Capítulo 7 #3
—¿De qué?
—Carreteras. Carga. Controles. Clima. Conductores. Problemas.
—Sea más preciso.
Liang cerró la caja metálica.
—Entre un día y tres.
—La ciudad que mencioné está a menos de—
—Usted no irá directo.
Pawel guardó el papel.
—Necesito una ruta.
—Mañana.
—Ahora.
Liang negó con la cabeza.
—Mañana.
La reunión había terminado.
Pawel salió.
La tarde caía sobre el mercado.
Las luces se encendían debajo de la autopista.
El calor persistía.
Los camiones continuaban llegando.
Trabajadores empujaban carros cargados con cajas de hielo derretido. Un adolescente dormía sentado sobre un saco de cebollas. Dos conductores compartían cigarrillos junto a una rueda desmontada.
La red existía delante de todos.
No como una conspiración.
Como una economía.
Mercancías que debían llegar.
Personas que necesitaban trabajar.
Empresas que buscaban costos menores.
Regulaciones que se cumplían cuando resultaba posible y se rodeaban cuando impedían el movimiento.
Pawel caminó varias calles antes de detenerse.
Entró en una tienda y compró agua, galletas, frutos secos y una linterna.
Pagó en efectivo.
En otro comercio consiguió un mapa impreso de Yunnan.
Era turístico.
Mostraba carreteras principales y ciudades importantes.
No las rutas que necesitaba.
Regresó a una pensión cercana a la terminal secundaria.
No pidió reserva.
Pagó una noche en efectivo.
La mujer detrás del mostrador solicitó el pasaporte.
Pawel lo entregó.
La ausencia total de registros era imposible.
Solo podía reducirlos.
La mujer escaneó el documento con un teléfono.
Le dio una llave física.
La habitación estaba en el tercer piso.
No había ascensor.
El ventilador del techo vibraba.
La ventana daba a un callejón donde varios trabajadores cocinaban sobre una hornalla portátil.
Pawel cerró la puerta.
Revisó la mochila.
Separó el dinero restante.
Guardó una parte dentro de la suela de un zapato.
Otra en el forro de la chaqueta.
El resto quedó en la cartera.
Después abrió el cuaderno.
Escribió todo lo que recordaba de Liang.
Edad aproximada.
Cicatriz.
Oficina.
Ubicación.
Forma de hablar.
Condiciones.
Cantidad pagada.
No anotó la dirección de salida.
La memorizó y quemó el papel dentro del lavabo.
Las cenizas se disolvieron bajo el agua.
Durmió poco.
Cada motor que se detenía en la calle lo despertaba.
A las cuatro y media se levantó.
Se lavó la cara.
Comió una parte de las provisiones.
Dejó la llave sobre el mostrador sin encontrar a nadie en recepción.
La ciudad todavía estaba oscura cuando llegó al punto indicado.
Era un depósito de productos agrícolas detrás de una estación de carga abandonada.
Había siete camiones estacionados.
Dos conductores revisaban neumáticos con linternas.
Otros bebían té junto a un brasero.
Liang apareció desde el interior del galpón.
Vestía la misma ropa del día anterior.
—Llegó temprano.
—Cinco minutos.
—Para algunos es temprano.
Le indicó que lo siguiera.
Atravesaron el depósito.
Había cajas de mangos, sacos de arroz y rollos de plástico apilados hasta el techo.
Trabajadores migrantes cargaban el primer vehículo.
Sus camisetas estaban empapadas.
Uno llevaba sandalias.
Otro tenía una rodillera improvisada con tela.
Ninguno parecía sorprendido por la presencia de Pawel.
Tal vez no sabían quién era.
Tal vez no les importaba.
Liang se detuvo junto a una mesa.
Sobre ella había un mapa de carreteras.
Viejo.
Doblado.
Manchado de grasa.
El intermediario lo abrió.
—Primera parte.
Señaló una línea hacia el sur.
No seguía la autopista principal.
Utilizaba carreteras provinciales, desvíos y tramos secundarios.
—Aquí cambia de vehículo.
Marcó un depósito.
—Después sigue con carga refrigerada.
—¿Hasta dónde?
Liang movió el dedo.
—Aquí.
Otra localidad.
Más al sur.
—¿Y luego?
—Depende de quién esté disponible.
Pawel examinó el mapa.
La ruta evitaba estaciones importantes.
No atravesaba los principales centros ferroviarios.
Rodeaba varias ciudades.
—¿Controles?
—Algunos.
—¿Qué digo?
—Nada.
—Mi visa es legal.
—Entonces muéstrela si se la piden.
—¿La carga tiene documentos?
Liang dobló una parte del mapa.
—Algunas cargas tienen demasiados documentos. Otras, muy pocos.
—¿Qué transportaré?
—Usted no transporta nada.
—Viajaré con algo.
—Eso no significa que deba saberlo.
Pawel señaló una carretera cercana a la frontera.
—¿Por qué evitamos este tramo?
—Cámaras.
—¿Y este?
—Control de peso.
—¿Este otro?
—Policía local.
—Mi documentación está en regla.
Liang levantó la vista.
—No todo gira alrededor de usted.
El intermediario marcó dos puntos más.
—En este lugar no baja del vehículo.
—¿Por qué?
—Porque se lo digo.
—Necesito entender la ruta.
—Necesita llegar.
Pawel memorizó las curvas.
Los nombres.
Las distancias.
—¿Quién organiza el cruce final?
—Nadie habló de cruzar.
—Necesito acercarme.
—Lo acercarán.
—¿Cuánto?
—Lo suficiente para que encuentre otro problema.
Liang comenzó a plegar el mapa.
Pawel apoyó una mano sobre el borde.
—¿Y si algo sale mal?
—Sale del vehículo y se aleja.
—¿Hacia dónde?
—Donde no estén los demás.
—Eso no es un plan.
—Es el único que puedo ofrecerle.
Guardó el mapa dentro de la chaqueta.
Después observó a Pawel con una expresión que ya no era desconfianza.
Era evaluación.
Como si intentara decidir si el periodista comprendía el precio real de lo que había comprado.
—Mientras permanezca en China todavía existen reglas —dijo—. Más adelante ya no estoy tan seguro.
Pawel miró los camiones que esperaban en la penumbra.
Los motores comenzaron a encenderse uno tras otro.