Capítulo 1 #2
Astrid no es capaz de responder. Las referencias a su padre siempre provocan una sensación difícil de describir para ella; como una sombra fiel que la abraza en silencio. Siente el peso en el pecho, familiar y pesado, pero lo contiene con la misma precisión con que dirige todo lo demás.
—Entonces estamos de acuerdo —habla sin remilgos, cerrando el círculo con voz clara—. Seguiremos adelante con el concurso.
—Perfecto. Me encanta cuando el plan funciona —aclara Freja con una sonrisa—. Y cuando tú das el visto bueno, sé que será impecable.
La reunión se alarga media hora más mientras revisan detalles logísticos, posibles jurados, patrocinadores que no busquen protagonismo y fechas tentativas que encajen con el calendario de la élite europea.
Las voces se entrecruzan con profesionalidad, pero Astrid nota, en momentos fugaces, cómo la mirada de Freja se detiene en ella un segundo de más.
Cuando finalmente se levantan de la mesa, la luz de la tarde comienza a filtrarse por las ventanas altas de la mansión, tiñendo el mármol de tonos dorados suaves. Sebastian recoge su abrigo y se despide de ellos:
—Astrid, si este evento sale como imagino, dentro de dos años estaremos hablando de abrir Aureum en otras capitales. París, quizá. O incluso Nueva York.
Ella lo observa con calma, sin alterarse.
—Primero hagamos bien esto.
Henrik se acerca a su hermana antes de marcharse, posando una mano breve en su hombro.
—Lo estás haciendo muy bien.
Astrid asiente levemente, agradeciendo el gesto con su mirada.
—Es mi trabajo. Y lo hago porque es lo que corresponde.
Cuando ambos hombres abandonan la sala, el ambiente cambia de forma casi imperceptible. Freja se deja caer de nuevo en la silla con un suspiro exagerado, dramático solo para ella, estirando los brazos por encima de la cabeza con su gracia natural.
—Por fin —murmura, cerrando los ojos un instante.
Astrid arquea una ceja, recogiendo sus documentos, aunque un atisbo de curiosidad suaviza su expresión.
—¿Por fin qué?
—Por fin se han ido los dos hombres que creen que están dirigiendo el mundo —bromea Freja, abriendo los ojos y mirándola directamente—. Aunque, en realidad, ya sabemos quién lleva las riendas aquí.
—Sebastian es útil. Sus contactos abren puertas que en otra ocasión no habríamos podido ni tocar.
—No he dicho lo contrario —responde Freja, incorporándose y acercándose a ella—. Solo que su ego ocupa bastante espacio en la habitación. Y a veces, me apetece respirar sin tanto perfume masculino. Menos mal que se va a tomar un tiempo fuera del club por sus otros negocios.
Astrid cierra la carpeta y la observa, permitiéndose una pausa.
—¿Quieres algo de beber?
Freja sonríe.
—Siempre. Contigo, especialmente.
Minutos después, ambas están en uno de los salones privados del club. Un espacio más íntimo, con sofás bajos de terciopelo gris, una barra discreta de madera oscura y luces tenues que crean un ambiente reservado, perfecto para ellas. El barman prepara las bebidas y desaparece de inmediato.
Astrid se permite aflojar ligeramente la postura. Solo ligeramente. Se sienta en el taburete junto a Freja, lo bastante cerca para percibir el sutil aroma de su perfume.
El barman coloca frente a ellas dos copas bajas con un licor ámbar, suave y aromático. Freja da un primer sorbo, saboreándolo con los ojos entrecerrados.
—¿Sabes? —dice, girándose hacia ella—. La mitad de la ciudad cree que no tienes emociones. Que eres un mecanismo perfecto, frío y eficiente.
Astrid observa el líquido en su vaso, girándolo lentamente entre los dedos.
—La mitad de la ciudad no me conoce. Y prefiero que siga siendo así.
Freja sonríe, inclinándose un poco más cerca, provocando que sus rodillas se rocen.
—Eso es precisamente lo que alimenta el mito. Pero yo sí te conozco. Al menos un poco más que los demás. Y sé que hay mucho más debajo de ese hielo.
Astrid apoya un codo sobre la barra, girando el rostro hacia ella. Por un momento, sus miradas se sostienen, y aparece ese leve cosquilleo que no encaja con su habitual control.
—Los mitos son útiles en realidad… —responde Astrid con una sonrisa—. Te protegen y mantienen las distancias necesarias.
Freja la observa con atención. Es una de las pocas personas capaz de hacerlo sin incomodidad
—¿Te preocupa el concurso?
Astrid tarda un momento en responder, sintiendo cómo la pregunta toca una fibra sensible dentro de ella.
—Me preocupa cualquier cosa que implique perder el control. Incluso un poco. Aureum es… todo lo que tengo.
Freja asiente lentamente.
—Entonces va a ser interesante. Porque tú y yo sabemos que el control absoluto es una ilusión hermosa, pero ilusión, al fin y al cabo.
Astrid frunce ligeramente el ceño.
—¿Por qué?
Freja gira la copa entre los dedos, y su voz adquiere un tono casi susurrante.
—Porque cuando invitas al mundo a tu casa… —dice con una media sonrisa que ilumina su rostro—, siempre entra alguien que no estaba en tus planes. Alguien que descoloca las piezas. Que hace que el hielo se resquebraje, aunque sea solo un poco.
Por alguna razón —una intuición vaga, casi imperceptible— Astrid siente que Freja podría tener razón. Pero igualmente, se encoge de hombros antes de beber de su copa.
—Supongo que tendré que aprender a controlarlo.