Capítulo 2 #2
—Este es el final del menú. Se llama «La mesa que nunca estuvo completa». Combina remolacha caramelizada con crema de semillas de amapola y un sorbete de ciruela ácida, evocando esas cenas familiares que quedaban a medias por las mudanzas constantes.
Henrik murmura desde su asiento, lo bastante cerca para que Astrid lo oiga:
—Parece… personal. Demasiado, quizá.
El postre combina sabores terrosos y dulces acompañados de una acidez equilibrada. Cuando el jurado prueba el plato, el silencio revela la importancia del momento.
Uno de los chefs franceses se inclina hacia adelante, probando de nuevo.
—Esto es extraordinario. No es una cocina que busque solo agradarnos. Es una cocina que quiere decir algo, contar una historia tal y como nos ha dicho.
Desde la mesa del público, uno de los inversores comenta en voz baja:
—Tiene carácter. Muy auténtico.
Una editora gastronómica susurra a su compañero:
—Nunca había probado algo así. Es como si la comida contara una vida entera.
Freja observa a Astrid con atención, buscando su reacción.
—¿Qué opinas? —le pregunta en un susurro.
Astrid tarda un momento en responder, procesando la oleada de sensaciones que el menú le ha provocado.
—Que es… impredecible —admite.
—Eso no es necesariamente malo —responde Freja, rozando su brazo con los dedos en un gesto fugaz de complicidad.
—En el Aureum puede serlo —replica Astrid.
El jurado delibera durante casi media hora. El salón se llena de conversaciones, análisis culinarios y especulaciones que flotan en el aire. Sebastian se acerca al grupo donde están Astrid, Freja y Henrik, con expresión expectante.
—Si gana la chef Kovács, vamos a aumentar muchísimo el valor. Estoy seguro.
Henrik parece pensativo, tamborileando los dedos sobre la mesa.
—Su cocina tiene algo distinto. Raíces profundas, aunque desordenadas.
Y Astrid responde con frialdad.
—Tiene demasiadas cosas distintas, la verdad.
Finalmente, el presidente del jurado sube al escenario.
—Ha sido una decisión difícil —comienza—. Los últimos finalistas han demostrado una capacidad extraordinaria. Pero el jurado ha decidido premiar una propuesta que combina memoria, técnica y una voz culinaria profundamente personal.
Hace una pausa dramática.
—La ganadora del concurso Aureum es… Mireya Kovács.
El salón estalla en aplausos educados pero entusiastas. Freja se inclina hacia Astrid, y le da un golpecito con el hombro.
—Pues parece que ya la tenemos. El desorden hecho persona.
Astrid sigue con los brazos cruzados, observando cómo Mireya sube al escenario entre ovaciones. Su forma de moverse no es elegante en el sentido tradicional. Es directa, casi instintiva, como si el escenario fuera solo otra cocina.
—Veremos si es capaz de adaptarse —responde Astrid, con un tono que oculta la turbulencia interna que acaba de sentir.
Sebastian sonríe con satisfacción.
—Si aprende a pulir los detalles, puede ser una revolución para el club. Algo fresco.
—O un desastre glorioso —añade Henrik con una enorme sonrisa en los labios—. En cualquier caso, es interesante.
Cuando el acto termina, varios invitados se acercan a felicitar a la ganadora.
Los periodistas hacen preguntas, y los fotógrafos capturan las imágenes.
Astrid espera, observando desde la distancia cómo Mireya habla con el jurado, cómo gesticula mientras explica sus platos con pasión, cómo su rostro se ilumina cuando alguien menciona las historias detrás del menú.
Finalmente, Astrid avanza con paso firme entre los asistentes. Cuando Mireya la ve acercarse, se queda en silencio, girándose hacia ella con atención.
Durante un segundo ambas se observan. De cerca, Astrid percibe detalles que no había notado antes: la intensidad de sus ojos oscuros, profundos como recuerdos guardados; la ligera cicatriz junto a la ceja izquierda, fina y antigua…
Astrid extiende la mano con elegancia.
—Astrid Falkenberg. Directora del Aureum.
Mireya acepta el gesto con firmeza.
—Mireya Kovács. Supongo que su nueva chef ejecutiva.
El contacto dura apenas un instante. Pero algo —un chispazo que le recorre la piel— atraviesa el brazo de Astrid. Es tan rápido que podría ser pura imaginación, pero el calor persiste en sus venas.
Astrid retira la mano con elegancia, recomponiéndose.
—Enhorabuena por su victoria. Ha sido una presentación memorable.
Mireya la observa con cautela.
—Gracias. No esperaba que mi historia conectara tanto.
Astrid mantiene la mirada, aunque su pulso late con una irregularidad inusual.
—Es verdad, su cocina ha impresionado al jurado. Ha traído algo distinto a estas salas.
Mireya sonríe levemente.
—Eso espero. Para eso he venido aquí: para que probaran algo más que técnica.
El tono es respetuoso, pero no presenta ni un rastro de sumisión, y Astrid lo percibe de inmediato.
—El Aureum es un entorno muy particular —le dice a Mireya, y le dedica una pequeña sonrisa—. Exige disciplina, y coherencia en cada detalle.
Mireya asiente, aunque sus ojos brillan en forma de desafío.
—La cocina también. Aunque a veces la coherencia se abre paso a través de las grietas, no solo de la perfección.
Durante un instante el silencio se instala entre ellas. Freja observa la escena desde unos metros de distancia con una expresión divertida, casi cómplice, como si anticipara lo que está por venir.
—Estoy segura de que podremos encontrar un equilibrio —comenta Mireya—. Yo aprendo rápido, y respeto las reglas… cuando tienen sentido, claro.
Astrid sostiene su mirada unos segundos más, notando cómo el aire entre ambas parece vibrar.
—Eso está por ver —concluye, aunque en su interior una voz susurra que ya ha empezado a desequilibrarse.
Luego se despide con una leve inclinación de la cabeza y se aleja, sintiendo la mirada de Mireya en su espalda.
Mientras camina hacia el otro extremo del salón, Astrid es consciente de algo que no le gusta reconocer.
No es la victoria de Mireya lo que la inquieta.
Es la sensación —persistente e inexplicable— de que esa mujer podría alterar el equilibrio perfecto del Aureum.
Y Astrid Falkenberg ha construido toda su vida alrededor de evitar… precisamente eso.