Capítulo 45
Capítulo Cuarenta Y Cinco
Aurora
El aire templado del café me envuelve mientras me ato el delantal de camarera alrededor de las caderas y hago un nudo.
—Vaya, vaya, mira quién ha decidido trabajar hoy —comenta Vivienne cuando entro en el café.
Suspirando, me dejo caer en uno de los taburetes frente a la barra con lámparas colgantes y apoyo la cabeza en la mano.
—Lo siento —digo con remordimiento.
Mi compañera toma un trapo.
—No puedes irte a mitad de tu turno sin avisar de qué pasa.
Irme sin decir nada, convencida de que hago lo correcto cuando está mal. Esa parece ser mi especialidad.
—Era una emergencia. —Sueno como una estúpida, y eso es exactamente lo que soy.
Vivienne suspira mientras limpia la barra.
—¿Quién era ese tío?
—Nadie. —La palabra se me escapa demasiado rápido.
—Pero no daba esa impresión. —Deja de trabajar y me mira fijamente—. ¿Estás en problemas?
Niego con la cabeza con vehemencia.
—Todo va a salir bien.
Una sombra se extiende en mi interior.
De pronto, se inclina sobre la barra hacia mí y me toma de las manos.
—Sé que solo somos compañeras de trabajo —empieza con cautela, y al instante me siento peor.
Me ha invitado tantas veces a hacer cosas con ella.... y yo siempre me he mantenido a distancia.
—Yo… —Intento explicarme, pero no sé cómo decirlo.
¿Tengo que ocuparme sola de mis problemas? ¿No puedo cargarte con mis cosas?
Por un momento, Vivienne alza levemente las comisuras de los labios.
—Una cosa es que seas reservada, pero no puedes dejarlo todo tirado y salir corriendo, ¿entiendes? Tus compañeras cuentan contigo.
Me siento culpable y bajo la mirada.
—Tú hiciste la barra y las mesas.
¿Qué demonios me pasa?
Soy una persona horrible. Una mentirosa. Y, como ahora me doy cuenta, una maniática del control.
Dios, ¿por qué no dejé que Maxime decidiera por sí mismo en aquel entonces cómo afrontar la verdad? Incluso ayer fui incapaz de contárselo todo. ¿Por qué me cuesta tanto soltar el control?
—¿Cómo puedo arreglarlo? —En mi voz se cuela una súplica.
Encoge los hombros con una expresión compasiva.
—Ya ha pasado.
—Hoy hago yo tu turno —propongo—. Y mañana también, si quieres.
Una sonrisa triste le tiembla en los labios.
—No hace falta. —Me agarra las manos y las aprieta con fuerza—. Solo dime qué te pasa, Aurora. Estoy aquí para ti. Déjame ayudarte.
Dejar que alguien me ayude , repito para mis adentros. Caigo en la cuenta de que ese podría ser el origen de mi problema. Comprendo que, entonces, no solo herí profundamente a Maxime, sino también a otra persona.
Miro a Vivienne con tristeza.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Claro. —Su sonrisa cálida me infunde valor.
—Imagina que una amiga con la que no hablas desde hace más de cuatro años vuelve a ponerse en contacto contigo. ¿Cómo reaccionarías? —La miro con expectación.
—¿Estoy enfadada con ella? —pregunta, sacando el labio inferior.
—Estabas en un evento con ella. Dijo que necesitaba ir al baño —aprieto la mandíbula—. Y nunca volvió a aparecer.
—Ah. —Se gira hacia la cafetera, pensativa. Solo cuando me entrega el café grande con leche responde—. Si fuéramos buenas amigas, sabría que su comportamiento tiene un motivo y, como mínimo, querría escucharlo antes de decidir nada.
—¿O sea que le darías una oportunidad? —Coloco la bebida en mi bandeja.
Las comisuras de sus labios se curvan.
—Llámala —dice, y vuelve al trabajo.
Aunque quizá sus palabras no signifiquen gran cosa, me siento aliviada. Atiendo el pedido a toda prisa, luego me tomo un breve descanso y salgo al patio trasero del café.
Con el corazón desbocado, marco el número de Sky. Cuando conseguí mi nuevo número justo después de huir de París, pasé todos los contactos. Tal vez, en el fondo, ya esperaba necesitarla algún día. Sin embargo, no sé si el número de Sky sigue siendo el mismo.
El teléfono suena.
Cierro los ojos y me apoyo en la pared calentada por el sol a mi espalda.
Con cada tono que suena siento que me falta un poco más el aire. ¿Y si me odia? ¿Y si cuelga en cuanto se dé cuenta de quién la llama?
¿Y si me echo a llorar antes de poder decir una sola palabra?
— Oui ?
Los músculos se me aflojan.
—Hola, Sky —susurro sin tono alguno.
Luego espero.
—Aurora. —No suena sorprendida. Su voz tiene un matiz de certeza.
Respiro hondo para decir por fin lo que debí decir hace años.
—Cometí un error.
No responde. El silencio tenso entre nosotras solo lo rompe un traqueteo constante al otro lado de la línea.
—Cometí un error enorme y entendería que no pudieras perdonarme. Éramos las mejores amigas y yo… —No puedo seguir; la voz me traiciona. Carraspeo, luchando por no venirme abajo mientras me deslizo por la pared.
—¿Hay algo que pueda hacer para arreglarlo? —pregunto en voz baja.
—Bueno, ya que lo dices así… —dice Sky, lejana—. Podrías venir a buscarme a la estación de tren de Guérande dentro de tres horas.
Sky y yo nos abrazamos tres horas después. Nos quedamos así, simplemente abrazadas, durante varios minutos, mientras el andén se va vaciando poco a poco.
—Casi no me lo creía cuando Maxime me dijo que te había encontrado —dice, con la voz cargada de emoción—. Pero aquí estás. Esto es…
—Hay tantas cosas que quiero contarte —susurro por fin entre los rizos largos de Sky, y eso me alivia.
Hemos vuelto a estar juntas, y ella está dispuesta a hablar conmigo. Quizá incluso a perdonarme.
Propongo dar un paseo por las salinas y, poco después, llegamos allí. El sol asoma entre las nubes algodonosas y hace brillar la superficie de las cubetas llenas de agua de mar.
Mientras caminamos, enlazo mi brazo con el de Sky.
—Irme así, sin más, fue el mayor error de mi vida —empiezo, porque necesita saberlo—. Aunque lo de Maxime fuera complicado, debería haber hablado contigo.
Sky contempla el horizonte.
—¿Por qué no lo hiciste?
—Es complicado —respondo tan bajo que casi no me oigo. Sueno como una cobarde y, enseguida, algo dentro de mí cambia. Con la mano libre me ajusto las gafas, nerviosa.
Sky asiente, dándome ánimos.
Con esfuerzo, carraspeo y me obligo a seguir.
—No quería que me ayudaran —digo, retomando lo que comprendí hablando con Vivienne.
—Ah, sí —comenta Sky con un suspiro—. Eso es verdad.
—Toda mi vida pensé que tenía que ser fuerte y resolver sola todos mis problemas —trato de explicarme. Reconocerlo me resulta muy difícil.
Caminamos en silencio por el sendero de tierra mientras intento comprender por qué soy así.
—Como la más pequeña de cuatro hermanos, siempre tuve que hacerme valer. Mi madre trabajaba todos los días en la finca, incluso cuando ya estaba demasiado débil para hacerlo.
Como ella, yo quería ser fuerte y luchar por todo lo que me importaba, probablemente no solo por mí, sino también por mi familia. Poco a poco lo voy viendo con más claridad.
Pero hay algo más que ahora se me aclara. Igual que mi madre, yo nunca me rendí. Quería defender todo lo que era importante para mí y no quería que nadie tuviera que ayudarme a hacerlo.
—Creía que sabía cómo hacerlo. Y pensaba que, si luchaba lo bastante por mis metas, acabarían haciéndose realidad.
Sí, eso es.
Miro a Sky con tristeza. La he herido en los más profundo y, aun así, me acaricia el brazo con delicadeza y asiente.
—¿Y qué pasó?
—Ese afán de lucha me volvió ciega a todo lo demás.
Ciega al hecho de que equivocarse es inevitable.
Ciega al hecho de que puedo permitirme que otros estén ahí para mí.
Ciega al hecho de que puedo confiar en los demás.
Pero, sobre todo, ciega al hecho de que cada persona toma sus propias decisiones.
Dios mío, ¿por qué no pude darme cuenta antes?
Estaba convencida de que compartir mis problemas con Maxime era un acto de egoísmo.
Pero es justo al revés. Irme como lo hice fue puro egoísmo.
El corazón me golpea con fuerza en el pecho.
—Cometí un error terrible con Maxime —le digo a Sky, cuyos ojos reflejan compasión.
—Los errores no se pueden deshacer —se encoge de hombros—. Y no creo que debas hacerlo.
—No, tengo que hacerlo —niego con la cabeza, atropellada—.
Nunca dejé de quererlo. No puedo simplemente seguir adelante ahora y olvidarme de él —añado en voz baja.
El corazón casi se me parte al pensar en lo que le hice y en las consecuencias que eso ha tenido para él hasta hoy—. He destruido su vida.
En lugar de responder, aprieta los labios. Sigue siendo amiga de Maxime, así que sé perfectamente lo que significa su silencio.
—No confié en él y me aferré desesperadamente al control —prosigo, abatida—. Ahora no quiere saber nada de mí.
Sky toma aire hondo.
—Los dos pensáis que habéis destruido su vida —dice pensativa—. Pero no estoy tan segura.
¿Cómo podría ser así? Su vida aún no se ha acabado.
—¿A qué te refieres? —pregunto, mientras una chispa de esperanza se enciende en mi interior.
—Bueno, apenas pasa de los treinta —responde—. Así que todavía tiene tiempo de sobra para vivir una vida feliz —lo dice como si fuera lo más sencillo del mundo—. Y tú también.
¿De verdad es tan sencillo?
—¿Quieres decir que…? —me llevo un dedo a la barbilla, pensativa.
—Todo el mundo pasa por momentos difíciles. Y muchas veces ni siquiera es culpa nuestra —dice con sinceridad—. Pero eso no significa que tenga que ser así para siempre.
Tiene sentido.
Siempre he querido creer que toda tormenta termina algún día. Pero ¿y si hasta ahora lo he entendido mal?
Como por arte de magia, los pensamientos inconexos de mi cabeza se ordenan hasta formar una imagen.
¿Y si algunas tormentas solo se pueden vencer soltando el control y confiando en que, tras la lluvia, volverá a salir el sol?
Ya van tres veces que he creído que tenía que proteger a Maxime de la verdad. Cuando le pedí que bailara con otra persona. Cuando lo dejé. Y ayer, cuando le mentí de nuevo.
Y, aun así, la tormenta de mi corazón no amaina, al menos no hasta ahora. Y todo en mí se niega a creer que para Maxime sea distinto.
¿Y si le cedo el control?
Porque ¿y si solo él puede poner fin a nuestra tormenta?
Sí, eso es.
Tiene que saber toda la verdad sobre por qué me fui entonces y decidir por sí mismo cómo manejarlo.
Con renovada esperanza, alzo la vista hacia Sky.
—¿Crees que volvería a escucharme?
—No lo sé —responde Sky con pesar—. Desde que lo dejaste, no ha vuelto a ser el mismo.
Eso lo vi con mis propios ojos. Pero no sé mucho más de él. Si va a darme otra oportunidad, necesito averiguar más sobre su vida. Solo entonces podré encontrar una forma de llegar hasta él.
—¿Por qué ya no baila? —pregunto, segura de que Sky lo sabe.
—Porque ya no le encuentra sentido. Eso fue lo que me dijo —responde mi amiga con nostalgia—. Al día siguiente de que desaparecieras, dejó la academia.
Mientras Sky me cuenta cómo han sido estos años, mi mente va a toda velocidad. Tiene que haber una forma de arreglar esto, pero con solo confesarle la verdad a Maxime no bastará. He roto demasiadas cosas.
Solo son palabras , dijo ayer, y tenía razón. Solo me dará una oportunidad, si es que lo hace, y las palabras no bastarán. Necesito demostrarle lo que he llegado a comprender. Tiene que sentir que delante de él hay una Aurora nueva. Pero ahora mismo, eso parece imposible.
—Ojalá pudiera deshacer todo esto —digo cuando Sky termina su relato, pensando en la vida que Maxime y yo perdimos.
En los planes que nunca llegamos a cumplir.
En los muchos compartimentos de la caja de recuerdos que podrían estar llenos de felicidad y han quedado vacíos—.
Haría lo que fuera por empezar de nuevo.
—¿Lo que sea? —alza una ceja.
—Lo que sea —confirmo—, y en ese instante, algo pasa. Lo sé. Sé lo que voy a hacer para, por fin, demostrarle a Maxime lo que he comprendido demasiado tarde.
Todo.
Esa es la respuesta.