El beta cuidadoso (Cascada nº 2) Epílogo 2
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Epílogo 2

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— Heaven —

Algunos días seguían siendo difíciles. Esas mañanas me despertaba antes del amanecer, con el corazón desbocado por sueños que no lograba recordar del todo pero que dejaban su huella en mi pecho: una opresión, una falta de aire, un peso fantasma presionando contra mi garganta.

En esos días, tenía que recordarme dónde estaba.

Quién era. Que el monstruo había muerto y ya no podía hacerme daño.

Pero entonces Jackson se removía a mi lado, buscándome incluso dormido, y Duskara rozaba los límites de mi conciencia con un consuelo mudo que era como sentirme envuelta en cálido pelaje. Y poco a poco, respiración a respiración, la opresión cedía.

Hoy me desperté con la luz del sol entrando a raudales y el sonido lejano de risas infantiles que llegaba desde algún rincón de la casa de la manada a través de las ventanas abiertas.

Jackson ya se había ido —las obligaciones de Beta reclamaban su presencia temprano casi todas las mañanas— pero había dejado una nota en su almohada con su letra espantosa: Desayuno en la cocina. No te lo saltes. Lo sabré.

Y lo sabría. Siempre se enteraba cuando me saltaba el desayuno.

Me vestí y fui a la sala de archivos —mi sala de archivos, ya oficialmente.

Marshall me había otorgado el título tres semanas después de la batalla: Historiadora de la Manada.

Los diarios de Harold, las fotografías, los registros que se remontaban generaciones atrás...

todo era responsabilidad mía ahora. Mi dominio.

La habitación olía igual que siempre: a papel viejo, a cedro y a ese leve tufo a humedad que deja el tiempo.

Pero ahora estaba más organizada, el caos de décadas cediendo poco a poco ante mi meticulosa catalogación.

Había creado sistemas, índices, referencias cruzadas.

Qué bien se sentía tener un propósito. Aportar algo más allá de ser simplemente la mujer rota que el Beta había reclamado.

Apenas me había sentado en mi escritorio cuando la puerta se abrió de golpe.

—¡Hebben! —anunció Freya, entrando como un torbellino con su lobo de peluche —bastante más raído que tres meses atrás— apretado bajo el brazo. Detrás de ella, Fenrir la seguía con paso más pausado, y detrás de él, en brazos de Annalise, venía el miembro más nuevo de la familia Kane.

Thomas Orion Harold Kane, de tres semanas, nombrado en honor a su bisabuelo, su abuelo y el historiador que tanto había marcado la identidad de esta manada. Era perfecto, con los ojos oscuros de su padre y el cabello dorado de su madre.

—Hemos traído a Thomas para que te vea —anunció Fenrir—. Todavía no ha estado en la sala de archivos. Pensamos que debería conocerla.

—Historia —añadió Freya, subiéndose a mi regazo con la soltura de quien lo ha hecho mil veces—. Historia de Hebben. Para bebé.

Miré a Annalise, que se esforzaba visiblemente por no reírse.

—Insistieron —dijo—. Por lo visto, Thomas necesita que le presenten como es debido la historia de la manada, y han decidido que tú eres la persona indicada para hacerlo.

—Seguro que Thomas está entusiasmadísimo con las negociaciones territoriales y los protocolos de sucesión Alfa.

—Pareció animarse cuando Fenrir mencionó la sala de archivos. O puede que solo tuviera gases. A esta edad es difícil distinguirlo.

Me reí. Freya se arrellanó en mi regazo, y Fenrir empezó a sacar fotografías para enseñárselas a su hermanito («Este es el bisabuelo Thomas, llevas su nombre, parece gruñón pero papá dice que daba unos abrazos estupendos»), mientras Annalise se dejaba caer en la silla frente a mí con una sonrisa cansada.

Mi mano se deslizó hacia el vientre sin pensar, un gesto que se había convertido en costumbre desde que me enteré. Desde que Jackson notó los cambios antes que yo: el apetito disparado, el agotamiento a pesar de dormir más de lo normal, cómo ciertos olores de pronto me revolvían el estómago.

Dos, me había dicho Duskara cuando lo confirmamos con el médico de la manada. Dos latidos. Dos cachorros.

Gemelos.

Estaba esperando gemelos. Yo, la mujer a quien Soren había repudiado por estéril, defectuosa, inútil porque no podía darle un heredero. La mujer a quien había rechazado y humillado por fracasar en lo único para lo que él la consideraba útil.

La ironía no se me escapaba. Ni la justicia.

La justicia también había alcanzado a Silvercrest, rápida y absoluta.

Kieran había cooperado plenamente con la investigación del consejo: testimonio, pruebas, todo.

En cuestión de semanas, la familia Alfa de Silvercrest había sido encarcelada y la manada se había disuelto casi de la noche a la mañana.

Sin liderazgo, sin propósito, los miembros restantes se habían dispersado hacia otras manadas, buscando refugio en cualquier lugar salvo en el territorio que había cobijado tanta crueldad.

Silvercrest había desaparecido, borrada como si nunca hubiera existido. Como si Soren nunca hubiera existido.

Los cachorros demostraban que no había estado rota. No era yo la del problema. Simplemente había estado con la pareja equivocada, en la manada equivocada, intentando que la vida germinara en un suelo envenenado por la crueldad. Por supuesto que nada podía echar raíces allí.

Pero aquí, con Jackson, con la Manada Cascade, con un compañero que me amaba y un vínculo que me completaba... aquí, la vida había encontrado la manera. No un cachorro, sino dos. Como si la propia Diosa de la Luna quisiera dejar las cosas claras.

Annalise me pilló con la mano en el vientre y sonrió con complicidad.

Era una de las pocas que lo sabían. Jackson lo sabía, por supuesto —en realidad, lo había sabido antes que yo, con sus instintos captando los cambios en mi olor.

Marshall lo sabía porque Jackson era incapaz de guardarle secretos a su Alfa.

Y Annalise lo sabía porque hacía dos semanas me había mirado y había dicho: «¿De cuánto estás? ».

—Estás pensando en ellos —dijo, en voz tan baja que los niños no pudieran oírla.

—Siempre —admití—. Sigo esperando a que me parezca real.

—No lo hará. No hasta que estén aquí, berreando a las tres de la madrugada y negándose a dormir. —Pero su sonrisa era cálida—. Entonces se vuelve muy real, y muy deprisa.

—Estoy aterrada —confesé—. ¿Y si no sé cómo hacerlo? ¿Y si yo...?

—Serás maravillosa —me interrumpió Annalise con firmeza—. Y tendrás ayuda. Yo, Jackson, toda la manada. No vas a hacer esto sola, Heaven. Para eso está la manada.

Esta era mi vida ahora. Archivos polvorientos, niños exigentes, una manada que me había reclamado como suya, y dos cachorros creciendo dentro de mí que jamás conocerían el miedo ni la crueldad, que nunca dudarían ni por un instante de que eran deseados.

Un compañero que me amaba sin condiciones.

Una loba en mi interior que me hacía fuerte de maneras que jamás habría imaginado.

No era la vida que había planeado. Era infinitamente mejor.