El barro de las tierras raras Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Lo había elegido por una razón sencilla.

Podía justificarse como alojamiento funcional para un periodista de paso.

No tenía relación con ninguna empresa concreta.

No estaba cerca de los contactos que intentaba localizar.

La entrada estaba protegida por puertas de vidrio.

Una cámara capturó su rostro antes de que llegara a recepción.

La empleada del mostrador lo recibió en inglés básico.

—Pasaporte.

Pawel lo entregó.

La mujer lo colocó sobre un escáner.

La pantalla mostró la fotografía.

Después solicitó la visa.

—Periodista —dijo.

No era una pregunta.

—Sí.

La empleada revisó los datos.

—¿Trabajo en Kunming?

—Algunas entrevistas.

—¿Qué industria?

Pawel levantó ligeramente la vista.

—Comercio de minerales.

La mujer escribió.

—¿Tierras raras?

La pregunta llegó demasiado rápido.

Pawel mantuvo la expresión tranquila.

—Entre otros materiales.

La empleada siguió escribiendo.

—¿Empresa visitada?

—Todavía estoy confirmando reuniones.

—¿Persona de contacto?

—No hay una sola.

La mujer miró el monitor.

Después tomó el teléfono interno y habló con alguien en mandarín.

La conversación duró menos de medio minuto.

Cuando terminó, volvió a mirar a Pawel.

—Necesito acreditación profesional.

Pawel abrió el portadocumentos.

Mostró la credencial de The London Chronicle y una carta del periódico que confirmaba su actividad.

La mujer tomó la credencial.

La examinó por ambos lados.

—¿Puedo?

Señaló el escáner.

Pawel dudó apenas.

—Sí.

La credencial fue digitalizada.

La carta también.

La empleada añadió los archivos al registro de alojamiento.

—¿Cuánto tiempo?

—Cuatro noches.

—En formulario dice seis días en China.

—Es posible que cambie de hotel.

La mujer escribió otra nota.

—¿Viaje a frontera?

La pregunta hizo que Pawel sintiera una tensión breve en la espalda.

No debía reaccionar.

—No está previsto.

La empleada lo observó.

Su expresión no era hostil.

Parecía cumplir un procedimiento.

—¿Ruili?

—No tengo planes confirmados.

—¿Myanmar?

—No.

La mujer asintió.

Imprimió un formulario.

Señaló tres espacios.

—Firma.

Pawel leyó antes de hacerlo.

Nombre.

Número de pasaporte.

Dirección temporal.

Actividad profesional.

Fecha de ingreso.

Acreditación.

Nada extraordinario.

Todo muy completo.

Firmó.

La empleada le entregó una tarjeta.

—Piso doce.

—Gracias.

—Señor Volkov.

Pawel se detuvo.

—Sí.

—Debe informar si cambia destino.

La frase sonó ensayada.

—Por supuesto.

Tomó la maleta.

Mientras caminaba hacia los ascensores sintió que la cámara instalada sobre el mostrador seguía su movimiento.

Podía estar imaginándolo.

Casi todas las recepciones de hoteles registraban a huéspedes extranjeros.

Las autoridades exigían datos.

Su profesión justificaba preguntas adicionales.

La cercanía con zonas fronterizas explicaba el interés por los desplazamientos.

Todo tenía una explicación.

El problema era que demasiadas explicaciones correctas podían producir la misma sensación que una advertencia.

El ascensor requería la tarjeta de la habitación.

Pawel la apoyó sobre el lector.

La pantalla mostró su piso.

No permitía seleccionar otros.

Subió.

El pasillo estaba vacío.

La habitación era pequeña y limpia. Una cama. Un escritorio. Un televisor. Una ventana con vista parcial sobre avenidas y edificios comerciales.

Pawel dejó la maleta cerrada.

Antes de hacer cualquier otra cosa recorrió el espacio.

No buscaba dispositivos ocultos con la teatralidad de una película.

Observó lo visible.

Detector de humo.

Televisor.

Router.

Teléfono fijo.

Enchufes.

Panel de climatización.

Una cámara clandestina podía ocultarse en casi cualquier parte, pero empezar a desmontar la habitación sería inútil y peligroso.

Asumió que todo lo digital podía estar expuesto.

Sacó el teléfono secundario.

No tenía archivos de la investigación.

Solo direcciones codificadas, números temporales y una aplicación de mensajería instalada bajo una cuenta nueva.

Lo conectó a una batería externa.

No al cargador de la habitación.

El dispositivo principal quedó apagado dentro de una bolsa de aislamiento.

La computadora portátil permaneció en la maleta.

Los documentos importantes no estaban allí.

Había dejado copias cifradas en Europa.

Las notas esenciales viajaban en papel.

Pawel abrió la libreta.

Escribió las preguntas realizadas en migraciones.

Después las del hotel.

Reuniones.

Nombres.

Itinerario.

Industria.

Tierras raras.

Frontera.

Ruili.

Myanmar.

Leyó la lista.

No demostraba vigilancia.

Demostraba interés.

La diferencia podía ser temporal.

Salió de la habitación una hora después.

Necesitaba observar la ciudad.

También necesitaba comprobar si alguien repetía sus movimientos.

No utilizó aplicaciones de transporte.

Caminó hasta una avenida comercial.

La tarde había llenado las aceras.

Locales de electrónica.

Restaurantes.

Farmacias.

Bancos.

Pantallas publicitarias.

Motocicletas eléctricas que avanzaban casi sin ruido.

Las cámaras aparecían sobre postes, fachadas y semáforos. Algunas apuntaban hacia la circulación. Otras cubrían las entradas de edificios.

En una intersección, una pantalla mostró durante unos segundos imágenes de peatones que habían cruzado fuera de la señal habilitada.

Los rostros aparecían dentro de marcos.

Debajo, números parciales.

Pawel siguió caminando.

Entró en un centro comercial.

Subió dos plantas.

Salió por una puerta lateral.

Tomó un tren urbano durante tres estaciones.

Descendió.

Cruzó una terminal de autobuses.

Esperó junto a una cafetería.

El recorrido no tenía un destino real.

Era una prueba.

En una vigilancia física tradicional, un mismo rostro podía repetirse. Un vehículo podía aparecer dos veces. Una persona podía cambiar de posición demasiado rápido.

Allí el seguimiento no necesitaba caminar detrás de él.

Su tarjeta de transporte había registrado la entrada.

Las cámaras habían capturado el rostro.

El pasaporte estaba asociado al hotel.

El hotel había registrado la profesión.

La red no requería una sombra visible.

Podía reconstruirlo después.

Esa era la parte más inquietante.

No saber cuándo estaba siendo observado.

Saber que podía serlo.

En la cafetería pidió té señalando una fotografía.

La empleada respondió en mandarín.

Pawel no comprendió.

Mostró efectivo.

La mujer negó.

Señaló dos códigos de pago.

Pawel sacó una tarjeta.

La empleada volvió a negar.

Un cliente joven intervino en inglés.

—Puede pagar en caja central.

—Gracias.

—No es común usar efectivo aquí.

—Estoy empezando a notarlo.

El joven sonrió.

—¿Primera vez en Kunming?

—Sí.

—¿Turismo?

Pawel observó el tono.

Parecía curiosidad casual.

—Trabajo.

—¿Qué trabajo?

—Periodismo.

La sonrisa se redujo ligeramente.

—¿Noticias?

—Industria.

—¿Qué industria?

Pawel levantó la taza que todavía no había pagado.

—Hoy, sistemas de pago.

El joven rió.

La tensión desapareció.

Pawel abonó en la caja central y se sentó cerca de la ventana.

Desde allí podía observar la entrada.

El joven se marchó.

Nadie ocupó su lugar.

Un hombre con camisa azul entró cinco minutos después, compró café y se sentó al fondo.

Pawel lo había visto antes.

O creyó haberlo visto.

Quizá en la estación.

Quizá en el centro comercial.

No estaba seguro.

El hombre no lo miró.

Utilizaba el teléfono.

Pawel terminó el té.

Esperó dos minutos.

Se levantó.

El hombre permaneció sentado.

Afuera, la ciudad seguía funcionando con la misma precisión.

Trenes puntuales.

Cruces regulados.

Terminales digitales.

Cámaras giratorias.

Flujos constantes.

Pawel regresó al hotel por una ruta distinta.

No vio al hombre de camisa azul.

Se sintió ridículo por haberlo considerado.

En la habitación encontró la puerta cerrada.

La tarjeta funcionó.

Nada parecía movido.

La maleta seguía donde la había dejado.

La bolsa de aislamiento permanecía cerrada.

Pawel revisó el hilo que había colocado sobre la cremallera.

No estaba roto.

Se sirvió agua.

Luego se acercó a la ventana.

Kunming brillaba bajo una capa de humedad.

Los edificios se extendían en todas direcciones. Trenes elevados cruzaban avenidas llenas de luces. Pantallas gigantes cambiaban de imágenes. En los cruces, los movimientos de miles de personas quedaban registrados sin alterar el ritmo de la ciudad.

La vigilancia no se imponía como un espectáculo.

Estaba integrada.

En los billetes.

En los hoteles.

En las calles.

En los registros migratorios.

En los lectores de rostro.

En las cámaras.

En cada sistema creado para ordenar el movimiento.

Pawel encendió el teléfono secundario.

No había mensajes.

Lo dejó sobre la mesa.

Abrió la libreta y revisó la información obtenida en Róterdam.

Una empresa comercializadora.

Dos intermediarios.

Un laboratorio.

Un nombre incompleto.

Chen.

El contacto debía conocer la composición de determinados concentrados y las diferencias entre el material declarado y el que llegaba a las plantas de procesamiento.

Pawel no sabía si Chen existía.

No sabía si aceptaría verlo.

El canal había sido preparado antes de su viaje mediante una persona que no conocía directamente al químico.

Solo tenía que esperar.

No podía llamar, ni buscar el nombre en redes locales, ni acercarse a universidades o empresas preguntando por él sin aumentar su exposición.

La paciencia era parte del procedimiento.

A las nueve de la noche apagó las luces principales.

Dejó solo la lámpara del escritorio.

Revisó una vez más el teléfono.

Nada.

A las diez y veinte, la pantalla se encendió.

Una notificación.

El mensaje había llegado por el canal acordado.

No había nombre de usuario, fotografía, ni saludo.

Pawel abrió la conversación.

El texto contenía una dirección en caracteres chinos, una hora para la noche siguiente y una sola advertencia.

Venga solo.

Pawel leyó el mensaje dos veces.

Después guardó la dirección en la libreta y apagó el teléfono.