El baile que recordamos (Amor y otros sueños 4) Capítulo 44
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Capítulo 44

Capítulo Cuarenta Y Cuatro

Maxime

Con un silbido, las puertas del tren se cierran y, a lo lejos, resuena un pitido. Unos segundos después salgo de la estación de Guérande y el tren empieza a ganar velocidad. Me empeño en mantener la mirada fija en el respaldo del asiento de delante porque no quiero mirar hacia fuera.

Una parte de mí espera ver a Aurora aparecer en el andén y pedirme una vez más que la perdone. Pero eso es una locura. Porque hay algo que tengo seguro: hoy, mañana y siempre tendría que volver a decir que no.

Con un suspiro, abro el maletín y saco el contrato de compraventa de la villa. Monsieur Allard lo firmó esta mañana. «Nunca más dejaré que una mujer me engañe», murmuró casi en un susurro. Luego me tendió el contrato con expresión severa. «Al menos ahora todo se ha acabado».

Aquellas palabras me descolocaron hace unas horas, y todavía lo hacen. Porque también son verdad para mí.

Saco el teléfono y abro el navegador. Se despliegan las mismas doce pestañas que tengo abiertas cada maldito día desde hace cuatro años. Toco la de arriba.

Base de datos de personas desaparecidas de París .

Con el cuerpo tenso, deslizo la pantalla hacia abajo hasta el mensaje que publiqué para Aurora en su momento y pulso Editar.

«Encontrada», tecleo.

Se me encoge el pecho, pero continúo. Visito todos los portales donde busqué información, publiqué llamamientos y establecí contactos por toda Europa durante todo este tiempo.

«Encontrada» escribo once veces más. Cada vez me cuesta un poco más.

Por último, abro el historial de chat con Sky.

«Encontrada»

Es en ese instante cuando de verdad tomo conciencia de lo que significa. La desaparición de Aurora me impidió seguir adelante con mi vida durante mucho tiempo. Pero ahora ya no hay motivo para que siga siendo así.

Soy libre.

Sin embargo, no se siente en absoluto como una liberación. Al contrario, donde antes me devoraba la búsqueda ahora solo hay un gran agujero oscuro.

Tres puntos bailan en la pantalla del teléfono. «Oh Dios mío», leo unos segundos después, y mi teléfono empieza a sonar.

—Cuéntamelo todo. —En la voz de Sky se mezclan la curiosidad y el miedo.

A través de la ventanilla, la naturaleza salvaje de Bretaña pasa a toda velocidad.

—Está en Guérande —empiezo, tartamudeando antes de que toda la historia salga a borbotones.

Con la mano ahuecada sobre el teléfono para amortiguar la voz y que no me oigan los demás pasajeros, le resumo a Sky, a grandes rasgos, lo que pasó.

—No me lo puedo creer —dice al final—. ¿Cómo pudo pensar…?

Me encojo de hombros, agotado.

—Pues… —El silencio se instala entre nosotros.

—¿La vas a perdonar? —La pregunta se le escapa en un susurro.

Resoplo con esfuerzo.

—¿Y tú?

Aurora no solo me dejó sin explicación, también cortó en seco el contacto con Sky.

—¿Podrías olvidar alguna vez las preocupaciones por las que pasaste? ¿O cuántas noches en vela te costó su desaparición?

Ella no podría, igual que yo. Ha llegado el momento de aceptar lo que ocurrió como parte de mí y empezar de nuevo.

—No lo sé —suspira Sky—. ¿Crees que se pondrá en contacto conmigo ahora que…?

—¿Ahora que ha quedado al descubierto? Ni idea. Puede pasar cualquier cosa. O no pasar nada.

—Ajá —responde, pensativa, al otro lado de la línea—. Pero se disculpó. Lo siente de verdad.

Suelto el aire con fuerza. Ayer Aurora parecía desesperada. Sus ojos oscuros estaban cargados de culpa, suplicando mi perdón.

—Si pudiera, estoy segura de que intentaría arreglar las cosas. —Sky de pronto parece recobrar fuerzas. ¿Cómo puede pasar por alto la traición de Aurora?

—Lo que pasó no se puede deshacer —digo. Y lo que no pasó no podemos remediarlo.

—¿Tienes su número de teléfono? —pregunta ahora.

¿Quiere llamar a Aurora? ¿Para qué? Me encojo de hombros.

—No tenía ningún motivo para pedírselo.

Lo nuestro se ha acabado. No quiero volver a verla nunca más.

Inspiro hondo.

—Por fin podemos cerrar este capítulo —le recuerdo a Sky con firmeza.

Solo oigo el traqueteo del tren. Pasa una eternidad antes de que responda.

—Está bien —dice, con la voz agotada—. Seguramente tienes razón.

Así es. Se acabó. Para siempre.

Apoyo la frente en la fría ventanilla del tren, cierro los ojos y tomo la decisión más importante de mi vida: cuando vuelva a abrirlos, mi mundo será otro.