la sala tres.

—No era mi intención.

La sala era pequeña, con paredes oscuras, dos sillas y equipo de iluminación ya montado.

Un asistente subido a un taburete ajustaba un reflector y se disculpó cuando casi se le cayó una abrazadera.

Kate se transformó en cuanto cruzó la puerta.

La distancia que mantenía conmigo desapareció porque el trabajo lo ocupaba todo.

Dejó la carpeta, comprobó el encuadre, habló con el asistente sobre la intensidad de la luz y luego movió una silla unos centímetros.

Me gustaba verla así.

Sin vacilación.

—Siéntate un poco más a la izquierda, por favor.

Obedecí.

Kate miró por el visor y frunció el ceño ante la composición, no ante mí.

—Unos diez centímetros más.

Moví la silla.

—¿Ahora?

—Ahora.

Me recosté.

—Por fin paso el control de calidad.

Bajó la cámara lo justo para mirarme.

—Tu ego ya ocupaba la mitad del encuadre. Necesitaba espacio para el resto de ti.

El asistente se rio e intentó disimularlo ajustando un cable.

Yo no me molesté en disimular.

Esto empezaba a ser divertido.

Rachel entró unos minutos después y se quedó para el principio.

Las primeras preguntas eran las mismas que llevaba respondiendo desde que volví a entrenar.

Recuperación.

Expectativas para la temporada.

Liderazgo tras la eliminación del año pasado.

Me sabía las respuestas correctas.

La recuperación había ido de maravilla.

El equipo estaba motivado.

El objetivo era llegar a los playoffs sanos y con opciones reales de ganar el título.

Todo cierto.

Nada personal.

Unos minutos después, el móvil de Rachel vibró.

Miró la pantalla, soltó una maldición entre dientes y salió a atender la llamada.

Kate repasó sus notas.

—Quiero probar algo distinto.

—Esa frase rara vez acaba bien.

No reaccionó.

—Cuando te lesionaste en los playoffs, ¿cuándo supiste que tu temporada había terminado?

Me tensé antes de poder evitarlo.

—Cuando el médico me lo dijo.

Kate guardó silencio un momento.

—Eso fue cuando te lo confirmaron. Te pregunté cuándo lo supiste.

Entendí la distinción.

No me gustó.

—He entendido la pregunta.

El asistente se concentró de repente en un cable que ya estaba perfectamente enrollado.

Kate no insistió de inmediato.

Simplemente esperó.

Lo cual era peor.

—Cuando intenté levantarme —dije.

Se quedó en silencio.

Pasé la mano por el muslo del pantalón, sintiendo la costura bajo los dedos.

—Supe que algo iba mal cuando golpeé el cristal, pero pensé que era solo el impacto. Luego intenté ponerme de pie y el brazo no respondió bien.

Bajé la vista un segundo.

—Fue entonces cuando lo supe.

Kate apoyó una mano en el lateral de la cámara.

—¿Qué pasó por tu cabeza?

Se me escapó una risa amarga.

—Que necesitaba levantarme.

—¿Incluso sabiendo que podías estar lesionado?

—Especialmente por eso.

Me observó durante unos segundos sin mirar sus notas.

—¿Tenías miedo?

Mi primer instinto fue decir que no.

Había hecho suficientes entrevistas sobre la lesión como para conocer el vocabulario aceptable.

Dolor.

Frustración.

Rabia.

Decepción.

Todo seguro.

Todo lo suficientemente masculino como para convertirse en titular sin incomodar a nadie.

El miedo era diferente.

—¿Siempre intentas meterte en la cabeza de la gente cuando trabajas?

—No intento meterme en tu cabeza. Pregunto porque importa para la historia.

—Parece que ya conoces la respuesta.

—Si la conociera, no tendría que preguntar.

La sala volvió a quedarse en silencio.

Una de las luces emitía un zumbido tenue.

El asistente se agachó para revisar el enchufe, y por alguna razón aquel sonido tan ordinario hizo imposible convertir el momento en algo más grande de lo que era.

Miré a Kate.

—Sí.

Esperó.

—Tenía miedo.

Ninguna satisfacción asomó en su rostro.

Ninguna expresión que dijera que por fin había logrado arrancarme una confesión.

Simplemente esperó.

—¿De qué?

Miré al objetivo.

—De que se hubiera acabado.

Podría haberme detenido ahí.

No lo hice.