Capítulo 26
Diego lo vio.
No fue nada. Fue el tipo de cosa que, en cualquier otro contexto, no sería nada: Isabela saliendo del elevador en el decimoctavo piso con la carpeta bajo el brazo y Rafael dos pasos detrás, y los dos llegando a la puerta de la sala de reuniones al mismo tiempo, y Rafael abriendo la puerta —no porque ella no pudiera abrirla, sino con el gesto de quien abre puertas para personas específicas sin decidir hacerlo, el gesto que antecede al pensamiento.
Diego estaba en el pasillo con un café y una tableta y lo vio.
No dijo nada. Siguió caminando. Pero había algo en el segundo en que se detuvo —una décima, menos— que Isabela captó de refilón, ya dentro de la sala, ya abriendo la carpeta, ya de espaldas al pasillo.
Ella sabía lo que Diego había visto porque sabía lo que había para ver.
Y sabía que Diego sabía que ella había notado que él había visto, porque esas cosas se saben, y ese fue el tercer nivel del intercambio que ocurrió en menos de dos segundos en un pasillo del decimoctavo piso un martes por la mañana.
Rafael no había notado a Diego. O lo había notado y no lo había considerado relevante.
Isabela mantuvo eso en la cabeza durante toda la reunión —no como preocupación, sino como dato. Un dato nuevo, que cambiaba algo en el cálculo sin que ella supiera todavía el qué.
La reunión era técnica. Proveedor de revestimiento, plazo del bloque oeste, dos puntos de decisión que necesitaban aprobación antes del fin de semana.
Rafael presidía con la eficiencia de siempre, Marcos tomaba notas, el proveedor respondía con la cautela de quien sabe que las preguntas tienen consecuencias.
Isabela presentó los números. Respondió lo que le preguntaron. Notó, en dos momentos, que Rafael la había mirado un segundo antes de hablar —no para confirmar un dato, para otra cosa que ella no intentó nombrar dentro de una sala con otras tres personas.
Cuando el proveedor salió, Marcos se quedó para cerrar los puntos de aprobación. Rafael firmó donde había que firmar. Isabela recogió los planos.
—Fonseca —dijo Marcos, cuando ella ya estaba de pie—. Ese ajuste en el pasillo este que mencionaste la semana pasada. ¿Va a impactar el plazo?
—Dos días como máximo. Ya está absorbido en el margen del cronograma.
—Bien. —Marcos cerró la tableta—. Rafael, ¿algo más?
Una pausa de un segundo.
—No —dijo Rafael.
Pero había mirado a Isabela cuando Marcos preguntó, y ella había devuelto la mirada, y había algo en ese intercambio paralelo —rápido, sin palabras, invisible para Marcos, que ya estaba guardando la tableta— que tenía una textura completamente distinta de la reunión que acababan de tener.
Marcos salió.
Se quedaron solos por un momento —el tipo de momento que se había vuelto más frecuente en las últimas semanas, no por accidente, y que ninguno de los dos había comentado directamente.
—Diego te vio —dijo ella.
Rafael se mantuvo en silencio.
—En el pasillo —continuó ella—. Cuando llegamos juntos.
—Sé quién es Diego.
—Ya lo sé. —Ella ajustó la correa de la carpeta—. Solo digo que te vio.
El silencio que vino después no era el silencio de quien estaba procesando una sorpresa. Era el de quien ya había pensado en eso antes y había decidido algo al respecto que todavía no había dicho en voz alta.
—¿Y? —dijo él.
Isabela se quedó con la pregunta.
Era una pregunta pequeña. Tenía el tamaño de dos letras y el peso de todo lo que no se había dicho desde el bloque sur el jueves anterior —el dorso de los dedos en la mejilla, el retroceso que no se fue, el mensaje que ella había enviado sin que él preguntara, las cinco palabras sin firma.
—Nada —dijo ella—. Solo quería que lo supieras.
Él la miró un momento más largo del que la frase exigía.
—Ya lo sé —dijo él.
Ella se fue. En el pasillo, pasó junto a Diego, que estaba en su escritorio con el café y la tableta y la expresión de quien está trabajando con mucha concentración. Él no levantó los ojos.
Ella no redujo el paso.
El celular vibró antes de que llegara al elevador. No era Rafael. Era una alerta automática del sistema interno —el mismo servidor donde estaba guardada la foto del bloque sur— avisando que el archivo había sido accedido tres veces esa mañana por un usuario del departamento de comunicación.
Isabela se detuvo con el dedo sobre la pantalla.
Tres veces no era un accidente.