El capitán del que no debía enamorarme
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Capítulo Uno
Kate
Sara Bennett tenía una teoría muy conveniente sobre el dinero: si algo podía arreglarse a base de dinero, no merecía la dignidad de llamarse problema.
No estaba de acuerdo por principio, por experiencia y —ese lunes en particular— sobre todo porque mi mejor amiga intentaba abrir una botella de champán a las diez y media de la mañana como si fuera una actividad perfectamente normal para un adulto funcional.
—Antes de que me juzgues, hay una explicación perfectamente razonable.
Dejé la cámara en uno de los taburetes de la barra y me quité la correa del hombro. El corcho volvió a resistirse. Sara soltó una maldición, sujetó la botella entre las rodillas y lo intentó de nuevo.
—Son las diez y media.
Me miró con la paciencia de quien lidia con un niño especialmente difícil.
—Exacto. Si fueran las siete, tu preocupación estaría justificada.
El corcho salió disparado antes de que pudiera responder, golpeó el techo y desapareció detrás de una lámpara.
Las dos miramos hacia arriba.
—Mi padre me mata si se entera.
—Tu padre no vive aquí.
—Uno de los grandes logros de la vida adulta.
El apartamento de los Bennett ocupaba dos plantas de un edificio con vistas a una amplia zona de Chicago, con una cocina más grande que el primer piso en el que había vivido sola. Aun así, Sara conseguía que todo aquel lujo pareciera un hogar de verdad.
Su bolso estaba abierto en medio de la mesa. Un tacón yacía junto a la puerta principal, mientras el otro asomaba bajo el sofá. Una taza de café olvidada amenazaba con dejar un cerco en una encimera que probablemente costaba más que mi coche.
Sara llevaba una vieja camiseta de la universidad, pantalones cortos de algodón y calcetines de felpa. Se había recogido el pelo sin mirarse al espejo, y la mitad ya se le estaba soltando.
Esta era mi versión favorita de ella.
Sara podía entrar en un salón de baile con un vestido de varios miles de dólares y hacer que media sala se girara a mirarla.
Para mí, seguía siendo la chica de quince años que había arrebatado mi diario de las manos de tres compañeras en el pasillo del instituto y les había dicho con toda la calma del mundo que si volvían a meterse conmigo, les tiraría el móvil al váter una por una.
Nunca tuve que averiguar si iba de farol.
Sirvió dos copas.
—Y ahora, ¿vas a decirme por qué me has hecho cruzar toda la ciudad? Tu mensaje decía que mi vida cambiaría si venía inmediatamente. Barajé un embarazo, una detención y la posibilidad de que por fin hubieras comprado la alpaca que querías a los veintidós.
Sara deslizó una copa hacia mí y dijo que jamás compraría una alpaca sin investigar antes dónde iba a dormir. El embarazo también estaba descartado, al igual que la detención, aunque se sentía muy ofendida por mi falta de entusiasmo ante la primera posibilidad.
—Porque te conozco. Si estuvieras embarazada, ya tendrías elegidos el nombre, la guardería y la universidad. No me invitarías a charlar. Me llegaría una presentación de PowerPoint.
Se rio.
Aparté el champán.
—Tengo trabajo después de esto.
El cambio fue casi imperceptible.
Sara seguía sonriendo, seguía sujetando la botella, pero sus dedos dejaron de juguetear con la etiqueta.
El trabajo se había convertido en un tema delicado entre nosotras en los últimos meses.
Todavía tenía clientes. Todavía pagaba mis facturas. Fotografiaba campañas publicitarias, trabajos comerciales, eventos y algún que otro encargo editorial.
Pero perder mi contrato fijo con una agencia deportiva había dejado un feo agujero en mi agenda y otro aún más feo en mi presupuesto. Iba tirando como podía: aceptaba trabajos más pequeños, reorganizaba gastos, fingía que no miraba el saldo de mi cuenta más a menudo que antes.
Sara lo sabía.
Y era incapaz de verme con un problema sin lanzarse a solucionarlo de inmediato.
—Hablando de eso…
—No uses ese tono.
Dio un sorbo sin molestarse en fingir inocencia.
—¿Qué tono?
—El que usas justo antes de meterte en mi vida y llamarlo ayuda.
Dejó la botella en la encimera.
—Tienes la dramática tendencia de llamar intromisión a cualquier intento de mejorar tu calidad de vida.
—Te presentaste en mi piso con un agente inmobiliario.
—Había humedades en el techo.
—Había una mancha.
—Una mancha sospechosa, Kate.
Ya estaba sonriendo cuando abrí la boca para replicar.
Me rendí.
No había forma de ganar aquel debate porque Sara y yo habíamos crecido en mundos demasiado diferentes.
A ella la habían criado para creer que ayudar a alguien significaba actuar de inmediato, preferiblemente antes de que esa persona se diera cuenta siquiera de que necesitaba ayuda.
Yo había aprendido pronto que aceptar demasiado de los demás podía convertirse en una deuda, y las deudas no siempre se cobraban con dinero.
Trece años de amistad después, todavía intentábamos encontrar un punto intermedio entre esas dos verdades.
Ella sabía por qué la generosidad me incomodaba. Yo sabía distinguir entre generosidad y condescendencia, y casi siempre lo que Sara me ofrecía era lo primero.
Eso no hacía más fácil aceptarla.
—Siéntate —dijo, enganchando un pie en el taburete de al lado—. Al menos entérate de qué hice antes de decidir que fue un crimen contra tu autonomía personal.
—Eso no me tranquiliza nada.
—No pretendía serlo.
Me senté.
Sara cogió el móvil, abrió un documento y lo puso entre las dos.
Reconocí el logo de los Chicago Guardians antes de llegar al encabezado.
Proyecto de Contenido Documental. Temporada 2026–2027.
Se me encogió el estómago.
—¿Qué has hecho?
—Nada ilegal. Todavía.
—Esa aclaración no ayuda.
—Lee.
Lo hice.
La propuesta era mucho más grande de lo que había esperado.
Los Guardians estaban desarrollando una serie documental entre bastidores que seguiría la temporada, con material destinado a las plataformas digitales del equipo, campañas de patrocinadores y un especial más largo programado para el final de la temporada.
El equipo de rodaje seguiría los entrenamientos, algunas fechas de viaje, la preparación física, los partidos y parte de la vida de los jugadores fuera de la competición.
La fotografía y el material documental no eran un añadido.
Eran el centro del proyecto.
Me enderecé un poco sin darme cuenta.
Era exactamente el tipo de trabajo que llevaba años intentando conseguir.
Deporte sin reducirlo todo a un marcador. La oportunidad de capturar lo que ocurría antes de que el pabellón se llenara de miles de personas y después de que todos se hubieran ido a casa.
Me gustaba el momento de la victoria, claro.
Pero normalmente me interesaba más el jugador sentado a solas en el banquillo después. La broma que alguien soltaba para disimular los nervios. La cara que ponía una persona durante los diez segundos en que creía que nadie la estaba mirando.
Mi trabajo siempre era más interesante cuando la persona frente al objetivo olvidaba que tenía una imagen que proteger.
—¿Esto es real?
El tono burlón desapareció del rostro de Sara, sustituido por algo más cauteloso.
—Muy real. El departamento de medios firmó con una productora de Nueva York. Mi padre aprobó el proyecto la semana pasada.
Levanté la vista del teléfono.
—¿Tu padre lo aprobó?
Captó la pregunta que en realidad no había formulado.
—El proyecto, Kate. No a ti. Cuando me enteré de que buscaban una fotógrafa con experiencia en deportes, envié tu portafolio al director creativo. Eso es todo.
—«Eso es todo» viniendo de ti podría significar que medio Chicago tenía mi currículum antes del almuerzo.
—Pero no lo tenían. Hiciste la entrevista por tu cuenta sin siquiera saber quién era el cliente. Miraron tu trabajo. Comprobaron tus referencias. Hablaron contigo y volvieron a llamar. En algún momento vas a tener que aceptar la incómoda posibilidad de que les gustó lo que vieron.
Dos semanas antes, había hecho una entrevista por videoconferencia con una productora que se negaba a revelar el cliente final por un acuerdo de confidencialidad.
En su momento, me había parecido un secretismo excesivo.
Ahora tenía sentido.
—Así que era eso.
—Era eso.
Sara cogió la taza de café abandonada, vio la película fría que cubría la superficie, hizo una mueca y volvió a dejarla.
—No te lo dije porque sabía que te pasarías toda la entrevista preguntándote si les interesaba tu trabajo o el apellido de mi padre. Pensé en quitarte eso de la cabeza.
Quería rebatirla.
Busqué un argumento decente.
No encontré ninguno.
Se dio cuenta.
—No tienes que poner esa cara. A mí también me molesta cuando tengo razón.
Volví a mirar la propuesta antes de que pudiera ver cuánto me había calado el comentario.
El contrato era bueno.
La visibilidad sería enorme.
Cuatro meses dentro de una organización de ese tamaño podrían abrirme puertas que llevaba años intentando abrir por mi cuenta.
Entonces llegué a la sección de remuneración.
Me detuve.
Volví una línea atrás.
La leí