El bebé secreto de mi esposo infiel (Su matrimonio en crisis nº 65) 15 Jo
68%

15 Jo

La gala benéfica anual de la firma es el sábado.

Saltármela parece la opción obvia. Después de la emboscada de Brittany en la oficina, después del intento de secuestro, después de todo, entrar en una sala llena de gente que probablemente ha oído todas las mentiras que los Anderson están difundiendo suena a tortura.

Pero Nick me convence de ir.

—Demuéstrales que no tienes miedo —dice, ajustándose los gemelos frente al espejo—. Demuéstrales que no pueden contigo.

El vestido que Grace eligió es negro y sencillo, elegante de una manera que se siente como una armadura. La tela abraza sin apretar, el escote lo bastante alto para resultar respetable pero cortado para dejar entrever la clavícula. Pintura de guerra, lo llamó Grace cuando me subió la cremallera. Vestido de batalla.

Nick llega a recogerme devastadoramente guapo en esmoquin, y el impulso de saltarme la gala y arrastrarlo directamente al dormitorio es casi abrumador.

—Estás... —se detiene en el umbral, recorriéndome con la mirada de los tacones al pelo—. Pareces a punto de destruir a alguien.

—¿Eso es un cumplido?

—Es el mejor que sé dar.

El salón de baile reluce de champán y dinero. Las arañas de cristal lo bañan todo en luz cálida. Mujeres con vestidos de diseñador desfilan junto a hombres con trajes que cuestan más que el coche de la mayoría. El aire huele a perfume caro y ambición.

Me mantengo cerca de Nick, conozco clientes, acepto felicitaciones por el proyecto Hargrove. Los diseños que nos mantuvieron en vela tantas noches están dando sus frutos, la reputación de la firma se ha disparado, y todo el mundo quiere estrechar la mano de la mujer detrás del ahora famoso atrio.

Durante una hora, casi dos, la velada parece manejable.

Entonces un destello de blanco al otro lado de la sala me revuelve el estómago.

Brittany. Por supuesto que está aquí. Por supuesto que no ha podido mantenerse alejada.

Va de blanco, angelical, inocente, venenoso, una elección tan obviamente calculada que resultaría graciosa si no fuera aterradora. Me observa con esa misma sonrisa depredadora de la oficina, la que dice que está tramando algo.

Me doy la vuelta con la esperanza de evitar otra confrontación. Pero a Brittany no le interesa que la eviten. En cuestión de minutos, se abre paso entre la multitud, un tiburón en el agua, y se planta directamente en mi camino.

—Tienes mucho descaro presentándote aquí —su voz está calculada para que la oigan, lo bastante alta para que los invitados cercanos la escuchen—. Después de lo que me hiciste en la oficina.

—¿Lo que yo te hice? —mantener la voz calmada me cuesta, pero merece la pena—. Tú me agarraste. Amenazaste a mi hijo.

Brittany se acerca, tanto que la multitud no puede oír, y su voz baja hasta algo casi íntimo.

—¿Te gustaron mis notitas, Jo? Todas esas noches comprobando las cerraduras tres veces. Quería que lo sintieras. Que supieras que alguien siempre estaba observando, siempre un paso por detrás de esa preciosa vidita tuya —su sonrisa es veneno—. ¿Y quién crees que les dijo a quienes necesitaban saberlo a qué colegio va? Deberías vigilar más de cerca a ese niño.

El suelo se inclina bajo mis pies. Las notas. La mujer en el colegio. Todo, ella, entretejido en cada noche de insomnio de los últimos dos meses. No los padres de Nick, como él había supuesto. Brittany. Acosándome por diversión mientras los Anderson apuntaban a cosas más grandes.

Entonces se endereza, la máscara pública vuelve a encajar en su sitio, y su voz se eleva de nuevo para la multitud que observa.

—Estaba intentando tener una conversación civilizada, y tú me atacaste.

—Eso no es lo que pasó, y lo sabes.

—¿Ah, sí? —la sonrisa de Brittany se afila. Está actuando para la multitud, caigo en la cuenta poco a poco. Representando para los testigos—. Porque tal como yo lo recuerdo, eres una rompehogares que atrapó a su marido, ocultó a su hijo durante siete años, y ahora intenta seducir a su hermano por dinero.

La gente mira. Los susurros se extienden como fuego en la hierba seca. Los móviles aparecen, sostenidos discretamente pero grabando.

—Eso no es lo que pasó.

—¿No? Entonces, ¿por qué ocultaste al hijo de Matthias durante siete años? —la voz de Brittany se eleva, teatral, asegurándose de que todos a su alrededor capten cada palabra—. ¿Por qué sedujiste a su hermano en cuanto tuviste ocasión? No eres más que una zorra manipuladora que...

El champán me da en la cara antes de que termine la frase.

El líquido frío gotea por mis mejillas, mi barbilla, empapando la parte delantera de mi vestido. Brittany permanece ahí con la copa vacía, triunfante, esperando que me derrumbe. Esperando lágrimas. Histeria. Algo que pueda usar.

Me limpio el champán de los ojos despacio, con calma, y le sostengo la mirada sin pestañear.

—¿Ya te sientes mejor?

La sonrisa de Brittany vacila. Este no era el guion que había ensayado.

—¿Sabes cuál es tu problema, Brittany? —me acerco y bajo la voz lo suficiente para que solo ella pueda oír—. Pensaste que casarte con él te haría feliz. Pensaste que si conseguías lo que yo tenía, todo sería perfecto. Pero no lo es, ¿verdad? Él también te engaña. Él también te miente. Y en lugar de culparlo a él, me culpas a mí.

—Cállate.

—No soy tu enemiga. Nunca lo fui. Pero estás tan desesperada por creer que ganaste algo que no puedes ver la verdad —ladeo la cabeza y la estudio como si fuera un espécimen bajo el cristal—. Él no te quiere. No es capaz de querer. Y en el fondo, lo sabes.

Su mano sube rápido.

La bofetada es floja, más actuación que fuerza, diseñada para provocar, no para hacer daño. Haciéndose la víctima. Convirtiéndome en la agresora.

Decido en una fracción de segundo.

—Me has tirado champán a la cara. Me has abofeteado. Delante de todo un salón de baile lleno de testigos —una sonrisa se extiende por mi cara, genuina, satisfecha—. Gracias por eso.

Mi puño conecta con su nariz.

El impacto es sólido, satisfactorio, y envía una onda de dolor por mi brazo que vale completamente la pena. Brittany grita, se tambalea hacia atrás, se lleva las manos a la cara. La sangre brota de sus fosas nasales, rojo brillante contra el blanco impoluto de su vestido.

La sala queda en silencio.

Nick aparece a mi lado con el rostro deliberadamente impasible, sin delatar nada.

—Brittany. Los de seguridad te esperan para acompañarte a la salida.

—¡Me ha pegado! —chilla Brittany, y su fachada de dama de sociedad se desmorona en algo feo.

La sangre le gotea entre los dedos.

—¡Todos lo han visto! Ella...

—Después de que le tiraras la copa a la cara y la abofetearas —dice Nick con frialdad—. Sí, eso también lo hemos visto todos. Las cámaras de seguridad lo han grabado desde un ángulo perfecto.

Se vuelve hacia los guardias que se acercan.

—Por favor, acompañen a la señora Anderson a la salida. No es bienvenida aquí.

—¡No puedes hacerme esto! Matthias...

—No está aquí —la voz de Nick es puro hielo—. Y aunque estuviera, este es mi evento. Mi empresa. Mi decisión.

Se llevan a Brittany a rastras mientras sigue gritando amenazas y obscenidades; la sangre florece sobre su vestido blanco en una mancha que se extiende.

Las puertas se cierran tras ella y le cortan la voz a mitad del chillido.

Me quedo de pie en medio del salón, empapada de champán, con la mano palpitándome, y me niego en redondo a parecer avergonzada.

Nick se quita la chaqueta.

Me la pone sobre los hombros, cálida y con su olor.

—Vámonos —murmura.

—Pero la gala...

—Que se joda la gala.

Su mano encuentra la mía y me guía hacia la salida, dejando atrás a los invitados que nos miran, los cuchicheos, los móviles que siguen grabando.

Mantengo la cabeza bien alta todo el camino.

El coche nos espera en la acera.

El conductor abre la puerta sin decir nada, profesional como siempre.

El asiento de cuero está fresco contra mi piel empapada de champán.

Y entonces me entra la risa.

Brota de algún lugar profundo, imposible de contener: lo absurdo de todo, el champán, el puñetazo, la sangre en el vestido blanco de Brittany.

—Acabo de pegarle un puñetazo a la mujer de mi ex en una gala benéfica. Delante de un salón lleno de gente.

Nick también se echa a reír.

El sonido le quita años de encima, lo hace parecer más joven, más ligero.

—Has estado magnífica.

—Seguro que me detienen.

—Ha valido la pena.

—Me duele mucho la mano.

—Te pondremos hielo.

La risa se apaga y da paso a algo más profundo.

Me mira con esa expresión, la que me oprime el pecho, la que dice que le importo más de lo que estoy preparada para creer.

—Dios, te quiero —susurra.

—Y yo a ti.

Me besa.

Suave al principio, paladeando el champán que aún tengo en los labios, y luego más fuerte, más profundo.

—Llévame a casa —susurro contra su boca.

Lo hace.