Capítulo 6 #2
—¿La próxima semana?
—Tampoco.
—¿Hay algún problema con mi trabajo?
—No.
—Entonces dígame qué ocurre.
El traductor respiró.
Pawel escuchó ruido de tráfico al otro lado.
—No puedo ayudarlo.
—¿Alguien habló con usted?
La llamada se cortó.
Pawel volvió a marcar.
El número ya no estaba disponible.
Cuarto incidente.
10:22.
Abrió el tercer mensaje.
Era una notificación del hotel.
Recordatorio de salida.
Nada más.
Pawel intentó contactar a Chen.
El canal cifrado seguía sin funcionar.
Probó una dirección de correo electrónico que había obtenido meses atrás.
El mensaje regresó de inmediato.
Cuenta inexistente.
Chen podía haberla eliminado.
La dirección podía ser antigua.
El servidor podía estar bloqueado.
Todo seguía admitiendo una explicación inocente.
Pawel observó la pantalla del teléfono.
En la mesa vecina, dos estudiantes pagaban una compra mediante códigos QR.
Un hombre recibía paquetes en una terminal automatizada.
Una mujer desbloqueaba una bicicleta desde una aplicación.
Las pantallas conectaban cada gesto.
Compra.
Movimiento.
Reserva.
Conversación.
Ubicación.
Identidad.
La vida cotidiana fluía a través de dispositivos que registraban mucho más de lo que mostraban.
Pawel retiró la batería externa.
Desactivó el acceso a redes inalámbricas.
Apagó el Bluetooth.
Revisó permisos de aplicaciones.
Varias conservaban acceso a la ubicación.
Otras registraban actividad en segundo plano.
No encontró nada anormal.
Eso tampoco significaba demasiado.
El rastreo de dispositivos no requería necesariamente una intrusión visible. Las antenas de telecomunicaciones identificaban equipos. Las redes inalámbricas almacenaban conexiones. Las aplicaciones acumulaban horarios, pagos y recorridos.
Una persona moderna dejaba rastros incluso cuando intentaba no hacerlo.
Registros migratorios.
Reservas hoteleras.
Movimientos financieros.
Billetes de tren.
Comunicaciones electrónicas.
Cada acción formaba una línea.
Cruzar suficientes líneas permitía reconstruir una vida.
Pawel apagó el teléfono nuevamente.
Sacó el cuaderno.
Anotó los nombres de las empresas que había encontrado en Róterdam.
Debajo trazó conexiones.
Exportador.
Refinería.
Laboratorio.
Intermediario.
Puerto.
Comprador europeo.
Necesitaba confirmar la relación entre los códigos de lote y las rutas industriales.
Sin Chen, la hipótesis quedaba incompleta.
Pagó otro té en efectivo.
La camarera ya tenía preparado el cambio.
Al salir notó a un hombre con chaqueta azul junto a la entrada.
Miraba un teléfono.
Nada particular.
Pawel caminó hacia el norte.
Dos calles después se detuvo frente a una tienda de electrónica.
El hombre de chaqueta azul pasó a su lado sin levantar la vista.
Continuó.
Pawel esperó.
No regresó.
Podía ser cualquiera.
Entró en la tienda.
Compró una libreta, sobres pequeños y un teléfono básico de segunda mano.
El vendedor pidió identificación para activar la tarjeta.
—Solo necesito el aparato.
—Sin tarjeta no funciona.
—Lo usaré después.
El hombre se encogió de hombros.
Pawel pagó en efectivo.
El vendedor volvió a mirar el billete con la misma expresión de sorpresa que la camarera.
La ciudad estaba preparada para transacciones instantáneas.
El efectivo parecía una anomalía.
Salió.
Se dirigió hacia el mercado de la noche anterior.
No siguió la ruta más directa.
Cambió dos veces de autobús.
Bajó antes de destino.
Caminó por calles secundarias.
El mercado estaba abierto, aunque a esa hora funcionaba con menos actividad.
Los vendedores acomodaban cajas.
Barrían agua sucia.
Descargaban mercancías.
El local de repuestos para motocicletas tenía la persiana levantada.
El anciano del día anterior no estaba.
Un hombre más joven ordenaba herramientas detrás del mostrador.
Pawel entró.
—Busco al propietario.
—No está.
—Estuve aquí anoche.
El hombre continuó trabajando.
—Está equivocado.
—Hablé con un hombre mayor.
—No conozco a nadie.
Pawel miró hacia la puerta trasera.
Una estantería ocupaba ahora el lugar donde había visto el acceso al corredor.
—Necesito encontrar al doctor Chen.
El vendedor dejó la herramienta sobre el mostrador.
Su expresión se endureció.
—No conozco a esa persona.
—Estuvo aquí.
—Debe irse.
—Solo quiero saber si está bien.
El hombre levantó la vista hacia una cámara instalada en la esquina del local.
Pawel siguió el movimiento.
La cámara parecía antigua.
Tal vez pertenecía al comercio.
Tal vez no.
—Váyase —repitió el vendedor.
Pawel salió.
Cruzó el mercado.
Preguntó en dos puestos cercanos.
Nadie reconoció el nombre de Chen.
Una mujer dijo que el local de repuestos llevaba meses cerrado por las noches.
Otro vendedor aseguró que allí nunca trabajaba ningún anciano.
Las respuestas se contradecían.
O alguien mentía.
O nadie quería recordar.
Pawel rodeó el edificio.
Encontró la salida secundaria por la que Chen lo había conducido.
La puerta estaba cerrada con una cadena.
El candado parecía nuevo.
Tomó una fotografía con la cámara pequeña.
Cuando se guardó el aparato observó a dos hombres al otro lado de la calle.
Vestían ropa común.
Uno hablaba por teléfono.
El otro miraba hacia el mercado.
Pawel continuó caminando.
No aceleró.
Entró en una tienda de alimentos.
Compró una botella de agua.
Desde el interior observó el reflejo de la calle.
Los dos hombres se separaron.
Uno avanzó hacia la esquina.
El otro desapareció entre los puestos.
No podía demostrar que fueran agentes.
Ni siquiera podía asegurar que lo hubieran visto.
La vigilancia percibida tenía esa ventaja.
Obligaba al observado a completar los vacíos.
Pawel salió por otra puerta.
Caminó durante media hora.
Entró en una estación de metro.
Compró un billete sencillo utilizando efectivo.
La máquina exigió varias confirmaciones.
Al llegar al acceso, una cámara capturó su rostro.
La puerta se abrió.
A diferencia del tren de larga distancia, el sistema no pidió pasaporte.
Pero la imagen quedó registrada.
El dispositivo también.
La hora.
La estación.
La ruta probable.
Se sentó dentro del vagón.
A su alrededor, casi todos miraban pantallas.
Mensajes.
Vídeos.
Compras.
Noticias.
Conversaciones.
El silencio no era ausencia de comunicación.
Era comunicación desplazada hacia dispositivos.
Pawel observó su reflejo en la ventana.
La multitud lo rodeaba.
Nadie le prestaba atención.
Aun así, se sentía más visible que nunca.
En otro sector de Kunming, Zhao Kang recibió una actualización en una terminal segura.
No había alarmas.
No había órdenes urgentes.
Solo datos.
El periodista polaco había intentado adquirir un billete ferroviario hacia un nodo industrial.
Su reserva hotelera había cambiado.
Dos contactos locales habían cancelado reuniones.
El dispositivo registrado a su nombre había recorrido varias estaciones.
Había permanecido cerca del mercado periférico durante treinta y siete minutos.
Zhao leyó el informe completo.
No mostraba satisfacción.
Tampoco preocupación.
Su función consistía en evaluar riesgos para intereses estratégicos.
No perseguía periodistas por curiosidad.
No intervenía por incomodidad.
Buscaba patrones.
Volkov había ingresado con una visa válida.
Había declarado una investigación económica.
Sus movimientos empezaban a coincidir con instalaciones, empresas y personas vinculadas a materiales estratégicos.
Eso merecía atención.
Zhao abrió otra ficha.
Doctor Chen Sicheng.
Antiguo especialista en control de calidad.
Experiencia en refinación.
Acceso previo a registros industriales.
Residencia no confirmada.
Actividad reciente irregular.
Dos nombres.
Dos trayectorias.
Un punto de contacto probable.
Zhao cruzó los datos.
El sistema produjo una coincidencia temporal con el mercado.
No era prueba de una reunión.
Solo una proximidad.
Zhao envió una solicitud de verificación.
Nada más.
No ordenó una detención ni pidió un interrogatorio.
Todavía no necesitaba hacerlo.
La evaluación seguía abierta.
Pawel regresó al centro durante la tarde.
Entró en una biblioteca pública.
Buscó terminales sin registro personal.
Todas exigían identificación o autenticación mediante aplicación.
Salió.
Probó en un cibercafé.
El empleado pidió pasaporte.
—Es obligatorio.
—Solo necesito veinte minutos.
—Pasaporte.
Pawel se marchó.
Entró en otro café.
La red inalámbrica requería un número local.
En un tercero, la conexión funcionó durante cuatro minutos y después se interrumpió solo en su ordenador.
Los demás clientes continuaron navegando.
Reinició el equipo.
La red reapareció.
Intentó abrir una base de datos empresarial.
La página no cargó.
Probó con un periódico internacional.
Funcionó.
Volvió a la base.
Error.
Cerró el ordenador.
Quinto incidente.
15:18.
La sucesión comenzaba a formar un patrón.
Todavía no una prueba.
Una reserva podía cancelarse.
Un servicio podía fallar.
Un traductor podía arrepentirse.
Un número podía quedar fuera de servicio.
Un sitio podía bloquearse por razones técnicas.
La racionalidad exigía mantener abiertas todas esas posibilidades.
La experiencia exigía reconocer la acumulación.
Sacó el cuaderno.
Escribió una nueva lista.
No utilizar correo para fuentes.
No guardar nombres en el teléfono.
No transportar todos los documentos juntos.
No reservar rutas sensibles desde cuentas personales.
No depender de pagos electrónicos.
No conectar la cámara.
No repetir trayectos.
Observó la lista.
Parecía el manual de trabajo de otra época.
Papel.
Efectivo.
Mapas impresos.
Puntos de encuentro.
Mensajes indirectos.
La investigación moderna dependía de herramientas capaces de acelerar cualquier búsqueda.
En aquel entorno, las mismas herramientas podía revelar cada paso antes de que la búsqueda comenzara.
Durante el resto de la tarde intentó localizar referencias públicas de Chen.
Encontró artículos técnicos antiguos.
Ponencias.
Un registro universitario.