CAPÍTULO 12
CLEO
No puedo creer que haya dicho que me asociaría con él en un negocio inmobiliario. ¡No, claro que no! Ya estoy metida en un negocio inmobiliario con él —aunque él no lo sabe— y lo único que quiero es salir de esto.
Cleo se reprendió durante todo el trayecto de vuelta al hotel, furiosa por haber cometido el mismo error otra vez. Cada vez que estaba cerca de Adam, parecía olvidar quién era él en realidad. Quién era ella en realidad.
Lo único que había hecho durante toda la reunión era admirarlo.
Sabía que algo le había pasado en el avión que lo había alterado.
Había mirado el móvil como si fuera una serpiente que hubiera encontrado en su bolsillo, y desde entonces había estado inquieto y callado.
Pero se había recompuesto de forma admirable para la reunión, haciendo su presentación con aplomo, riendo y sonriendo con el equipo de Windy City Real Estate como si no pasara nada.
Se le da de maravilla. No sé por qué le preocupa tanto impresionar a su padre, porque cualquiera podría ver lo bueno que es.
El problema era que no quería que Adam fuera bueno. Quería que fuera un desastre. Quería un camino fácil para hundir su empresa. Y cuanto más tiempo pasaba con él, más claro veía que no iba a ser nada fácil.
Y eso sin contar con que ya no estoy segura de cuánto quiero hundirlo.
Su madre tenía que ir primero, por supuesto. Eso siempre sería así. Pero ojalá hubiera alguna manera de salvar la casa y dejar que Adam triunfara...
Claro que, si hiciera eso, él simplemente le haría lo mismo a otra persona.
Mamá y yo no somos las únicas a las que les está pasando esto.
¿Y sus vecinos? Y ya puestos, ¿qué pasa con esos pobres granjeros de los que hablaban en la primera reunión a la que fui?
A esas personas las están perjudicando de verdad, y no me tienen a mí para luchar por ellos.
Cleo sabía que esto iba más allá de su propia familia. Vale Real Estate se estaba aprovechando de personas vulnerables. Había que pararles los pies... aunque hubiera empezado a pensar que Adam podría ser un tipo majo.
Pagó al conductor y entró en el hotel, pero no le apetecía subir a la habitación todavía.
Era ya avanzada la tarde. Apenas podía creer que llevaran todo el día de aquí para allá desde que cogieron el vuelo esa mañana.
Un vodka con tónica le parecía justo lo que necesitaba para relajarse y recuperar el equilibrio.
El bar del hotel estaba en penumbra, con música suave y solo unos pocos clientes. Cleo se sentó y pidió su copa, agradecida de que la camarera fuera mujer y probablemente no intentara darle conversación. No tenía ganas de hablar.
Solo podía pensar en su madre. ¿Qué diría si supiera dónde estaba Cleo en ese momento?
¿Cómo reaccionaría si supiera que su hija se había ido de viaje con el hombre que iba a quitarles la casa?
Eso solo era justificable si Cleo tenía forma de detener lo que Adam estaba haciendo.
En cambio, estaba allí sentada, bebiendo a su costa después de haberlo felicitado por una presentación de ventas brillante y decirle que le encantaría hacer negocios con él. No se lo podía creer.
Mamá se sentiría tan traicionada.
Cleo estaba con su segunda copa cuando oyó la voz de Adam a su espalda.
—Temía que estuvieras enferma —dijo, sentándose en el taburete de al lado—. Un Old Fashioned, por favor —le pidió a la camarera, que asintió y fue a preparar la bebida.
—Estoy bien —le dijo Cleo.
—Saliste disparada de esa sala de reuniones —dijo Adam—. Quería seguirte. Estaba preocupado. Pero... tenía algo que hacer.
—No pasa nada —dijo ella—. Necesitaba un momento a solas, eso es todo. No hay de qué preocuparse.
Él la observó con atención.
—¿Estás bien?
—Estoy bien. Pero... ¿estás tú bien? Has estado raro todo el día —dijo ella—. Y nada más volver al hotel, vienes directo al bar.
—Igual que tú —señaló él.
Ella apartó la mirada.
—Quizá solo quería aprovechar que mi jefe paga las copas.
—En realidad, nunca hablamos de si las copas entraban en tus dietas.
Con gesto desafiante, Cleo le hizo una seña a la camarera para pedir otra ronda, aunque aún no había terminado la copa que tenía delante.
—Solo estaba bromeando —dijo Adam, aunque su voz no sonaba nada divertida—. Por supuesto que las copas corren de mi cuenta.
—Algo pasó después de que me fuera —dijo Cleo—. No me digas que esos hombres ya te han llamado.
Él la miró fijamente.
—¿Y si lo hubieran hecho? ¿Estás diciendo que no crees que vayan a seguir adelante con nosotros?
—No —dijo ella, sorprendida—. La reunión fue muy bien, o eso me pareció. Quiero decir, no tengo mucha experiencia con estas cosas, así que supongo que no sabría, pero creía que estabas de acuerdo en que había ido bien.
Él asintió.
—Estoy de acuerdo —dijo—. Quedé contento con cómo fue.
—¿Pero ahora parece que te preocupa? —Cleo se encogió de hombros. ¿Por qué le estaba haciendo esas preguntas? Por alguna razón, no podía parar.
Quizá sea algo normal. Quizá estoy intentando averiguar qué le pasa para encontrar la manera de usarlo en su contra.
Es posible. Quizá está molesto porque algún plan que tiene entre manos no está saliendo bien...
quizá los granjeros han encontrado la forma de quedarse con su tierra, y está enfadado por eso.
Sintió una punzada de satisfacción. Cualquiera que se enfadara porque gente trabajadora conservara su sustento era sin duda un villano. Tenía razón al ir contra alguien así.
—¿De verdad quieres saberlo? —le preguntó Adam.
—Claro —dijo Cleo.
«Demuéstrame que tengo razón sobre ti».
Él bajó la cabeza.
—La verdad es que... llamé a mi padre.
A Cleo se le cayó el alma a los pies.
—¿Que... qué?
—Me envió un mensaje cuando estábamos en el avión —explicó Adam—. Quería saber de inmediato cómo había ido la reunión.
—Creía que tu padre estaba jubilado —dijo Cleo—. Por eso ahora estás tú al mando de la empresa, ¿no? Entonces, ¿por qué te hace rendirle cuentas a cada paso?
—Está jubilado, sí —dijo Adam con un deje de amargura en la voz—.
Pero eso no significa que esté dispuesto a dar un paso atrás cuando se trata de dirigir este lugar.
Se toma muy en serio esta empresa. Es la obra de su vida, y...
bueno, cuanto más tiempo pasa, más me doy cuenta de que no cree que esté a la altura.
—Pero la llamada debió de ir genial —dijo Cleo—. Hoy lo bordaste.
—Puede que sí —murmuró Adam.
—¿Puede? —Cleo no podía creer lo que estaba oyendo—. Adam, puede que no sea la persona más objetiva del mundo, pero hasta yo sé lo bien que lo hiciste hoy.
Él la miró.
—¿A qué te refieres con que no eres objetiva?
Podría haberse mordido la lengua. ¿En qué había estado pensando al decir algo así?
No podía contarle por qué no era objetiva cuando se trataba de él.
No podía explicarle que una opinión favorable suya debería significar más para él que casi cualquier otra cosa, porque si hasta ella se había dejado convencer por su presentación, esta era irreprochable.
Ni siquiera podía imaginar qué habría encontrado su padre para criticar.
Adam pareció conformarse con no obtener respuesta a su pregunta.
—Cuando llamé a mi padre, sacó a relucir todo tipo de cosas en las que no había pensado —dijo.
—¿Qué tipo de cosas?
—Pues que tal vez nunca tuvieron intención de llamar —dijo Adam—. Que quizá solo lo dijeron por cortesía o algo así. Para salir de la reunión. Y luego volvieron a casa y se rieron de todo el asunto.
—¿Dijo eso? ¿Que tal vez se rieron?
—Bueno, no lo dijo exactamente. Pero seguro que lo estaba pensando —dijo Adam—. Estaba convencido de que yo estaba sobrevalorando el éxito de hoy.
—Vale, pero él no estuvo allí —dijo Cleo—. ¿Cómo va a saber nada? Solo está haciendo suposiciones.
Adam bajó la cabeza.
—¿Qué es lo que te molesta de verdad? —preguntó Cleo en voz baja.
—Soy un fraude —dijo Adam en voz baja.
Se le encogió el corazón. Y de repente, no importaba que las cosas fueran tan raras entre ellos dos. No importaba que estuviera intentando hundirlo, que hubiera llegado allí detestándolo y deseándole lo peor.
Odiaba verlo sufrir así. Odiaba que no fuera capaz de creer en sí mismo.
—¿Por qué dices eso? —le preguntó—. No es verdad, Adam. Se te da genial lo que haces.
Él negó con la cabeza.
—Nunca tuve que ganarme nada de esto —dijo—. Esta empresa me la dieron sin más. Mira, cuando veo a alguien como tú...
—¿Como yo?
—Desde que llegaste, no has parado de demostrar tu valía —dijo Adam—.
No tienes experiencia en el sector inmobiliario, pero te sientas en las reuniones o hablas conmigo fuera de horas y demuestras, constantemente, que mereces estar aquí.
Que tienes talento para esto. Deberías estar en esta industria.
Sé que solo estás aquí porque necesitas conseguir la cobertura del seguro para tu madre, pero deberías quedarte. Eres buena en esto, Cleo.
A Cleo le latía el corazón con fuerza. Nunca había esperado oír algo así de Adam Vale, y no estaba segura de que le gustara. No estaba allí para demostrar lo que valía en el sector inmobiliario, y no sabía qué pensar del hecho de que él la viera de esa manera.
«Tiene una buena opinión de mí».
«Yo tengo una buena opinión de él».
Y era más que eso. Sentada allí en aquel bar de luz tenue, con las rodillas casi rozándose, con el jazz suave llenando la sala...
no parecía que estuviera allí por motivos profesionales.
Quizá porque no lo estaba. Quizá porque nunca lo había estado.
Aquello nunca había sido un trabajo para Cleo. Siempre había sido otra cosa.
Aunque nunca se suponía que fuera por esto.
Sintió un revoloteo en el estómago. El corazón le latía desbocado. Se maldijo a sí misma. ¿Por qué debería importarle que él pensara que valía para ese trabajo? ¿Que la considerara inteligente y digna de admiración? No necesitaba su admiración.
Cleo cogió el vaso y dio un largo trago para tranquilizarse.
—No eres un fraude —dijo, dejando el vaso—. No sé por qué piensas eso de ti mismo, Adam. Tú también eres bueno en esto.
—No lo sé —dijo él—. Tengo este trabajo estupendo dirigiendo una empresa fantástica.
Soy la figura más destacada del sector inmobiliario de Florida.
Pero no me gané nada de eso, ¿verdad? Me lo dio mi padre.
Siempre iba a ser mío, desde el momento en que nací.
Y desde que me hice cargo de la empresa, lo único que he oído es que lo estoy estropeando todo.
Es tan grave que mi padre está pensando en volver del retiro para quitármela.
Siempre tuvo la intención de darme esta empresa, pero ahora que la tengo, lo estoy decepcionando.
Suspiró y bajó la cabeza.
—Quería hacerlo bien. Nunca me di cuenta de cuánto lo deseaba hasta que descubrí que podría estar fracasando.
—No estás fracasando —insistió Cleo.
—Estoy haciendo todo de forma distinta a como lo habría hecho mi padre.
—Tú no eres él. No tienes que hacer las cosas como él las habría hecho —dijo Cleo—.
Tienes derecho a encontrar tu propio camino, Adam.
Tienes derecho a hacer esto tuyo. Puede que tu padre esté decepcionado, pero eso no tiene por qué ser tu medida del éxito.
Creo que la reunión fue muy bien. Y si el equipo de Windy City está contento, ¿no es eso lo que más importa?
¿No es esa la verdadera medida del éxito, y no lo que piensen los demás?
Él la miró.
—Eso es cierto.
—Entonces, espera. Antes de decidir que eres un fracaso... espera a ver qué pasa. Espera a ver si llaman. Creo que lo harán. Y si lo hacen, si esta colaboración sale adelante, demostrará de una vez por todas que tu padre está equivocado contigo.
No podía creer que estuviera diciendo esas cosas. Pero lo que aún la asombraba más era darse cuenta de que las decía en serio.
Había pensado que Adam Vale no era más que un niño rico sin corazón. Pero cuanto más tiempo pasaba con él, más se veía obligada a admitir que eso nunca había sido verdad.
Adam nunca había sido quien ella había pensado. Siempre había sido mejor que eso.
Lo cual la dejaba con una pregunta: ¿qué iba a hacer ahora?