Capítulo 27
El borrador seguía ahí.
Rafael abrió la laptop a las once de la noche de un jueves —no para trabajar, sino para revisar una proyección que había quedado pendiente— y el archivo estaba en la barra de tareas donde había estado durante tres semanas: minimizado, sin nombre, sin destinatario, sin fecha de envío.
Lo había dejado así deliberadamente. No borrarlo era una elección. No enviarlo también.
Lo abrió.
Lo leyó.
Era mejor de lo que recordaba —más honesto, menos construido, con el tipo de frase que escribía cuando no escribía para nadie, que era la única condición en la que escribía de ese modo.
Había una línea en el segundo párrafo que lo hizo detenerse: No sé lo que estoy haciendo, pero sé que es la primera cosa en quince años que no consigo administrar para que quepa en un plazo.
Lo había escrito tres semanas atrás. Seguía siendo verdad.
Lo que había cambiado: ella le había enviado un mensaje sobre su madre sin que él preguntara. Él había respondido sin firma. Había un dorso de dedos en una mejilla en un piso vacío. Había un ¿y? que había sonado como respuesta.
Lo que no había cambiado: noviembre. El plazo que los dos habían nombrado y que estaba, ahora, a menos de ochenta días.
Rafael mantuvo los ojos en el borrador.
Había una diferencia entre escribir para nadie y enviar. Había una diferencia entre dejar el archivo abierto y cerrarlo. Había una diferencia entre lo que ese texto era ahora —confesión privada, prueba de un estado interno que solo él conocía— y lo que sería si ella lo leyera.
Irreversible. Era la palabra. Las cosas irreversibles tenían un peso específico que él había aprendido, a lo largo de quince años, a reconocer antes de cometerlas.
Cerró el archivo. No lo borró.
Se quedó mirando la pantalla oscura de la laptop por un momento.
Después abrió el correo. No el borrador —un mensaje nuevo, en blanco, todavía sin destinatario. Se quedó con el cursor parpadeando en el campo de asunto el tiempo suficiente para que la pantalla entrara al salvapantallas y tuviera que mover el mouse para recuperarla.
Cerró el correo sin escribir nada.
Se fue a dormir.
A las seis de la mañana, antes del café, volvió a abrir la laptop. El borrador seguía ahí. El correo en blanco no —lo había cerrado sin guardar, como había pretendido.
¿Pero lo había pretendido?
Rafael se quedó con esa pregunta más tiempo del que era razonable para un hombre que tenía una reunión a las ocho.
La vio a las diez, en el pasillo del decimosexto piso.
Venía con el casco de obra en la mano —había bajado del piso en construcción, todavía con la expresión de concentración del trabajo físico, la que él había aprendido a distinguir de la expresión de las reuniones— y se detuvo cuando lo vio, no de sorpresa, sino de la manera que uno se detiene cuando ve a alguien que estaba esperando sin saber que estaba esperando.
—Bloque este —dijo ella, levantando el casco a modo de explicación.
—¿Cómo va?
—Adelantado. —Una pausa—. Puedo mostrártelo ahora, si tienes diez minutos.
Era inusual. Ella no invitaba. Él había creado el hábito de los jueves, de las visitas, del bloque sur. Ella respondía, venía cuando él lo sugería, se quedaba cuando él se quedaba —pero no invitaba.
Hasta ahora.
—Tengo —dijo él.
El bloque este estaba ruidoso —sierras, compresores, el equipo en ritmo de cierre de plazo— y recorrieron el andamio exterior con los cascos y el ruido alrededor que convertía cualquier conversación en una elección deliberada de hablar más alto.
Ella le mostró lo que había para mostrar.
Él miró. Hizo las preguntas que eran preguntas de trabajo y una que no lo era —sobre el ángulo de un panel de fachada que se había ajustado la semana anterior— y ella respondió todas con la misma precisión, sin distinguir entre las que eran de trabajo y la que no.
De vuelta, en el elevador, todavía había el ruido en los oídos y el silencio relativo del elevador en contraste.
—¿Por qué me llamaste? —dijo él.
Ella se quedó con la pregunta.
—Porque estaba adelantado —dijo ella—. Pensé que querrías verlo.
—Siempre quiero ver.
—Lo sé.
El elevador se abrió en el decimoctavo piso. Ella fue a salir.
—Isabela.
Ella se detuvo. Se dio vuelta.
Había, en el rostro de él, algo que ella había visto una vez en el bloque sur —anterior al cálculo, anterior a la contención— y que estaba de vuelta ahora, en un elevador abierto en el decimoctavo piso con el equipo del pasillo visible al fondo.
—Esta noche —dijo él—. No aquí. Si quieres.
El pasillo al fondo. El equipo pasando. Diego en algún lugar de ese piso.
Isabela se quedó con la pregunta por un segundo que fue lo suficientemente largo para ser una decisión.
—Manda la dirección —dijo ella.
Salió del elevador.
Las puertas se cerraron detrás de ella.
Continuó caminando por el pasillo con el equipo y el ruido y la luz del decimoctavo piso, y no miró atrás, y sintió el corazón latiendo al ritmo de alguien que acaba de decir algo que no puede no haber dicho.