Capítulo 20 #2
Declaraciones.
Cada participante veía una parte.
El minero veía la ladera.
El capataz veía la producción.
La milicia veía el control.
El transportista veía la carga.
El intermediario veía la factura.
El exportador veía el permiso.
El auditor veía el certificado.
El comprador veía un expediente completo.
Nadie necesitaba observar el resultado entero.
El sistema funcionaba porque estaba fragmentado.
May se inclinó sobre una factura.
—¿Esta empresa aparece antes?
—Sí.
Pawel buscó otra copia.
—Aquí.
Los nombres no coincidían exactamente.
Una palabra había cambiado.
El domicilio era distinto.
El número de registro aparecía incompleto.
Pero la cuenta bancaria era la misma.
May comparó ambos documentos.
—Sociedad pantalla.
—O empresa reemplazada.
—¿Puede demostrarlo?
—Todavía no.
Pawel marcó la carpeta.
PENDIENTE DE VERIFICACIÓN.
No todo era publicable.
No todo era prueba.
Algunas piezas seguían siendo hipótesis.
Separarlas resultaba tan importante como conservarlas.
A mediodía, el calor volvió insoportable la habitación.
El ventilador apenas movía el aire.
Ko Aung encendió un equipo de refrigeración portátil que vibró durante varios segundos antes de empezar a expulsar una corriente tibia.
May dejó sobre la mesa recipientes de arroz, verduras y pescado.
Comieron sin detener el trabajo.
Abajo, el tráfico seguía golpeando la ciudad.
Bocinas.
Motores.
Voces.
El sonido metálico de los comercios.
En algún punto cercano, una sirena breve.
Después otra.
May miró el teléfono que mantenía desconectado dentro de una bolsa.
—Hay más controles en el centro.
—¿Por mí?
—No sabemos.
—¿Qué buscan?
—A veces tampoco lo saben ellos.
Ko Aung siguió trabajando.
—Las ciudades absorben gente —dijo en inglés lento—. Trabajadores. Familias. Soldados. Informantes. Todos llegan.
Pawel observó una fotografía tomada desde la furgoneta.
Una mujer con dos niños sentados junto a sacos de ropa.
Habían descendido de un autobús procedente del norte.
Uno de los niños dormía con la cabeza apoyada sobre una caja.
—¿De Kachín? —preguntó.
Ko Aung miró la imagen.
—Puede ser.
—¿Hay muchos?
—Muchos de todas partes.
No añadió nada más.
La respuesta bastaba.
Las regiones mineras expulsaban personas.
La violencia expulsaba personas.
Las deudas expulsaban personas.
Rangún las recibía sin ofrecerles necesariamente un lugar.
La crisis se trasladaba.
Se mezclaba con la economía urbana.
Con los mercados.
Con la construcción.
Con los trabajos informales.
Con los dormitorios improvisados detrás de depósitos comerciales.
Pawel volvió a los documentos.
La historia ya no podía limitarse a minería ilegal.
Había explotación laboral.
Contaminación.
Corrupción.
Comercio internacional.
Certificaciones ambientales.
Compradores occidentales.
Y entre cada uno de esos elementos existía un papel que parecía correcto.
La tarde avanzó.
Los discos terminaron de copiarse.
May preparó los paquetes para transmisión.
Los archivos debían comprimirse.
Cifrarse.
Dividirse.
Verificarse.
Cada bloque recibió una suma de control, cada carpeta una clave, y cada clave viajó por un canal distinto.
Pawel observó el indicador de progreso.
Todavía no estaban conectados.
La instalación satelital se encontraba en otra parte del edificio.
Acceder a ella requería esperar una ventana concreta.
Menos tráfico de datos.
Menor riesgo de detección.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó.
May miró el reloj.
—Dos horas.
—Es demasiado.
—Es lo que tenemos.
—Pueden localizarme antes.
—También pueden localizarnos durante la transferencia.
La respuesta cerró la discusión.
Pawel se levantó.
Caminó por el cuarto.
Sentía el cuerpo rígido por los días de viaje.
Tenía una herida cerrada en el costado.
Los músculos de la espalda le dolían.
Cada vez que permanecía quieto regresaban imágenes de Pangwa.
Los disparos.
Los caminos de arcilla.
La persecución.
La barcaza.
El río oscuro.
El miedo de perder una tarjeta.
Un archivo.
Una nota.
Toda la investigación cabía ahora en varios dispositivos sobre una mesa.
Esa fragilidad lo inquietaba más que las armas.
May terminó de cifrar el primer paquete.
—Londres recibirá una parte antes que el resto.
—Quiero que Bob confirme.
—Confirmará cuando pueda.
—Necesito saber que llegó.
—Lo sabrá.
Pawel miró el teléfono.
No lo encendió.
La tentación de llamar era fuerte.
También estúpida.
Esperó.
Afuera comenzó a llover.
El agua golpeó el techo de chapa.
La humedad aumentó.
El ruido urbano se volvió más pesado.
Los vehículos avanzaban por calles anegadas.
Los ventiladores continuaban girando.
El tiempo parecía detenido dentro del cuarto.
Ko Aung regresó desde el piso superior.
—Listo.
May cerró las computadoras aisladas.
Tomó uno de los discos.
—Subimos.
La instalación de comunicaciones ocupaba un cuarto más pequeño en la azotea.
La entrada estaba oculta detrás de una oficina de almacenamiento.
Había una antena compacta montada sobre una base móvil.
Cables protegidos.
Baterías.
Un módem satelital.
Un equipo de cifrado.
Nada debía permanecer activo más tiempo del necesario.
La lluvia disminuía.
El cielo sobre Rangún era una masa gris.
Desde la azotea se veían techos, torres, antenas, depósitos y una franja del río.
Más allá, las grúas portuarias seguían trabajando.
Contenedores.
Barcazas.
Camiones.
Mercancías entrando y saliendo.
La misma red global que transportaba el mineral ahora iba a transportar las pruebas.
May conectó el sistema.
La antena comenzó a orientarse.
Las luces del módem parpadearon.
Primero rojo.
Después ámbar.
Finalmente verde.
—Tenemos enlace.
Pawel sintió una presión en el pecho.
Ko Aung cerró la puerta.
May introdujo la clave.
La transferencia comenzó.
Uno por ciento.
Dos.
Tres.
El indicador avanzaba con una lentitud desesperante.
El primer paquete contenía las fotografías.
No todas.
Las esenciales.
Las que mostraban las lesiones.
Los piletones.
Las mangueras.
Los trabajadores.
Las matrículas.
Los documentos visibles dentro de oficinas.
El segundo contenía videos.
El tercero, contratos.
El cuarto, registros logísticos.
El quinto, copias de facturas y certificados.
El sexto, notas de campo digitalizadas.
El séptimo, observaciones personales y referencias cruzadas.
Cada uno debía llegar.
Cada uno podía perderse.
A los siete minutos la velocidad cayó.
El indicador se detuvo.
Pawel miró a May.
—¿Qué pasa?
—Interferencia.
—¿Nos detectaron?
—No lo sé.
Ko Aung observó otro monitor.
—Tráfico satelital.
La barra siguió inmóvil.
Treinta y uno por ciento.
Pawel apretó las manos contra el borde de la mesa.
Pensó en todos los lugares donde el material podía desaparecer.
Un control.
Una confiscación.
Un allanamiento.
Un error eléctrico.
Una caída de conexión.
Un disco dañado.
Un funcionario comprado.
Un intermediario asustado.
La información había sobrevivido a Pangwa.
Todavía podía morir en una habitación de Rangún.
La luz verde volvió a parpadear.
La transferencia se reanudó.
Treinta y dos.
Treinta y tres.
Treinta y cuatro.
May no apartaba la vista de la pantalla.
—No toque nada.
Pawel no pensaba hacerlo.
A mitad del primer paquete, el generador del edificio cambió de tono.
Las luces temblaron.
El módem perdió energía durante una fracción de segundo.
La pantalla se oscureció.
Pawel dejó de respirar.
La batería auxiliar entró en funcionamiento.
El sistema regresó.
El indicador permanecía en cincuenta y ocho por ciento.
—¿Se perdió? —preguntó.
May revisó el registro.
—Continúa.
La lluvia volvió a golpear el techo.
Más fuerte.
El sonido cubría cualquier ruido exterior.
Eso podía ayudar.
También podía ocultar pasos.
Pawel miró la puerta.
Ko Aung hizo lo mismo.
Nadie habló.
La transferencia llegó al ochenta por ciento.
Después al noventa.
El primer paquete terminó.
May comprobó la suma de control.
Coincidía.
—Fotografías fuera.
Pawel cerró los ojos un instante.
Solo un instante.
El segundo paquete comenzó.
Los videos eran más pesados.
La velocidad descendió.
El tiempo se estiró.
May recibió una notificación cifrada.
No la abrió.
—¿Londres?
—Todavía no.
El indicador avanzó.
Doce por ciento.
Diecisiete.
Veinticuatro.
Un golpe sonó en el piso inferior.
Ko Aung salió de la habitación.
Pawel lo siguió con la mirada.
May continuó trabajando.
—¿Qué fue eso?
—No detenga la transferencia con preguntas.
Otro golpe.
Después voces.
Pawel reconoció el tono de una discusión, aunque no las palabras.
Se acercó a la puerta.
May lo detuvo.
—Quédese.
—Si vienen por nosotros...
—Si vienen, el archivo debe seguir saliendo.
La frase lo inmovilizó.
La prioridad ya no era escapar.
Era transmitir.
Los videos llegaron al cuarenta por ciento.
Las voces se acercaron.
Después se detuvieron.
Ko Aung regresó.
—Entrega en la planta baja.
May no reaccionó.
Pawel tampoco.
Los tres sabían que podía haber sido verdad.
O una explicación preparada.
El segundo paquete terminó.
Después el tercero.
Contratos.
El cuarto.
Registros.
La conexión volvió a caer.
Esta vez durante casi un minuto.
El módem alternó entre ámbar y rojo.
La barra quedó clavada en sesenta y tres por ciento.
Pawel miró el reloj.
Habían pasado más de noventa minutos.
Cada minuto ampliaba el riesgo.