Capítulo 47
Capítulo Cuarenta Y Siete
Aurora
Inquieta, cambio el peso de un pie al otro. Entretejo los dedos, pero no encuentran asidero. El sol cae a plomo del cielo y las correas de la mochila se me clavan en los hombros. A mi lado, los manillares de las bicicletas relucen con un brillo intenso.
Intento serenarme y dejo que mi mirada vague por la inmensidad del Parc des Buttes-Chaumont. Los prados están llenos de adolescentes que buscan el sol y de niños que juegan. El canto de los pájaros se superpone al lejano murmullo de la ciudad.
Miro el reloj de pulsera. Son las tres y media de la tarde.
Una parte de mí no puede creer que de verdad esté haciendo esto. La otra está llena de miedo.
Miedo a no ser capaz de hacer lo que me he propuesto hoy.
Miedo a que él se marche al llegar.
Miedo a que ni siquiera aparezca.
He tenido el teléfono en la mano miles de veces, dispuesta a llamar a Maxime. He escrito cientos de mensajes. Pero siempre, al final, lo he dejado a un lado.
No está bien presionarlo. El que tiene el control es él. Él decide.
Me repito esa idea mientras las ganas de controlar la situación casi me desbordan.
Me acerco a las bicicletas y abro los candados de las alforjas para comprobar su contenido.
Las tapas están ahí. Las toallas también, igual que la manta y la ropa interior.
Las entradas están en el bolsillo lateral.
Me saco las correas de la mochila de los hombros, la dejo sobre el sendero de grava y abro la cremallera.
Dos camisetas, dos pantalones cortos y calzoncillos.
Está todo. Ahora solo falta Maxime.
¿Vendrá?
Temblando, tomo el teléfono.
No hay llamadas ni mensajes.
Desesperada, llamo a Sky.
—¿Ha dicho algo? ¿Sabes algo? —le pregunto, nerviosa, tras un breve saludo.
—No —responde, decepcionada.
De inmediato, una náusea brutal me recorre entera.
Una pareja de ancianos pasa a mi lado, del brazo. Se miran con tanta ternura que tengo que morderme el labio para ahogar el dolor que llevo dentro.
Sky deja escapar un suspiro tenso.
—No me dijo nada de la tarjeta.
—¿Qué supone eso?
Se lo cuentan todo. ¿Por qué decidió ocultárselo?
—No lo sé —responde mi amiga, apurada—. A lo mejor ni siquiera lo leyó.
Ni siquiera había contemplado esa posibilidad.
—¿Quieres decir que el correo podría haberla extraviado?
—Puede ser —contesta dudosa.
Es posible, pero muy poco probable. Es mucho más verosímil que recibiera la tarjeta y decidiera ignorarla.
Clavo la uña del meñique en la yema del pulgar y, a mi espalda, estalla una carcajada.
—No va a venir.
Porque no quiere perdonarme. Porque no ve la manera de que volvamos a estar juntos.
—No puedes saberlo —se apresura a decir Sky, intentando sonar alentadora—. A lo mejor no supo cómo gestionar lo que pasó. Quiso resolverlo por su cuenta.
Los hombros me pesan todavía más. Bajo la mirada. Las agujas del reloj siguen avanzando.
—Son las tres y treinta y cinco. Se acabó el tiempo.
—A lo mejor se ha retrasado—responde mi amiga, y una vez más agradezco que al menos ella sí haya podido perdonarme.
Ojalá su convicción fuera suficiente, pero no es así.
—Habría sido mejor mandarle una carta.
No quería presionarlo.
Pero quizá fue una ingenuidad creer que unas pocas palabras crípticas en una postal bastarían.
Buscando ayuda, recorro el parque con la mirada, pero no encuentro nada a lo que aferrarme. Me rodean ancianos leyendo el periódico, actividades bulliciosas y niños que gritan. Allí, en el banco de madera, un hombre de pelo blanco está sentado, solo, con la vista perdida en la nada.
—Llegará —murmura Sky, probablemente porque no sabe qué más decir.
Asiento en silencio.
—Sí —respondo y me despido de ella.
Ninguna de las dos puede saber qué pasará en los próximos minutos. Por muy convencida que esté Sky. Y por mucho que yo desee que él aparezca, no puedo influir en ello.
Ahora mismo, mi destino está únicamente en manos de Maxime.