El barro de las tierras raras Capítulo 20 #3
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Capítulo 20 #3

—Podemos reducir el paquete —dijo.

—No.

—Enviar primero los documentos principales.

—Ya está dividido.

—Entonces salte al siguiente.

May negó con la cabeza.

—Si interrumpimos, podemos perder el bloque completo.

La señal regresó.

El archivo continuó.

Setenta.

Ochenta.

Noventa y nueve.

La pantalla permaneció allí durante varios segundos.

Después apareció la confirmación.

May verificó.

—Registros fuera.

El teléfono cifrado vibró.

May lo abrió.

Leyó.

Miró a Pawel.

—Londres confirma fotografías y contratos.

—¿Bob?

—Sí.

Pawel tomó el dispositivo.

El mensaje era breve.

RECIBIDO. COPIA VERIFICADA. CONTINÚEN.

Reconoció el estilo de Bob.

Sin adornos.

Sin preguntas.

Pawel apoyó el teléfono sobre la mesa.

Las pruebas ya no dependían únicamente de él.

Esa certeza produjo alivio.

También una nueva forma de miedo.

La historia había dejado de estar contenida.

Ya no podía regresar a la sombra.

Los paquetes restantes siguieron saliendo.

Facturas.

Certificados.

Notas.

Observaciones.

El último archivo tardó más que todos los anteriores.

La conexión se volvió inestable.

La batería auxiliar descendía.

Ko Aung calculaba el tiempo mirando dos pantallas.

May ajustó la antena.

Pawel permaneció junto a la puerta.

No podía ayudar.

Solo esperar.

La barra llegó al noventa y siete por ciento.

Se detuvo.

Otra vez.

La lluvia había cesado.

A través del techo llegaba el ruido distante de un helicóptero.

Pawel levantó la cabeza.

Ko Aung escuchó.

—No sabemos hacia dónde va.

La barra no avanzaba.

Noventa y siete.

El helicóptero se acercó.

Las paredes vibraron apenas.

Pawel sintió el impulso de cerrar el sistema y marcharse.

Tres puntos.

Faltaban tres puntos.

May sostuvo el cursor sobre el control de emergencia.

No lo activó.

El ruido del helicóptero pasó sobre el edificio.

Después comenzó a alejarse.

La transferencia avanzó.

Noventa y ocho.

Noventa y nueve.

Cien.

May esperó la verificación.

La pantalla mostró una serie de caracteres.

Los comparó con el registro local.

Coincidían.

—Terminó.

Nadie habló.

Ko Aung desconectó la antena.

May cerró la sesión.

El módem se apagó.

La habitación quedó en silencio, salvo por el ventilador y el generador.

Pawel miró los discos.

Todavía estaban allí.

Pero ya no eran el único lugar donde existía la investigación.

Bob tenía las copias.

El Chronicle tenía las copias.

La historia había sobrevivido.

May volvió a encender el teléfono cifrado.

Llegaron varios mensajes.

Uno de Londres.

Otro de un servidor intermedio.

Otro desde Europa continental.

Pawel abrió el primero.

BOB: MATERIAL COMPLETO. RESPALDOS ACTIVOS. NO REGRESES POR RUTA DIRECTA.

El segundo era de Sophie.

RECIBÍ LA PRIMERA PARTE. ESTOY REVISANDO CERTIFICADOS Y FACTURAS.

Pawel respiró lentamente.

Pensó en la oficina de Eindhoven.

En los sistemas de trazabilidad.

En las reuniones.

En los documentos impecables.

Ahora Sophie tendría frente a sí el otro extremo de la cadena.

Las manos.

El ácido.

El barro.

Los cuerpos.

May tomó otro mensaje.

Su expresión cambió.

—Hay movimiento.

—¿Dónde?

—Consultas sobre usted.

—¿De la milicia?

—No solo.

Pawel se acercó.

—¿Qué significa?

May le mostró una nota breve recibida de un contacto regional.

Solicitudes de información.

Nombres de empresas.

Consultas sobre el Chronicle.

Búsquedas relacionadas con intermediarios europeos.

Movimientos vinculados a oficinas comerciales chinas.

Nada concluyente.

Nada directo.

Pero suficiente.

La investigación ya estaba produciendo una respuesta antes de publicarse.

Alguien sabía que las pruebas habían salido.

O sospechaba.

Pawel leyó dos veces.

—¿Zhao?

—No aparece ningún nombre.

—No hace falta.

May guardó el teléfono.

—Debe salir de aquí.

Ko Aung comenzó a destruir borradores.

Papeles de trabajo.

Etiquetas temporales.

Notas que ya habían sido digitalizadas.

No las quemó.

Las introdujo en una trituradora pequeña.

Después mezcló los restos con agua dentro de un recipiente metálico.

La pasta gris desapareció por un desagüe.

May entregó a Pawel una memoria limpia.

—Contiene solo una selección cifrada.

—¿Por qué darme otra copia?

—Porque nadie debe saber cuál es la última.

Pawel la guardó.

Abajo, el tráfico continuaba.

La ciudad no se había detenido durante la transferencia.

Los mercados seguían abiertos.

Los camiones seguían entrando al puerto.

Las agencias comerciales seguían procesando documentos.

El sistema seguía funcionando.

La información también.

Ambos viajaban por redes globales, cruzaban fronteras y dependían de intermediarios.

La diferencia era que las pruebas acababan de escapar al control de quienes podían destruirlas.

Pawel se puso la chaqueta.

May le indicó una salida trasera.

Antes de bajar, Pawel abrió el canal cifrado con Sophie.

Escribió una sola línea.

Mire las fotografías. Después mire las facturas. La historia está entre ambas cosas.

Envió el mensaje.

En Eindhoven, Sophie Vandervelde recibió la notificación mientras tenía abiertos dos archivos en pantallas contiguas.

En la primera aparecía una mano cubierta de lesiones químicas.

En la segunda, una certificación ambiental perfectamente aprobada.