El barro de las tierras raras Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

No existía una terminal central.

Cada depósito funcionaba como un punto de salida.

Las rutas logísticas del sur de China se extendían desde allí mediante cientos de empresas pequeñas, subcontratistas y conductores independientes.

Los grandes corredores aparecían en los mapas.

Las derivaciones reales vivían en conversaciones, favores y números escritos a mano.

Pawel preguntó en cuatro depósitos.

En el primero le ofrecieron espacio para mercancía, no para pasajeros.

En el segundo le exigieron documentación de exportación.

En el tercero nadie quiso hablar con él.

En el cuarto, un administrador de rostro ancho escuchó su historia y pidió ver una orden de compra.

—Todavía no la tengo.

—Entonces no hay negocio.

—Estoy evaluando proveedores.

—¿Para quién?

Pawel repitió el nombre de la empresa europea.

El hombre buscó algo en un ordenador.

Pawel sintió que había cometido un error.

La historia podía resistir una pregunta.

Tal vez dos.

No una verificación detallada.

El administrador leyó la pantalla.

—Fabrican bombas industriales.

—También componentes para separación.

—No veo oficina en China.

—Estoy analizando si conviene abrir una.

El hombre lo observó.

—¿Solo?

—Primera evaluación.

—¿Y quiere ir a la frontera sin reuniones agendadas?

Pawel sostuvo la mirada.

—Los proveedores pequeños no responden correos.

El administrador sonrió apenas.

La respuesta le resultaba creíble.

—Eso es cierto.

Cerró la página.

—Pero yo no llevo extranjeros.

—¿Conoce a alguien que sí?

—Tal vez.

—¿Cuánto cuesta saberlo?

La sonrisa desapareció.

—No compre personas con la primera frase.

Pawel comprendió el error.

Guardó el dinero.

—Disculpe.

El hombre se levantó.

La conversación parecía terminada.

Antes de salir, Pawel observó una fila de trabajadores cargando cajas metálicas en un camión. Las placas habían sido cubiertas con barro seco. Uno de los hombres tenía una venda alrededor de la muñeca. Otro arrastraba la pierna derecha.

—¿Hacia dónde va ese vehículo? —preguntó Pawel.

El administrador siguió su mirada.

—Sur.

—¿Qué transporta?

—Piezas.

—¿Para minería?

El hombre no respondió.

Pawel señaló las cajas.

—Ese código corresponde a bombas resistentes a ácidos.

El administrador volvió a mirarlo.

La observación era correcta.

Pawel había visto el mismo código en una factura vinculada a Yunnan.

—Sabe leer etiquetas —dijo el hombre.

—Es mi trabajo.

—Creí que era consultor.

—También.

La respuesta quedó en el aire.

El administrador regresó a su escritorio.

Escribió un nombre en el reverso de un recibo.

Liang.

Debajo añadió una dirección.

—No diga que lo envié.

Pawel tomó el papel.

—Gracias.

—Y no muestre más dinero del necesario.

Pawel guardó el recibo.

El lugar se encontraba a seis calles.

Era un mercado de alimentos al por mayor construido debajo de una autopista elevada.

La estructura mantenía la zona en sombra permanente. Camiones frigoríficos entraban y salían. Los vendedores transportaban cajas de pescado, carne, frutas y verduras sobre carros eléctricos.

El suelo estaba cubierto de agua sucia.

Olor a hielo derretido.

Sangre.

Aceite.

Combustible.

Pawel buscó el número indicado.

Encontró una oficina estrecha entre un depósito de cebollas y un taller de refrigeración.

La puerta estaba abierta.

Dentro había un escritorio, tres sillas y un ventilador.

Un hombre de unos cuarenta años contaba billetes.

Tenía el cabello muy corto y una cicatriz fina junto a la oreja izquierda.

Pawel golpeó el marco.

—Busco a Liang.

El hombre siguió contando.

—¿Quién pregunta?

—Un comprador.

—Entonces compre algo.

Pawel entró.

—Necesito transporte.

—Hay una estación.

—No busco autobús.

Liang terminó de ordenar el dinero.

Lo guardó dentro de una caja metálica.

—¿Quién le dio mi nombre?

—Un comerciante.

—¿Cuál?

—No lo dijo.

El hombre levantó la vista.

—Entonces no existe.

Pawel dejó el recibo doblado sobre el escritorio.

Liang lo abrió.

Reconoció la letra.

No comentó nada.

—¿Adónde?

Pawel mencionó una ciudad del sur de Yunnan, todavía alejada de la frontera.

No reveló el destino final.

—Hay tren —dijo Liang.

—No quiero tren.

—Hay autobús.

—Tampoco.

—Entonces quiere problemas.

—Quiero visitar proveedores fuera de las rutas habituales.

—¿Qué proveedores?

—Equipos de procesamiento.

—¿Minería?

—Química industrial.

Liang se reclinó.

—¿Policía?

—Periodista.

La sinceridad salió antes de que Pawel decidiera utilizarla.

El intermediario quedó inmóvil.

El ruido del mercado entraba por la puerta.

Motores.

Gritos.

Cajas arrastradas.

—Eso es peor —dijo Liang.

—No estoy investigando transporte.

—Todos dicen que investigan otra cosa.

—Busco proveedores y laboratorios.

—Entonces use su acreditación.

—No puedo.

—¿Por qué?

Pawel guardó silencio.

La respuesta completa habría destruido cualquier posibilidad de acuerdo.

Una mentira débil haría lo mismo.

—Porque algunas personas ya saben qué preguntas estoy haciendo.

Liang lo observó durante varios segundos.

—¿Y cree que subir a un camión cambia eso?

—Cambia el registro.

—No cambia su cara.

—Lo sé.

—No cambia su pasaporte.

—Tampoco.

—No cambia que es extranjero.

—No intento convertirme en otra persona.

Liang golpeó suavemente el escritorio con un dedo.

—Entonces explique qué quiere.

Pawel abrió la mochila.

Sacó una copia de una factura sin nombres visibles.

Mostró solo la sección donde aparecían códigos de bombas, mangueras y reactivos.

—Esta mercancía siguió una ruta hacia el sur. Necesito saber hasta dónde.

Liang no tocó el papel.

—¿Qué significa el código?

—Equipos resistentes a soluciones ácidas.

—¿Para qué?

—Procesamiento de minerales.

—Eso existe en muchas fábricas.

—Sí.

—Entonces no tiene nada.

—Tengo más.

—No quiero verlo.

Pawel guardó la hoja.

La reacción era información.

El hombre reconocía el tipo de carga o, al menos, el riesgo asociado.

—Necesito llegar a la región fronteriza —dijo Pawel.

—¿Qué lado?

—Primero el chino.

—¿Y después?

—Depende de lo que encuentre.

Liang soltó una risa breve.

—No sabe adónde va.

—Sé qué busco.

—No es lo mismo.

El intermediario se levantó.

Cerró la puerta.

El ruido del mercado disminuyó.

—¿Tiene permiso para trabajar fuera de Kunming?

—Mi visa es válida.

—No pregunté eso.

—No tengo permisos especiales.

—¿Contactos locales?

—Ninguno confirmado.

—¿Habla chino?

—No.

—¿Conoce las carreteras?

—No.

—¿Sabe qué controles hay?

—No.

Liang regresó a la silla.

—Entonces no busca transporte. Busca a alguien que asuma su riesgo.

—Pagaré por eso.

—El dinero no borra su nombre de una lista.

—Pero compensa el trabajo.

—No si me detienen.

Pawel no respondió.

El hombre tenía razón.

El traslado no consistía en comprar un asiento.

Implicaba incorporar a un extranjero visible dentro de una red acostumbrada a sobrevivir reduciendo la atención.

—¿Cuánto? —preguntó Pawel.

Liang mencionó una cifra.

Era casi todo el efectivo que había llevado.

—Es demasiado.

—Entonces use el tren.

—Pagaré la mitad.

—No.

—Dos tercios.

—No.

—La suma completa al llegar.

Liang sonrió.

—No entiende este mercado.

—Explíquelo.

—Usted paga antes.

—Necesito garantías.

—Yo también.

—¿Qué garantía tengo de que no desaparecerá?

—Ninguna.

—Eso no es una negociación.

—Es exactamente una negociación.

Pawel observó la oficina.

No había documentos, contratos, ni recibos.

Solo una caja metálica, un teléfono básico y un cuaderno con nombres escritos en columnas.

El mercado paralelo de servicios funcionaba sin las protecciones que él había utilizado toda su vida.

Ningún medio respaldaría el pago, ningún seguro cubriría el trayecto y ninguna embajada conocería la ruta.

Cada paso fuera de los canales oficiales eliminaba un registro.

También eliminaba una defensa.

—Puedo pagar setenta por ciento ahora —dijo Pawel—. El resto cuando lleguemos al primer punto.

—Ochenta.

—Setenta y cinco.

Liang lo estudió.

—¿Cuánto equipaje?

—Una mochila.

—¿Cámara?

Pawel dudó.

—Sí.

—No fotografía conductores.

—De acuerdo.

—No fotografía placas.

—De acuerdo.

—No pregunta qué transportan los vehículos.

Pawel sostuvo su mirada.

—Eso será más difícil.

Liang negó con la cabeza.

—Entonces no hay trato.

—No investigaré su red.

—Usted investiga todo.

—Solo lo relacionado con mi trabajo.

—Para un periodista todo termina relacionado.

La frase no tenía ironía.

Era una advertencia práctica.

Pawel sacó los billetes.

Los colocó sobre el escritorio.

No todos.

La suma acordada.

Liang no los tocó.

—Necesito saber quién es usted.

—Ya se lo dije.

—Eso es profesión.

—Pawel Volkov.

—Pasaporte.

Pawel permaneció quieto.

Mostrarlo implicaba entregar exactamente el dato que intentaba mantener fuera de la ruta.

—No.

Liang señaló el dinero.

—Entonces lléveselo.

—Puede ver mi acreditación.

—Puede ser falsa.

—El pasaporte también.

—Pero una falsificación buena cuesta más.

Pawel extrajo el documento.

Lo mantuvo en la mano.

Liang lo tomó.

Leyó el nombre.

La nacionalidad.

La visa de periodista.

La fecha de entrada.

No lo fotografió.

No copió el número.

Se limitó a observarlo durante unos segundos y lo devolvió.

—Hotel.

Pawel mencionó otro alojamiento.

Uno pequeño donde había estado solo unas horas el día anterior.

—Teléfono.

—No tengo número local.

—Contacto de emergencia.

—No.

Liang frunció el ceño.

—¿Nadie sabe dónde está?

—Saben que estoy en Kunming.

—Eso no fue lo que pregunté.

Pawel guardó el pasaporte.

—Nadie conoce este lugar.

El intermediario miró el dinero.

Finalmente lo contó.

—Saldrá mañana.

—Necesito salir hoy.

—No.

—¿Por qué?

—Porque hoy pregunta demasiado.

—¿Y mañana?

—Mañana ya habrá pagado.

Guardó los billetes en la caja.

Pawel sintió el peso de la decisión.

El dinero representaba semanas de trabajo.

Una parte pertenecía a sus ahorros personales.

El medio no había autorizado aquella ruta.

Si perdía la suma, no podría justificarla mediante una factura.

Si desaparecía, nadie sabría por dónde empezar a buscar.

—¿Dónde nos encontramos?

Liang abrió el cuaderno.

Arrancó una esquina de una página.

Escribió una hora y una dirección.

—Cinco cuarenta.

—¿De la mañana?

—Los camiones no esperan periodistas.

—¿Qué vehículo?

—Lo sabrá allí.

—¿Quién conduce?

—No necesita saberlo.

—¿Cuánto dura el viaje?

—Depende.