Capítulo 25
El camino junto al muelle a las seis de la tarde en diciembre es un sitio oscuro y frío y sin nadie, que es exactamente lo que Adrian ha calculado.
Lo sé antes de llegar. Lo sé mientras me pongo el abrigo y bajo las escaleras del café y cruzo la calle principal con las manos en los bolsillos y el corazón haciendo algo que no es exactamente latir sino más bien golpear, como si quisiera salir y yo no se lo permitiera.
Está ahí cuando llego. De pie junto al agua, mirando el mar, con el abrigo oscuro y las manos en los bolsillos, y hay algo en esa imagen que podría ser cualquier hombre mirando el mar en un pueblo de Maine en invierno si yo no supiera quién es y qué significa que esté aquí.
No me saluda cuando me acerco. Espera a que me ponga a su lado y durante un momento los dos miramos el agua en silencio, el mar negro bajo el cielo de diciembre, con el sonido de las olas contra las rocas del muelle que es el único sonido que hay.
— Gracias por venir —dice al final.
No respondo a eso.
— Estás diferente —dice. Lo dice como una observación, sin juicio en el tono—. Más tranquila. O lo pareces.
— ¿Qué quieres, Adrian?
Hay una pausa breve. El viento mueve algo detrás de nosotros, una cadena, una barca amarrada que golpea suavemente contra el muelle.
— Quiero que vuelvas —dice.
Lo dice con la misma calma con que diría cualquier otra cosa. Como si fuera una propuesta razonable entre personas razonables. Como si los tres años anteriores no existieran o existieran de una manera diferente a la que yo los recuerdo.
— No —digo.
Es la primera vez en mucho tiempo que le digo no a Adrian sin que haya una alternativa detrás, sin que la palabra vaya acompañada de una explicación o una disculpa o alguna forma de amortiguación que la haga más fácil de aceptar para él. Solo no. Solo esa palabra sola en el aire frío de diciembre.
Adrian me mira.
— Hermione —dice.
— No me llamo así.
— Sí te llamas así. —Sin énfasis, sin subir la voz—. Puedes llamarte como quieras aquí, puedes tener otro pelo y otro trabajo y otra vida, pero te llamas Hermione Blake y eres mi mujer y sigues siéndolo porque nadie ha dicho legalmente lo contrario.
— Estoy muerta legalmente —digo—. Lo organizaste tú así.
— No lo organicé yo. Lo organizaste tú. Yo solo he seguido el rastro.
Hay algo casi absurdo en esta conversación, en que estemos aquí los dos hablando de esto con este tono, como si fuera una negociación de negocios y no lo que es.
Pero así es Adrian. Así ha sido siempre.
El tono neutro que convierte cualquier cosa en algo que parece manejable hasta que de repente no lo es.
— ¿Y si no vuelvo? —digo.
Me mira durante un momento antes de responder, con esa manera suya de medir las palabras antes de usarlas.
— Entonces Jamie va a saber quién eres. Y Priscila. Y todo el pueblo. —Una pausa—. Y tu madre.
El nombre de mi madre en su boca hace algo en el pecho que no esperaba, algo que no es miedo exactamente sino algo más parecido a la rabia, y la rabia es nueva, la rabia no la había sentido así de limpia y así de concreta en mucho tiempo.
— Mi madre no tiene nada que ver con esto.
— No. Pero está ahí. Y hay personas en Chicago que todavía creen que su hija murió en un accidente. Imagina lo que sería para ella saber que no fue así, que llevamos meses mintiéndole.
— Tú no le has dicho nada porque contárselo implicaría explicar por qué la buscastes.
Algo en su expresión cambia, casi imperceptiblemente. No es que le haya sorprendido lo que he dicho, Adrian no se sorprende fácilmente. Es más parecido al reconocimiento, a notar que la persona con la que está hablando ya no es exactamente la misma con la que vivió tres años.
— Eres más lista de lo que te dabas crédito —dice.
— Siempre lo fui. Tú no te dabas cuenta.
* * *
No sé cuánto tiempo estamos junto al muelle.
El frío se mete en los huesos y el mar sigue haciendo su ruido constante e indiferente y Adrian habla y yo escucho y a veces respondo, y es la conversación más extraña de mi vida porque estoy aterrada y furiosa a la vez y ninguna de las dos cosas se me nota en la cara, que es el logro más raro que he conseguido nunca.
Me dice que tiene una semana. Que en una semana quiere una respuesta. Que si la respuesta es no tiene maneras de complicarme la vida aquí que no implican violencia, solo información, la información correcta en los oídos correctos, y que eso puede ser igual de destructivo que cualquier otra cosa.
No le digo que sí. No le digo que no.
Le digo que necesito tiempo para pensar, que es verdad, y él asiente como si eso fuera una concesión razonable aunque los dos sabemos que no es una concesión, que es lo único que tengo en este momento.
Cuando me voy no me acompaña. Me deja ir sola por el camino oscuro de vuelta al pueblo, y eso en sí mismo es una forma de decirme que sabe perfectamente que no voy a ningún sitio, que no tengo adónde ir que él no pueda seguir.
Camino de vuelta al café con el viento en la cara y ese no que le he dicho todavía resonando en algún sitio, pequeño pero real, más real que cualquier otra cosa que haya dicho en mucho tiempo.
No voy a volver con él.
Eso lo sé con una certeza que no tenía hace dos meses, que quizás no habría tenido si no hubiera pasado estos dos meses aquí, aprendiendo a ocupar el espacio que me corresponde sin pedir permiso, aprendiendo que el miedo cambia de tamaño, aprendiendo que hay personas que escuchan para entender y no para usar lo que escuchan.
No voy a volver.
Pero necesito una semana para encontrar la manera de no hacerlo sin que nadie salga destruido en el proceso.
O al menos sin que salga destruido nadie que no lo merezca.
Capítulo 25
Paso por el café a última hora de la tarde para recoger una caja de botellas que Priscila me guarda a veces cuando le sobra espacio en el almacén.
No tengo ninguna razón especial para pasar a esa hora, podría haberlo dejado para el día siguiente, pero llevo todo el día con esa sensación que no me abandona desde que llegó Adrian y que hoy está más presente que otros días sin que sepa explicar por qué.
El café está a punto de cerrar cuando llego. Priscila ya tiene el abrigo puesto y me entrega la caja con la eficiencia de quien tiene prisa por irse, pero antes de salir se para un momento y me mira de esa manera suya.
— Wren ha salido un rato —dice—. Ha vuelto hace poco.
— Ah —digo.
— Tenía frío. Le he dado té.
No sé exactamente qué me está diciendo Priscila con eso pero sé que me está diciendo algo, porque Priscila no menciona cosas sin razón.
— ¿Está bien? —digo.
— Está arriba. —Una pausa—. Jamie.
— ¿Sí?
Me mira durante un segundo, con esa expresión de quien tiene muchas cosas que decir y ha decidido decir solo una.
— Fíate de lo que notas —dice.
Y sale.
Me quedo solo en el café vacío con la caja en los brazos y esa frase dando vueltas, que es exactamente el tipo de frase que Priscila suelta cuando quiere que alguien haga algo sin decirle directamente que lo haga.
* * *
Dejo la caja en la taberna y vuelvo al café. No tengo un plan exacto, no sé qué voy a decir, solo sé que llevo días ignorando algo que no debería ignorar y que esta noche no voy a seguir haciéndolo.
Llamo a la puerta lateral, la del acceso al piso de arriba, no a la puerta del café. Espero.
Tarda un momento en abrir. Cuando lo hace tiene el pelo suelto y un jersey grande que no le he visto antes y una taza de té en la mano, y hay algo en su cara que no es exactamente lo que Priscila ha llamado frío pero que se le parece, algo apagado y tenso a la vez que no es la Wren de los últimos días.
Me mira.
— Jamie —dice.
— Hola. —Una pausa—. ¿Puedo pasar un momento?
Hay un segundo en que no dice nada y yo me preparo para que diga que no, que está cansada, que es tarde, todas las respuestas razonables que podría dar y que yo aceptaría sin insistir porque así soy. Pero no dice ninguna de esas cosas. Se hace a un lado.
Entro.
* * *
El cuarto es pequeño y cálido y huele a ese té que lleva en la mano. Hay libros en la mesilla y el edredón de flores un poco revuelto y la ventana con vistas a la calle nevada y todo tiene esa cualidad de un espacio que alguien ha ido haciendo suyo despacio, con cuidado, sin prisa.
Me siento en la silla que hay junto a la ventana. Ella se sienta en el borde de la cama con la taza entre las manos y me mira con esa expresión suya de espera, la de alguien que sabe que hay una pregunta y que está decidiendo si quiere escucharla.
— ¿Qué está pasando? —digo.
No lo digo con urgencia ni con acusación. Lo digo como lo que es, una pregunta directa de alguien que lleva días con ella en la cabeza y que ha decidido que ya es suficiente de dejarlo estar.
Wren mira la taza. Pasan unos segundos.
— Nada —dice.
— Wren.
— Jamie.
Nos miramos. Y en ese silencio hay algo que no habíamos tenido antes exactamente, algo más directo, más sin red, como si las dos personas que llevan meses construyendo una distancia cuidadosa hubieran llegado al mismo tiempo al límite de esa distancia.
— Llevas días diferente —digo—. Desde que llegó Adrian. Y hoy más. —Hago una pausa—. No te pido que me cuentes nada que no quieras contarme. Pero si hay algo que necesites, o alguien, quiero que sepas que estoy aquí.
Wren me mira durante un momento largo. Veo algo moviéndose en su cara, algo debatiéndose, y me quedo quieto y no añado nada porque sé que cualquier cosa que diga ahora puede cerrar una puerta que todavía está entreabierta.
— Tu primo y yo nos conocemos —dice al final, en voz baja.
Me quedo quieto.
— ¿De qué? —digo, con la misma calma, aunque algo en el pecho ha cambiado de posición.