El café de la vida Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

​—​      De antes. De Chicago. —Hace una pausa—. No es exactamente lo que parece. Quiero decir, es complicado y no sé cómo explicarlo y no sé si puedo explicarlo todavía, pero quería que supieras eso. Que no es la primera vez que nos vemos.

La miro. Proceso lo que acaba de decir y todas las implicaciones que tiene y todas las preguntas que genera, y hay una en particular que se instala con más fuerza que las demás aunque no la digo en voz alta todavía.

​—​      ¿Estás en peligro? —digo.

Wren abre la boca. La cierra. Y algo en ese gesto, en ese segundo de duda antes de responder, me dice todo lo que necesito saber antes de que diga nada.

​—​      No lo sé —dice.

Me levanto de la silla. No para irme sino para estar más cerca, y me siento en el suelo junto a la cama, que es una postura un poco rara pero que nos pone al mismo nivel sin que yo esté de pie mirándola desde arriba, que en este momento me parece importante.

​—​      Está bien —digo—. No tienes que contarme nada ahora. Pero quiero que sepas que lo que me cuentes o no me cuentes no cambia nada. ¿De acuerdo?

Me mira desde el borde de la cama con esa expresión suya que a veces no sé descifrar del todo y que hoy tiene algo que sí reconozco, algo parecido al alivio mezclado con algo más frágil.

​—​      ¿Por qué haces eso? —dice, en voz muy baja.

​—​      ¿El qué?

​—​      Estar. Sin pedir nada a cambio.

No sé qué responder durante un momento. No porque no sepa la respuesta sino porque la respuesta es simple y a veces las respuestas simples son las más difíciles de decir en voz alta.

​—​      Porque me importas —digo—. No es más complicado que eso.

Wren no dice nada. Pero algo en su cara se afloja, despacio, como cuando una cosa que lleva mucho tiempo tensa encuentra finalmente el sitio donde descansar.

Me quedo un rato más. No hablamos de Adrian ni de Chicago ni de nada de lo que ha dicho.

Hablamos de otras cosas, de cosas pequeñas, del club de lectura de Dorothy, de que la gotera del almacén de la taberna ha vuelto a dar señales de vida, de que Priscila va a poner un árbol de Navidad el lunes que viene.

Y cuando me voy, ya tarde, Wren me acompaña hasta la puerta lateral y antes de cerrar dice:

​—​      Gracias.

​—​      No hay nada que agradecer —digo.

Pero los dos sabemos que sí lo hay.

Capítulo 26

Por la mañana, cuando bajo al café, hay algo diferente en cómo empieza el día.

No en el café en sí, que es igual que siempre, la cafetera, las sillas, el frío entrando cuando abro la puerta.

Lo diferente está en mí, en que anoche le dije a Jamie que su primo y yo nos conocíamos de Chicago y el mundo no se derrumbó.

Sigue en pie. Priscila llega a las siete y cuarto con el gorro verde. El café se llena despacio.

No es que todo esté resuelto. No lo está en absoluto. Pero hay algo que se ha movido de sitio, algo que pesaba de una manera y ahora pesa de otra, y esa diferencia, aunque sea pequeña, es real.

Jamie entra a las nueve. Se sienta en el taburete de la barra, no en su mesa, y me mira cuando le dejo el café delante con una expresión que no es la de siempre, más directa, más sin la capa de calma habitual, como si anoche algo entre los dos también se hubiera movido de sitio.

​—​      ¿Cómo estás? —dice.

​—​      Mejor —digo. Y es verdad.

Asiente. No pregunta más. Bebe el café y mira la calle por la ventana y hay entre los dos ese silencio nuevo que ya no necesita llenarse, pero que hoy tiene una capa más, algo más consciente, más cargado de lo que no se ha dicho todavía pero que los dos sabemos que está ahí esperando.

​—​      Adrian me ha dicho que va a quedarse unos días más —dice, sin aparente énfasis.

​—​      Ah —digo.

​—​      ¿Está bien?

Lo miro. Sé lo que me está preguntando en realidad, que no es si me parece bien que Adrian se quede sino algo anterior a eso, si estoy bien, si necesito algo, si hay algo que deba saber.

​—​      Sí —digo—. Está bien.

Mentira a medias. Pero todavía no tengo las palabras para la verdad completa y Jamie lo sabe y no insiste.

* * *

Adrian llega a media mañana, solo, sin Jamie. Eso no había ocurrido desde el primer día y lo noto antes de que entre, noto que algo en el ritmo del día cambia cuando suena la campanilla y es su voz y no la de Jamie la que dice buenos días.

Priscila está en la cocina. Hay dos clientes en la mesa del fondo.

Se sienta en la barra. Le sirvo el café sin decir nada. Él lo coge sin decir nada. Y durante un momento los dos mantenemos esa actuación de normalidad que hemos estado manteniendo toda la semana, esa ficción de que somos dos personas que apenas se conocen en un café de un pueblo de Maine.

Entonces hace algo que no esperaba. Saca el teléfono, busca algo, y lo deja sobre la barra girado hacia mí.

Es una foto.

Jamie y yo, en el camino de vuelta del faro, el día que me lo enseñó.

No sé quién la ha hecho ni cuándo ni cómo ha llegado a su teléfono.

Somos dos figuras en el camino de piedra con el mar al fondo y el cielo de octubre encima, y no hay nada en la foto que sea comprometedor, solo dos personas caminando, pero la manera en que estamos uno al lado del otro, la distancia entre nosotros, algo en esa imagen dice más de lo que ninguno de los dos habría dicho en voz alta en ese momento.

Miro la foto. Miro a Adrian.

​—​      Interesante —dice, con ese tono suyo de siempre—. Jamie es buen chico. Siempre lo ha sido.

​—​      No sé de qué estás hablando.

​—​      Claro que sí. —Recoge el teléfono, lo guarda—. Solo quería que supieras que lo sé. Que veo lo que hay.

​—​      No hay nada.

​—​      Hermione.

​—​      No me llames así.

​—​      Como quieras. —Una pausa—. Te queda menos de una semana.

Coge la taza, termina el café, la deja sobre la barra con ese cuidado suyo de siempre. Se levanta, se pone el abrigo, y antes de irse se gira un momento hacia mí.

​—​      Jamie no merece verse involucrado en esto —dice—. Eso es todo lo que tengo que decir.

Y sale.

Me quedo mirando la puerta cerrada con las manos planas sobre la barra y algo en el pecho que ahora sí es miedo, miedo concreto y con nombre, no el miedo abstracto de estos días sino algo más preciso, más urgente.

Porque lo que acaba de decir no era una amenaza directa hacia Jamie. Era algo peor. Era la constatación de que lo ha visto, de que sabe que Jamie me importa, y de que esa información es ahora parte de su arsenal.

Adrian nunca hace nada sin razón. Cada cosa que dice, cada cosa que hace, tiene un propósito dentro de un plan que solo él conoce completamente.

Llevo tres años aprendiéndolo y no me ha servido de nada hasta ahora, pero ahora mismo, en este café, sé con una claridad que no había tenido en toda la semana lo que tiene que ocurrir.

Tengo que contárselo a Jamie.

Todo.

* * *

Priscila sale de la cocina cuando Adrian ya se ha ido. Me mira. Mira la taza vacía en la barra. Me mira otra vez.

​—​      ¿Wren? —dice.

Y en su voz hay algo que no es la Priscila de siempre, hay algo más urgente, más sin el filtro habitual de la calma, como si ella también hubiera llegado al límite de lo que puede observar sin decir nada.

​—​      Lo sé —digo—. Esta noche le cuento todo a Jamie.

Priscila me mira durante un momento largo. Después asiente, una vez, despacio, con esa manera suya de asentir que no es solo un gesto sino una declaración.

​—​      Bien —dice.

Y vuelve a la cocina.

Me quedo sola en la barra con la taza vacía de Adrian delante de mí y esa decisión recién tomada instalándose en el pecho con un peso que no es exactamente miedo sino algo más parecido al alivio, que es raro, que no debería serlo dado lo que implica, pero que lo es de todas formas.

Esta noche.

Todo.

Y después lo que tenga que pasar.