El barro de las tierras raras Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

Una publicación sobre controles de calidad en óxidos de tierras raras.

La fotografía coincidía.

Doctor Chen Sicheng.

Especialista en análisis químico.

Consultor industrial.

A partir de 2023, la información desaparecía.

No había publicaciones, cargos, ni perfil profesional actualizado.

Llamó a la institución donde Chen había trabajado.

Una secretaria respondió.

—Busco al doctor Chen Sicheng.

—Ya no trabaja aquí.

—¿Desde cuándo?

—No tengo esa información.

Puede decirme cómo contactarlo?

—No.

—Soy periodista.

La mujer guardó silencio.

—¿Se encuentra bien?

—No conozco a esa persona.

La frase contradijo la respuesta anterior.

La llamada terminó.

Pawel volvió a marcar.

Nadie atendió.

Buscó el número de un antiguo colega citado junto a Chen en una publicación académica.

El hombre respondió.

Pawel se identificó.

Mencionó el nombre del químico.

La respiración al otro lado cambió.

—Se ha equivocado.

—Publicaron juntos.

—No recuerdo.

—Fue hace tres años.

—No puedo ayudarlo.

—¿Sabe dónde está?

El hombre cortó.

Pawel permaneció con el teléfono en la mano.

La desaparición ya no era solo una falta de respuesta.

Chen había sido borrado de las conversaciones.

Las personas admitían conocerlo y un segundo después lo negaban.

Su rastro profesional terminaba de forma abrupta.

El mercado había cambiado durante la noche.

El acceso al sótano estaba bloqueado.

Nada de aquello demostraba que hubiera sido detenido.

Podía haberse escondido, haber huido, o haber preparado la retirada antes de la reunión.

Pero su ausencia confirmaba que la información no era una especulación académica.

Alguien consideraba sensibles aquellos registros de laboratorio.

Aquellos controles de calidad.

Aquellos lotes industriales.

Aquella posibilidad de rastrear el origen real de un mineral a través de su composición.

Pawel miró la hora.

Debía abandonar la habitación.

Regresó al hotel antes del anochecer.

La recepción estaba tranquila.

El empleado de la mañana lo reconoció.

—Señor Volkov.

—Necesito recoger mis cosas.

—La habitación sigue disponible hasta las ocho.

—Me dijeron que debía salir a las doce.

El hombre consultó la pantalla.

—La reserva fue extendida.

Pawel lo observó.

—¿Por quién?

—El sistema no lo indica.

—¿Hasta cuándo?

—Tres noches.

Exactamente la extensión original.

—¿La tarifa es la misma?

—Sí.

—¿Mi tarjeta fue aceptada?

—El pago ya está autorizado.

Pawel había recibido dos rechazos esa mañana.

—¿A qué hora?

El empleado revisó el registro.

—A las dieciséis cuarenta y dos.

En ese momento Pawel estaba en el café, con el teléfono apagado.

—¿Quién realizó la operación?

—No aparece.

El recepcionista parecía cada vez más incómodo.

—¿Existe algún problema?

Pawel guardó el pasaporte.

—No.

Todo volvía a estar en orden.

La reserva.

El pago.

La habitación.

La normalidad resultaba más inquietante que la anomalía.

Subió en el ascensor.

La cámara del techo reflejó su imagen en una pequeña cúpula negra.

Entró en el pasillo.

No había nadie.

Pasó la tarjeta.

La luz cambió a verde.

Abrió.

La habitación estaba limpia.

La cama hecha.

Las toallas reemplazadas.

El escritorio ordenado.

Su maleta permanecía cerrada.

La mochila estaba donde la había dejado.

Nada parecía fuera de lugar.

Pawel cerró la puerta.

No encendió las luces.

Permaneció escuchando.

Aire acondicionado.

Tráfico distante.

Una tubería.

Nada más.

Revisó la cerradura.

No mostraba marcas.

Abrió la maleta.

La ropa seguía doblada.

Contó los sobres.

Revisó el doble fondo.

Ningún documento faltaba.

El ordenador estaba apagado.

La cinta mínima que había colocado sobre el borde de la tapa seguía intacta.

El cargador permanecía conectado.

La habitación había sido atendida por personal de limpieza.

Eso explicaba el orden.

No había solicitado que evitaran entrar.

Cualquier objeto podía haber sido movido durante el servicio.

Pawel recorrió el espacio lentamente.

Baño.

Armario.

Mesa de noche.

Ventana.

Todo normal.

Entonces miró el escritorio.

Junto al ordenador había dejado un pequeño compás metálico.

Lo utilizaba para medir distancias sobre mapas impresos.

Antes de salir, había colocado una de sus patas alineada con una marca casi invisible en la madera.

Era una costumbre antigua.

Una comprobación sencilla.

Nada sofisticado.

Ahora el compás estaba cerrado.

Y se encontraba unos centímetros más cerca del borde.

Pawel no lo tocó.

Observó la habitación.

La cama perfecta.

Las cortinas rectas.

Las superficies limpias.

Nada había sido robado.

Nada parecía alterado.

Podía haberlo movido una empleada al limpiar, haberlo desplazado él mismo, o tratarse de una coincidencia.

No constituía una prueba.

Pero alguien acostumbrado a observar detalles sabía reconocer cuándo un objeto había sido movido con demasiado cuidado.

La reserva había sido cancelada y restaurada.

Los pagos habían fallado y después aparecían autorizados.

Los servicios se cerraban y volvían a abrirse.

La ciudad no necesitaba detenerlo.

Solo recordarle que cada puerta podía depender de una pantalla.

Pawel siguió mirando el compás.

Alguien había entrado.

Sabía quién era.

Y quería que él lo supiera.