El barro de las tierras raras Capítulo 5
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Capítulo 5

La confesión del químico

Pawel llegó al mercado poco antes de las nueve de la noche.

Había pasado gran parte del día verificando la dirección recibida la noche anterior.

La había revisado varias veces.

Primero en el teléfono.

Después en un mapa descargado para trabajar sin conexión.

Más tarde caminando por la zona durante la tarde para familiarizarse con el entorno.

La dirección existía.

Pero resultaba extraña.

No aparecía asociada a ninguna empresa.

No figuraba en registros comerciales visibles.

No había carteles, oficinas, ni nada que justificara una reunión con alguien que, según la breve descripción recibida, había trabajado durante años en laboratorios vinculados a la industria de tierras raras.

Aquello ya era una respuesta en sí misma.

Si el Dr. Chen Sicheng deseaba permanecer oculto, había elegido bien.

El lugar se encontraba en un barrio periférico de Kunming.

Lejos de las avenidas modernas.

Lejos de los edificios de cristal.

Lejos de las zonas donde se movían empresarios extranjeros.

A medida que el autobús urbano se alejaba del centro, la ciudad parecía transformarse.

Los edificios nuevos daban paso a construcciones más antiguas.

Las fachadas mostraban manchas de humedad.

Las veredas eran irregulares.

Los carteles luminosos disminuían.

Al descender del vehículo, Pawel permaneció inmóvil unos segundos observando el entorno.

La noche estaba húmeda.

Una fina neblina atrapaba parte de la iluminación de los neones.

El aire transportaba olores mezclados.

Aceite usado.

Carbón.

Comida frita.

Verduras recién descargadas.

Metal caliente.

Algunas motocicletas circulaban lentamente entre los peatones.

Los vendedores seguían trabajando.

Los compradores continuaban negociando precios.

La actividad no era frenética.

Pero tampoco parecía cercana al cierre.

Pawel comenzó a caminar.

Sin prisa.

Observando.

Registrando mentalmente detalles.

Años de periodismo de investigación le habían enseñado que los encuentros delicados empezaban mucho antes de la conversación.

Las rutas de acceso importaban.

Las posibles salidas importaban.

Las personas que permanecían demasiado tiempo en el mismo lugar importaban.

Nada de eso garantizaba seguridad.

Pero permitía detectar anomalías.

Mientras avanzaba, recordó la llamada recibida por Bob Hayes aquella mañana.

Su editor había escuchado con atención el resumen del encuentro previsto.

No había intentado impedirlo.

Tampoco parecía cómodo.

—Si el hombre realmente sabe algo, escucha todo lo que tenga para decir.

—Eso pienso hacer.

—Y si te parece paranoico...

Bob había hecho una pausa.

—¿Sí?

—No asumas que está paranoico.

La conversación había terminado ahí.

Ahora, caminando entre puestos improvisados y luces desgastadas, Pawel comprendía mejor aquella advertencia.

Desde que había aterrizado en Kunming experimentaba una sensación difícil de definir.

Nada concreto.

Nada verificable.

Nunca había sorprendido a alguien siguiéndolo.

Nunca había detectado vigilancia directa.

Percibía una presión constante.

Como si cada movimiento dejara algún tipo de registro invisible.

Como si la ciudad observara incluso cuando nadie parecía mirar.

Se detuvo frente a un puesto de comida.

Un hombre preparaba fideos sobre una superficie metálica ennegrecida por años de uso.

El vapor ascendía hacia la calle.

Pawel pidió una botella de agua señalándola con la mano.

El vendedor respondió con una breve frase en mandarín.

Pawel negó con una sonrisa.

El hombre comprendió inmediatamente.

Le mostró el precio en una calculadora.

Intercambiaron dinero.

Nada más.

Aquello resumía bastante bien sus limitaciones.

Fuera de hoteles, aeropuertos y oficinas internacionales, la comunicación se volvía lenta.

Dependía de gestos.

Traductores automáticos.

Palabras aisladas.

Paciencia.

A veces suerte.

Miró la hora.

Faltaban diez minutos.

Continuó caminando.

La referencia indicada en el mensaje resultó fácil de localizar.

Una tienda de repuestos para motocicletas.

Un callejón lateral.

Una puerta gris.

Nada llamativo.

Nada memorable.

Justamente el tipo de lugar que desaparecía de la memoria pocos minutos después de abandonarlo.

Pawel observó discretamente ambos extremos de la calle.

Un repartidor cargaba cajas en una furgoneta.

Dos hombres fumaban junto a una motocicleta.

Una mujer acomodaba verduras en cajones de plástico.

Nadie parecía interesado en él.

Aun así permaneció un minuto observando.

Después entró.

El interior olía a caucho.

Aceite.

Polvo.

Las estanterías estaban repletas de repuestos.

Neumáticos.

Herramientas.

Piezas metálicas.

Cajas apiladas hasta el techo.

Detrás del mostrador un anciano fumaba lentamente mientras miraba una pantalla pequeña.

Levantó la vista cuando Pawel se acercó.

El periodista utilizó la frase acordada.

No era una contraseña cinematográfica.

Solo una referencia banal a un supuesto pedido.

El anciano no mostró sorpresa.

Ni interés.

Apagó el cigarrillo.

Miró un reloj colgado en la pared.

Después señaló una puerta ubicada detrás de varias estanterías.

—Cinco minutos.

Nada más.

Pawel asintió.

Esperó.

El anciano regresó a su pantalla.

El tiempo avanzó con lentitud.

Desde la calle llegaban sonidos amortiguados.

Motores.

Conversaciones.

Persianas metálicas.

El periodista aprovechó para observar el local.

Había algo deliberadamente ordinario en aquel lugar.

Como si hubiera sido diseñado para no llamar la atención.

Cinco minutos después apareció un hombre desde la parte posterior.

Tendría poco más de cincuenta años.

Complexión delgada.

Cabello oscuro salpicado de canas.

Anteojos sencillos.

Ropa común.

Nada permitía identificarlo como científico, asociarlo con laboratorios, ni imaginar que alguien pudiera viajar miles de kilómetros para reunirse con él.

Sus ojos contaban otra historia.

No permanecían quietos.

Puerta.

Ventana.

Calle.

Salida posterior.

Techo.

Puerta otra vez.

Un patrón repetido.

Instintivo.

El comportamiento de alguien acostumbrado a evaluar riesgos.

—¿Señor Volkov?

La pronunciación era correcta.

Pero el acento revelaba esfuerzo.

Pawel asintió.

—Doctor Chen.

El hombre tardó un instante en responder.

—Sí.

No hubo saludo, presentación ni cortesía.

Chen abrió la puerta posterior.

—Venga.

Atravesaron un corredor estrecho.

Luego un depósito abarrotado de cajas.

Más adelante una escalera de hormigón descendía hacia el subsuelo.

El aire se volvió más frío.

Y más denso.

Al llegar abajo, Pawel comprendió que el sótano ocupaba el espacio situado bajo varios locales comerciales.

El techo era bajo.

Las paredes mostraban humedad.

Un ventilador antiguo giraba lentamente en una esquina.

La iluminación provenía de lámparas pequeñas protegidas por pantallas metálicas.

El humo de cigarrillo impregnaba todo.

Había dos mesas metálicas.

Varias sillas.

Archivadores.

Cajas.

Computadoras antiguas.

Impresoras.

Montones de carpetas.

Nada parecía conectado a internet, moderno, ni casual.

Chen cerró la puerta.

Permaneció inmóvil.

Escuchando.

Esperó varios segundos.

Solo entonces tomó asiento.

—¿Lo siguieron?

—No que yo haya visto.

—Eso no significa nada.

La respuesta surgió sin reflexión.

Como una reacción aprendida.

Pawel observó al hombre.

No parecía interpretar un papel.

No estaba intentando impresionar.

Tampoco parecía disfrutar de la clandestinidad.

Al contrario.

Transmitía agotamiento.

El agotamiento de alguien que lleva demasiado tiempo viviendo con miedo.

—¿Por qué aceptó reunirse conmigo? —preguntó Pawel.

Chen encendió un cigarrillo.

La llama del encendedor iluminó brevemente sus manos.

Temblaban apenas.

Lo suficiente para resultar visible.

—Porque hizo preguntas correctas.

—¿Qué significa eso?

—La mayoría de los periodistas pregunta por empresas.

Por exportaciones.

Por certificaciones.

Por auditorías.

Usted preguntó por contradicciones.

Pawel no respondió.

Chen expulsó humo lentamente.

—Muéstreme lo que tiene.

El periodista abrió la carpeta que había preparado.

Comenzó a extender documentos sobre la mesa.

Facturas.

Certificados de origen.

Registros aduaneros.

Órdenes de compra.

Documentación de transporte.

Contratos de compraventa.

Manifiestos logísticos obtenidos en Róterdam.

Meses atrás aquellas hojas habrían parecido irrelevantes para casi cualquier persona.

Ahora representaban la base de toda la investigación.

Chen empezó a revisarlas.

Con atención.

Con una rapidez que sugería familiaridad.

Tomó una factura.

Después otra.

Luego un manifiesto de carga.

Sus ojos se detuvieron en determinados códigos.

Series numéricas.

Referencias internas.

Sellos.

Firmas.

Pawel observó el cambio progresivo en su expresión.

Interés.

Reconocimiento.

Preocupación.

El químico señaló un número.

—¿Dónde consiguió esto?

—Base de datos portuaria.

—¿Y esto?

—Registro de importación.

Chen tomó otra hoja.

La observó apenas dos segundos.

—Interesante.

—¿Qué ve?

—Que los documentos son auténticos.

Pawel frunció el ceño.

—Entonces no existe fraude.

—No.

Chen negó lentamente.

—Eso no es lo que dije.

Apoyó la factura sobre la mesa.

—Los documentos son auténticos.

Las exportaciones existen.

Los contratos existen.

Las empresas existen.

Las cargas existen.

La diferencia parecía sutil.

Pero claramente era importante.

Chen abrió una carpeta propia.

Extrajo varios informes.

Las hojas estaban protegidas dentro de fundas transparentes.

Pawel observó tablas.

Resultados de laboratorio.

Gráficos.

Columnas de números.

Firmas técnicas.

Sellos internos.

Algunas páginas mostraban marcas de uso.

Otras parecían recién impresas.

—¿Qué es todo esto?

—Registros.

—¿De qué tipo?

—Controles de calidad.

Análisis químicos.

Verificaciones de producción.

Lotes industriales.

Pawel se inclinó hacia adelante.

Aquello era nuevo.

Hasta ese momento toda la investigación se había apoyado en documentación comercial.

Documentos creados para vender.

Transportar.

Exportar.

Importar.

Ahora aparecía una categoría completamente distinta.

Información generada dentro de los procesos industriales, no pensada para clientes ni autoridades aduaneras, sino creada para que las plantas funcionaran.

Chen apoyó una mano sobre los papeles.

—¿Sabe algo sobre tierras raras?

—Lo básico.

—Bien.