El camino correcto (Escribir lo correcto 2)
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UNO
EN LA ACTUALIDAD
—Ah, qué lujo.
Le di un sorbo al coñac con un placer exageradísimo y le sonreí a la mujer que tenía enfrente.
Hayley Clifton no parecía demasiado impresionada.
—Eres un gilipollas —murmuró, y se colocó un mechón de pelo rubio detrás de la oreja.
Sonreí de oreja a oreja. Lo que más me gustaba de Hayley era que no se cortaba al decir lo que pensaba. Valoraba la franqueza.
—Me quieres y lo sabes.
Le guiñé un ojo y cualquier otra probablemente lo habría tomado por un coqueteo. Hayley, no.
Antes de que pudiera responder, una mujer se acercó a nuestra mesa.
Hayley y yo estábamos comiendo tarde en Arnie’s Tavern, uno de los muchos restaurantes de The Landings, mi nuevo hogar en Skidaway Island, a las afueras de Savannah, Georgia.
Cuando mi mejor amigo, Brody Bates, se mudó a la urbanización, dije que era pija y ridícula.
Pero enseguida aprendí a valorar sus ventajas más refinadas: o sea, me encantaba poder conseguir casi cualquier cosa sin salir del barrio.
Eso incluía una buena comida y un cóctel en condiciones.
Le sonreí a la mujer, sin saber qué quería.
Tenía la atención puesta en Hayley y no en mí, así que me tocó atar cabos.
Hayley era lesbiana, así que igual la mujer había captado cierta vibra y quería ligar con ella.
A mí siempre me apetecía ver a Hayley ligando: era la mujer más torpe del mundo en cuanto asomaba un posible romance.
Resultó que era otra cosa.
—¿Eres Hayley Clifton? —preguntó la mujer, y miró con nerviosismo hacia una mesa en la que había otras tres mujeres.
Hayley asintió.
—La misma.
—Eh… ¿Hayley Clifton, la escritora?
Ah, ahí estaba. La mujer, y probablemente también sus amigas, eran fans de la novela romántica blanca que escribía Hayley.
Siempre me hacía gracia que una lesbiana escribiera romance sin pizca de picante, pero a Hayley no le gustaban ni las palabrotas ni las escenas de sexo.
Por aburrido que me pareciera, se ganaba muy bien la vida.
—Soy yo.
La sonrisa de Hayley era difícil de interpretar. En las situaciones sociales tendía a ser tímida. En un encuentro con lectores, con varios autores atendiendo a mucha gente, lo llevaba bien porque podía tomarse descansos cada poco. Así la atención no recaía solo sobre ella. Esto era otra cosa.
Decidí echarle una mano.
—Yo también soy escritor —solté, y le dediqué a la mujer lo que sabía que era una sonrisa demoledora.
Me habían dicho más de una vez que a las mujeres mi sonrisa les parecía uno de mis mejores atributos, solo superada por mi culo.
Sí, sé lo guapo que soy. Intento no ponerme pesado con el tema, pero no me da ningún reparo aprovechar mi físico cuando se presenta la ocasión.
—¿Ah, sí? —La mujer me miró de arriba abajo—. No te reconozco.
—¿Reconoces a todos los escritores?
—Bueno, no. Solo a los buenos.
Le lancé una mirada divertida a Hayley, que parecía estar relajándose, al menos un poco.
—Te ha calado —dijo Hayley medio riéndose—. Tiene razón. No es un buen escritor.
—¡Oye! —La apunté con el dedo—. Estoy intentando ayudar.
Seguramente porque sabía que era verdad, suspiró.
—Este es Nathan Cooper. Escribe novelas de terror.
—Ah.
La mujer pareció desconcertada.
Por lo visto, la palabra «terror» no le inspiraba precisamente ternura. No pasaba nada. Mis lectores eran mayoritariamente hombres, aunque un buen veinticinco por ciento eran mujeres. El público de Hayley, en cambio, era mujer en un noventa y nueve por ciento.
Estadísticamente, las mujeres leen más que los hombres, y no solo a nivel individual, también en volumen.
Algunas lectoras —las de Hayley, de hecho— llegaban a leer de tres a cinco libros por semana.
Ella no podía sacar tajada de quienes querían sexo en sus libros, que eran muchos, pero tenía un grupo fiel de lectoras que apostaban por ella como autora.
Mis lectores apostaban más por mis historias que por mí.
Aunque tenía un grupo de fans en Facebook donde hablaban de lo bueno que estaba.
No es que me asomara por allí a menudo ni nada.
Vale. Me asomaba al menos una vez por semana. ¿Quién me lo iba a reprochar?
—Me preguntaba si podría ir corriendo a casa a por un libro para que me lo firmaras —le dijo la mujer a Hayley, que se había olvidado por completo de mí—. Vivo a cinco minutos. Si fuerais a seguir aquí… —Parecía insegura—. No quiero interrumpirte la comida con tu novio ni nada.
Hayley y yo estallamos en carcajadas al mismo tiempo.
—No es mi novio —dijo Hayley cuando se recuperó—. Apenas le dejo ser mi amigo.
La mujer pareció aliviada.
—Ah, ya me lo preguntaba. He leído tu biografía varias veces y decía que eras lesbiana. Pensé que a lo mejor era solo de cara a la galería o algo así.
—No es de cara a la galería. —Hayley negó con la cabeza—.
Nathan y yo nos conocimos el verano pasado en una serie de eventos literarios.
Es bastante insufrible y soy la única persona que queda con él.
Me da lástima, y como acaba de mudarse a The Landings, pensé que me sentaría a comer con él para que no estuviera completamente solo y pareciera un pringado.
La miré con calma.
—¿De verdad quieres empezar a jugar a ese juego? —la desafié—. Sabes que, cuando jugamos a eso, siempre gano yo.
Me ignoró.
—Todavía no hemos pedido —le dijo a la mujer—. Vamos a estar aquí un buen rato porque Nathan acaba de cortarse el pelo y no hay nada que le guste más que hablar de sí mismo.
No le faltaba razón. Pero no dejaba de ser irritante oírlo.
—Sigue así.
La mujer no tenía ningún interés en mí. Ninguno. Hayley era claramente su ídolo, porque cuando mi amiga dijo que seguiría allí para firmarle el libro, a la mujer se le ensanchó tanto la sonrisa que eclipsó al sol.
—Muchísimas gracias.
La mujer emitió un sonido extraño, algo entre un chillido y una risita, y se marchó a toda prisa: saludó con la mano a sus amigas y se dirigió a la puerta.
—Esto no está bien —me lamenté mientras la veía marcharse—. Ni siquiera vives aquí y ya tienes una fan en mi comunidad. Eso está mal por donde lo mires.
Hayley hizo una mueca.
—Yo vivo en el centro de Savannah, que es mil veces mejor que esta comunidad pija. Allí tenemos cultura de verdad.
—Tu versión de la cultura y la mía son muy distintas.
Ignoró la pulla.
—Sigo sin poder creerme que te hayas mudado aquí.
Echó un vistazo a la taberna y sacudió la cabeza.
—Es todo tan ostentoso. No lo entiendo.
No esperó a que respondiera.
—¿Es porque ahora tienes tu propio carrito de golf para moverte por ahí? ¿Ese es el atractivo de este sitio?
Me encogí de hombros.
—El carrito de golf ayuda, no te voy a engañar. El mío es una pasada. Tienes que admitirlo.
—Sí, me gusta la serpiente enorme que mandaste pintar en el capó. ¿Tienes idea de lo fálico que resulta? Cualquier mujer con dos dedos de frente verá el tamaño de esa cobra y dará por hecho que estás compensando algo en exceso.
¿Sería verdad? Ni se me había pasado por la cabeza.
—No puse la serpiente por el tema del pene —dije con el ceño muy fruncido—. Mi nuevo libro va de una plaga de serpientes irradiadas que se apodera de Arizona. Pensé que serviría de publicidad gratis.
La sonrisa de Hayley se desvaneció mientras lo meditaba. Pensé que iba a disculparse —rara vez tomaba ese camino, aunque de vez en cuando hacía el esfuerzo—, pero entonces sacudió la cabeza.
—¿Y cómo se irradiaron las serpientes?
Era un milagro que Hayley y yo fuéramos amigos.
No tenía casi nada de imaginación, algo que debería haber sido la sentencia de muerte para cualquier escritor.
Pero era de esas personas que se pasaban el día entero dándole vueltas a las historias.
Tardaba dos meses en sacar un solo esquema, y los personajes de sus historias nunca hacían nada descabellado ni fuera de lo común.
Yo, en cambio, tenía una montaña de esquemas que jamás llegaría a escribir.
Cada vez que veía una noticia sobre un asesinato demencial o un ataque de animales, la cabeza se me iba directa a cómo convertirlo en un libro.
Cuanto más loco, mejor. Mis historias no tenían ninguna base real.
Bueno, salvo las emociones de mis personajes.
Esas siempre eran auténticas, por disparatadas que fueran las circunstancias.
—Hubo una fusión del núcleo en una central nuclear —respondí.
—¿Comprobaste si de verdad hay una central nuclear en Arizona?
Cómo no, eso era justo lo que le preocupaba.
—Sí, aunque da igual. Allí está la central de Pablo Verde. Aunque la que uso en el libro me la inventé yo.
—¿Y para qué te la inventas si existe una de verdad?
Ese era nuestro gran problema. Ella lo seguía todo línea por línea, con pura lógica. Yo iba zigzagueando a mi antojo.
—Porque, lo creas o no, si usas un lugar real y luego montas una trama en la que son unos ineptos, no suele gustarles demasiado.
—Ah.
Asintió con aire sabio.
—No quieres que te demanden.
—Eso sería parte del motivo —admití de buena gana—. Y también es más fácil así.
La camarera eligió ese momento para tomarnos el pedido.
—Las damas primero —le dije a Hayley para picarla.
Me lanzó una mueca de desdén, pero no se lo pensó dos veces. Se quejaba sin parar de lo pija que era The Landings, pero comía aquí —conmigo y con otra de nuestras amigas escritoras, Bree James— tan a menudo como era humanamente posible.
—Yo tomaré el Steakhouse Salad, por favor —dijo con una sonrisa radiante.
A la camarera no le interesaba Hayley. Asintió distraída. Toda su atención era para mí.
—¿Y para usted, señor? —prácticamente ronroneó.
Esto ya me gustaba más. La camarera probablemente no tenía ni idea de que era escritor. Eso no era nada raro. A muy pocos autores los reconocían por la calle, salvo que fueran de los diez grandes, como Stephen King, James Patterson o George R. R. Martin.
—Yo quiero el French Onion Burger con patatas fritas, por favor.
—Marchando.
La camarera me guiñó un ojo.
Le devolví la sonrisa con suficiencia.
Cuando se marchó a dar el pedido, me encontré a Hayley mirándome con un asco absoluto.