El Barco. Último Viaje Prólogo
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El Barco. Último Viaje

El Barco. Último Viaje

Por Tim L. Rey

© inepub.com

Prólogo

PRÓLOGO

Relámpagos blancos y rojos estallaban entre las nubes bajas que envolvían el helicóptero, bañándolo todo en una luz espectral.

El cielo y el infierno , pensó Ethan Carter mientras empujaba la palanca de control hacia delante para iniciar el descenso. Estiró el cuello intentando distinguir algo a través de la bruma.

El barco se materializó abajo como un fantasma entre las nubes, con los contornos difuminándose en gris, como acuarelas sobre papel mojado.

Innumerables antenas, parabólicas y grúas se disolvían en la oscuridad.

Solo la cubierta principal y la plataforma de aterrizaje resplandecían bajo los focos, haciendo posible la aproximación en aquella densa niebla.

Volar en estas condiciones era un riesgo descomunal, sobre todo tan lejos de la costa.

La misión en sí resultaba sencilla: recoger a parte de la tripulación con su equipo y llevarlos de vuelta a Boston.

Habría sido más seguro que el buque hubiese navegado hasta tierra firme, pero el helicóptero reducía el trayecto de cuatrocientos cincuenta kilómetros a una fracción del tiempo. Y el tiempo era dinero.

El verdadero peligro acechaba en el vuelo de regreso —como hoy—, cuando las condiciones meteorológicas se volvían adversas y los vientos en contra devoraban las reservas de combustible. Ahí era cuando la cosa se ponía fea.

Pero precisamente por eso él y su equipo cobraban una fortuna por aquellos vuelos temerarios. Y Ethan mentiría si dijera que no le encantaba. La descarga de adrenalina le revolvía la boca del estómago, le hacía sentirse verdaderamente vivo.

Ahora tenía que concentrarse en el aterrizaje. La plataforma en la popa del barco se distinguía con toda claridad: una cruz iluminada, perfecta. Solo cuando los estroboscópicos blancos se disparaban, las luces se fundían con el resplandor de las nubes.

El cielo y el infierno.

Ethan quería apagar las luces rojas anticolisión para acabar con aquel parpadeo incesante, pero no iba a saltarse la normativa. No tenía ni idea de cuál era la misión de aquel barco ni para quién trabajaba la tripulación. No podía permitirse irritar a posibles clientes.

Corrigió la posición empujando el rotor de cola hacia la izquierda con el pedal. Un toque rápido a la palanca de control impulsó la máquina hacia delante, más cerca de la cruz.

La plataforma se hundió bajo él.

La radio crepitó.

—¡Menudo oleaje! —se rio Raymond desde la bodega de carga. Iba a bordo para encargarse de la tripulación del barco.

—Peor de lo que parece —respondió Ethan.

El buque cabeceaba con más violencia entre el oleaje del Atlántico Norte de lo que había parecido desde mayor altura. Tendría que leer el movimiento, acompañarlo y calcular el momento exacto del contacto.

La radio crepitó de nuevo. El puente de mando. El mismo operador que le había dado vía libre antes, con la voz tensa de impaciencia:

—¿Cuánto más va a tardar?

Ethan mantuvo los ojos fijos en la plataforma, que no paraba de sacudirse.

—Casi estoy. ¡Tenéis un oleaje tremendo! —Bajó la palanca, descendiendo un metro entero.

—¡Tenemos un horario muy ajustado! —fue la respuesta—. ¡Ya vamos con retraso!

Ethan era un veterano: no perdía el tiempo en discusiones.

—November-Zero-Five, continuando aproximación —dijo con sequedad, y cortó el canal.

Por el intercomunicador, Raymond murmuró:

—Imbéciles.

Ethan suspiró.

—No saben lo que hay. —Se concentró de nuevo en el aterrizaje. Centímetro a centímetro, fue acompañando el descenso del helicóptero, subiendo y bajando con el oleaje, corrigiendo la posición con los pedales.

Para Ethan, volar era una danza. Así lo describía cuando le preguntaban. Se fundía con la máquina, sentía cada movimiento: la subida y la bajada, la aceleración, cada giro.

Esta vez acompañó la siguiente ola como un bailarín, luego descendió más rápido que el propio barco y posó la aeronave con suavidad sobre la plataforma.

El cielo y el infierno.

Hoy, el cielo.

Ethan sonrió y pulsó la radio.

—November-Zero-Five en cubierta. —Detrás de él, Raymond aplaudió brevemente.

El operador respondió al instante.

—Bienvenidos al Morrow Star .

Ethan estaba apoyado en la barandilla, lejos de la plataforma, sintiendo el metal húmedo bajo los dedos mientras contemplaba las olas negras y embravecidas que golpeaban el casco del Morrow Star .

En lo alto, nubes de tormenta de un gris oscuro se acumulaban de forma ominosa.

Le inquietaba: los datos meteorológicos no habían indicado tormentas, pero en fin.

Llegarían a casa sanos y salvos. Siempre lo habían logrado.

Respiró hondo el aire salado un par de veces más, sintiendo la fuerza bruta del Atlántico. La energía desatada del océano resultaba sobrecogedora. Cómo amaba esos momentos en los que la naturaleza mostraba su cara más cruel.

Capitán de un carguero transatlántico o de un buque de investigación en aguas polares: ese habría sido otro trabajo perfecto para él. Así estaría constantemente a merced de los elementos. Pero, al final, prefería los helicópteros.

Hora de volver al trabajo.

Cuando regresó a la plataforma tras su breve descanso, Raymond seguía acarreando cajas metálicas y contenedores al helicóptero.

La escena hizo sonreír a Ethan. Raymond se había quitado la chaqueta, dejando al descubierto unos brazos musculosos y tatuados. El tipo parecía inmune al frío. La temperatura no podía superar los diez grados, como mucho.

—¡Venga, échame una mano! —Raymond señaló un contenedor especialmente grande—. Luego acabamos y nos largamos de aquí.

Ethan asintió y se puso manos a la obra. Pero la caja pesaba una barbaridad.

—¡Dios! —jadeó mientras la metían a duras penas en la bodega de carga—. ¿Qué demonios han metido ahí dentro?

Raymond se encogió de hombros, con manchas de sudor oscureciendo la camiseta. No era asunto suyo, de todas formas.

Cuando hubieron asegurado el contenedor con las correas de sujeción, unos pasos les hicieron levantar la vista. Dos hombres del Morrow Star se acercaron. Uno de ellos dijo:

—Tenemos carga adicional.

Ethan enarcó una ceja.

—Nos dijeron aproximadamente seiscientos kilos más la tripulación. —Recorrió con la mirada las once cajas y los tres contenedores estibados, y luego se volvió hacia Raymond—. ¿Llevas la cuenta aproximada?

Un asentimiento.

—Debería andar cerca de los seiscientos.

El tripulante del Morrow Star pareció desconcertado.

—¿Y eso qué significa?

—Que no podemos cargar mucho más.

—¿Por qué no?

—Porque cada kilo extra obliga al helicóptero a trabajar más para generar la misma sustentación —explicó Ethan con paciencia—.

El consumo de combustible aumenta en el vuelo de regreso.

Cálculo rápido: media tonelada de más supone un diez por ciento más de consumo.

Eso es un diez por ciento menos de autonomía.

Los ojos del hombre mostraban escasa comprensión.

—¿Eso es un problema?

Ethan se encogió de hombros.

—Depende de la carga extra. En el peor de los casos, no nos llega el combustible para alcanzar tierra.

Raymond sonrió.

—Entonces nos damos todos un chapuzón.

El tripulante no pareció impresionarse.

—Tengo órdenes de llevar el equipo adicional.

—Pues id a buscarlo —dijo Raymond—. Ya nos las arreglaremos.

Un asentimiento, y los dos hombres se marcharon a toda prisa.

Ethan suspiró.

—Sabes que no tenemos mucho margen, Ray. Estamos lejísimos. Y si esta tormenta empeora y cambia de dirección...

—Entonces soltamos lastre por el camino.

Ethan sonrió.

—Les va a encantar. En fin, déjame hacer los cálculos.

—Haz eso. —Con esas palabras, Raymond se encaminó hacia la barandilla a grandes zancadas.

Ethan se rascó la cabeza. Había repasado varios escenarios de carga y calculado que podían asumir otros ciento ochenta kilos como máximo. Cualquier cosa por encima sería problemática desde el punto de vista matemático.

Un temblor violento le hizo levantar la vista. Todo el helicóptero vibró cuando el viento rugió fuera durante un instante.

La puerta se abrió de golpe y Ray asomó la cabeza, con las mejillas enrojecidas por el frío.

—El viento está arreciando con fuerza.

Ethan hizo una mueca.

—Entonces tenemos que irnos. Ellos ya tenían prisa de todas formas.

—Siguen discutiendo. —Ray señaló hacia la entrada de la plataforma, donde cuatro figuras se apiñaban al resguardo del viento, debatiendo. Un hombre con gorro de lana gesticulaba con vehemencia, señalando una y otra vez su reloj y luego el cielo.

El gesto hizo que Ethan levantara la mirada hacia la oscuridad.

Sorprendido, observó el anillo grisáceo que se extendía sobre ellos.

Debía de tener varios cientos de metros de diámetro y varios metros de ancho.

¿De dónde venía ese resplandor? ¿Reflejo del barco?

¿Algún tipo de fenómeno atmosférico? No había visto ningún anillo durante la aproximación.

Lo observó un momento más, frunciendo el ceño, antes de volverse de nuevo hacia Raymond.

—Ciento ochenta kilos como máximo. Eso nos deja ochenta kilómetros de margen.

—Pues que sean doscientos veinticinco.

Ethan resopló.

—No te pases, Ray. Este viento empieza a preocuparme de verdad.

Raymond le quitó importancia con un gesto.

—Te preocupas demasiado.

Algo estaba pasando con el grupo. Una quinta figura —alta y desgarbada— se unió a ellos con un carro con ruedas que llevaba dos contenedores más.

—Voy a echarle una mano al larguirucho —dijo Raymond, saliendo de nuevo. El aire helado irrumpió en la cabina, azotando el pelo de Ethan.

Hizo una mueca y escudriñó la zona. El viento había despejado un poco la visibilidad: podía ver la bandera estadounidense agitándose con violencia sobre el puente pintado de gris del Morrow Star .

La buena noticia: el viento venía del este, no del oeste. Pero los vientos atlánticos podían ser traicioneros.

El cielo y el infierno solían ser vecinos cercanos aquí fuera.