El caos que nos une (Lo que nos une 1) 37
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Markus

—Déjame acompañarte a casa —digo.

Por unos instantes creo que va a darme una negativa, pero al final acepta mi propuesta.

Mientras ella recoge sus cosas, yo voy a por la dichosa carpeta a por la que vine, y después reservo un coche desde la app tras preguntarle a Elise su dirección.

Hacemos el trayecto en silencio. Cuando llegamos, le pido al conductor que espere antes de seguir hacia la mía, y me apeo del vehículo para acompañarla al portal.

Podría despedirme sin más antes de que cruce el umbral, pero si estoy aquí es porque no puedo desaparecer de repente y sin decirle nada.

—Mañana no iré a la oficina. Voy a ausentarme unos días —confieso.

Elise frunce el ceño.

—¿Por qué?

—Tengo un tema pendiente de resolver, solo eso.

—Pero ¿estás bien?

—Sí, de verdad. No pasa nada.

—¿Por qué no me lo dijiste antes?

—Porque no quería que le dieras importancia. Tenía previsto contártelo en un e-mail mañana, pero ahora suena ridículo, dicho en voz alta.

Me paso la mano por la cicatriz. No puedo mirarla sin sentir que la decepciono.

—Markus… —susurra, buscándome con la mirada.

—Entra ya, por favor.

Ella no se mueve.

—¿Regresas a Berlín o algo? ¿Cuándo volverás? Porque… volverás, ¿no?

La forma en que me mira me desarma por completo.

—Elise, yo… —Pienso en las palabras adecuadas, en cómo decírselo—. Quiero darte tiempo, pero cada día me cuesta un poco más no ser claro contigo.

—¿A qué te refieres?

—Nada, olvídalo.

En el rellano de su piso, me muero por estrecharla entre mis brazos, pero me contengo. No estaría bien.

—Pasa, por favor. No me obligues a quitarte las llaves y abrir yo la puerta.

Consigo arrancarle una tenue sonrisa. Al abrir, un gato negro se asoma y me olfatea el pantalón.

—Te presento a Linux.

Me agacho con cierta torpeza para acariciarlo, y el minino me responde con un ronroneo.

—Creo que le gusto.

—Ya lo veo.

Ella se inclina para cogerlo en brazos y nuestras miradas se cruzan, como si ninguno quisiera despedirse. Al final, suspira y rompe el silencio.

—Buenas noches, Markus. Y gracias… por todo.

—Buenas noches. Trata de descansar.

Me dedica una última mirada, junto con una media sonrisa, antes de cerrar la puerta, y yo me quedo unos instantes ahí, de pie, como un pasmarote. Quiero quedarme, quiero besarla…, pero no es el momento, así que hago lo único que puedo y debo hacer: volver al coche y largarme a mi casa.