Capítulo X
La pequeña casita de Nanni ha desaparecido, y en su lugar se alza un elegante chalet de dos pisos, que parece un verdadero nido de enamorados, escondido entre bosquecillos de acacias, de tilos, de lilos, que lo rodean del más delicioso misterio.
Todo es de la más extrema, pero también de la más elegante sencillez.
Y en este retiro, verano e invierno, viven dos familias felices: la del conde Guido Rambaldi, y la de Alfonso.
Han pasado cinco años desde los sucesos acontecidos y el tiempo, gran sanador de las heridas humanas, ha casi cicatrizado la sangrante llaga del corazón de Guido, que ante la vista de Clara feliz, olvidada del pasado, busca él también olvidar, y se pregunta a sí mismo si no ha sido el héroe de un espantoso sueño.
Clara no ha tenido nunca ocasión alguna de arrepentirse de la generosidad mostrada hacia su marido: ahora se siente segura del corazón, del amor de él, y cuando él se postra ante ella de rodillas, como para mendigar aquellos besos de los que se sabe indigno, Clara apoya su bella cabeza sobre los hombros de él, y sin apartar los labios, murmura con perfecta convicción:
—Soy tan, tan feliz...
Clara ha sido madre otra vez, y esto le parece a ella una bendición, a Guido el perdón entero.
Alfonso e Inés son otra pareja de esposos felices, envidiados. Se adoran como el primer día de su matrimonio, y tienen tres hijos, que con los de Clara, son la alegría, la sonrisa, el sol de aquella morada.
Nanni, de cochero se ha convertido en jardinero, y se ha casado con Giustina.
La vieja Sandra murió con la sonrisa en los labios, viendo asegurada la felicidad y el porvenir de su hijo.
Ni Clara ni Inés desean establecerse en la ciudad, ni aparecer en medio del mundo. Todo su mundo está en aquel chalet, toda su felicidad la encuentran en el amor de los hijos y del marido.
¿Qué irían a hacer en la sociedad, si no a reavivar unos recuerdos dolorosos, que querían sepultar para siempre?
En una espléndida jornada de junio, hacia el atardecer, Alfonso y Guido están bajo un pabellón florido, y leen los periódicos.
Clara trabaja en un gracioso camisito: Inés amamanta a su último hijo, que asegura, como aseguraba de los otros, parecerse todo al retrato de Alfonso.
Otros cuatro pequeñuelos, rubios, rosados, saltan, juegan, se persiguen en el jardín.
Lilia, la mayor, con la gravedad de una madrecita, mantiene a raya al más pequeño, que es también el más diablillo.
De cuando en cuando se oyen las voces de las institutrices.
—¡No corra tanto, señorita Claretta!
—¡No estropee esas flores, señor Alfonsino...!
Luego estallidos de risas suaves, argentinas, se repercuten en el aire.
¡Qué cuadro tan encantador! Y, sin embargo, sobre ese cuadro se extiende en aquel momento una nube.
En el pabellón, mientras Guido está recorriendo un periódico, palidece, y sofoca un grito. Clara se ha dado cuenta y deja caer la labor.
—¿Qué has leído? —pregunta, apoyando su mano sobre el hombro de Guido.
Él no tiene valor para responder, pero le pone delante el periódico.
Entonces Clara lee una noticia que, a su pesar, la turba.
Nara, que creían curada de su locura, había sido presa de un nuevo acceso furioso, y se había arrojado por una ventana al patio del manicomio, destrozándose el cráneo. El periódico, que la decía muerta en el acto, se extendía en narrar con todas sus particularidades el escalofriante episodio.
Así, de aquella mujer que había sido el genio maléfico de Guido, de aquella mujer que él un día había amado y que más tarde había aborrecido, de aquella mujer cuyo recuerdo hacía correr de cuando en cuando un escalofrío por las venas de la condesa Clara, no quedaba más que un cadáver desfigurado.
El último acto del drama se había consumado.
Clara pasó el periódico a su hermano, luego estrechó silenciosamente las manos del conde, mientras una lágrima aparecía en sus ojos, una lágrima de compasión por la desgraciada, que tanto daño le había hecho.
Pero en aquel momento algunos gritos gozosos la sacudieron, y en el pabellón irrumpieron los pequeños, agarrados al largo abrigo del viejo notario, que había llegado en aquel preciso instante.
—¡Aquí está el abuelo... el abuelo! —gritaban.
Así llamaban al viejo, cuyos bolsillos estaban siempre llenos de dulces y juguetes.
A pesar de las súplicas de Clara, el viejo notario no había querido abandonar su despacho.
—Cuando ya no pueda más —había dicho—, vendré a instalarme aquí... y vosotros, hijos míos, me cerraréis los ojos...
Había venido para traer la noticia de la muerte de Nara. Pero, visto el periódico en manos de Alfonso, comprendió que ya lo sabían todo.
—¡Que Dios la perdone! —murmuró el viejo.
—¡Oh, sí! —exclamó Clara juntando las manos—. Ella fue culpable, pero también ha expiado... y Dios tendrá piedad de su alma. Rezaremos por ella.
—Y yo, ¿podré ser perdonado por Dios, como lo fui por ti, por todos? —dijo Guido con acento sofocado, desgarrador.
Clara levantó a su niño, el pequeño Alfonso, que batía gozosamente las manitas, y posándolo sobre las rodillas de Guido, dijo amorosamente:
—¡He aquí el perdón, la bendición, que Dios ha hecho descender sobre tu cabeza!
Una sonrisa de ángel irradió el semblante de Clara y hizo desaparecer, como por encantamiento, la nube que había oscurecido por un instante el sereno de su felicidad.