El baile que recordamos (Amor y otros sueños 4) Capítulo 23
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Capítulo 23

Capítulo Veintitrés

Aurora

Apoyada en el marco de la entrada de mi vestidor, Sky niega con la cabeza.

—Quiero decir, estaba preparada para muchas cosas, pero ¿esto? Ni en un millón de años.

No puedo evitar sonreír. No solo porque su expresión de sorpresa me resulta divertidísima, sino también porque, por primera vez desde que estoy con Maxime, me siento libre.

Por fin ya no tengo que mentirle. Ya no tenemos que mentirle a nadie. Maxime y yo somos oficialmente pareja. Una pareja embarazada.

Todavía no sé qué pensar de todo esto. Demasiadas emociones contradictorias me desbordan y me quedan sin respuesta infinidad de preguntas. La reacción positiva de Maxime me ayuda a verlo con mejores ojos. Pero ¿de verdad funcionará su idea de conciliar la danza y la familia?

¿Y si algún día tengo que elegir? ¿Qué sueño pesará más que el otro?

—Tengo que admitir que estoy un poco decepcionada —interviene Sky, sacándome de mis pensamientos.

—Entiendes por qué no podía contártelo, ¿verdad? —pregunto, con un nudo de culpa en el estómago. Nuestra amistad es demasiado importante para mí como para dejar que algo así se interponga entre nosotras.

Se da golpecitos en la barbilla con el índice.

—Por supuesto. —Sus ojos azules me escudriñan—. Estáis muy enamorados, ¿no?

—Fue amor al primer baile. —Saco del compartimento el suéter rojo vino.

—Ay —dice Sky con desánimo—. El amor… —Hay un matiz de tristeza en su voz y los hombros se le hunden.

—Sí, el amor. Y a ti también te llegará —me apresuro a decir, porque es solo cuestión de tiempo. Sky no solo es increíblemente hermosa, también es la persona más generosa y buena que conozco. Que siga soltera es un misterio para mí.

Juguetea con el bajo de su camiseta de manga larga.

—Ajá —murmura.

Me apresuro a ponerme a su lado para abrazarla.

—A veces el indicado tarda un poco en llegar.

Apenas tiene veinte años. Pasar tanto tiempo entrenando seguramente no la ayuda a conocer a nadie.

Asiente contra mi hombro.

—No es tan importante.

Suena el timbre. Siento que irradio luz desde dentro.

—Ya está aquí.

—Entonces no deberíamos hacerlo esperar —dice. Su tristeza parece desvanecerse al instante y me dedica una sonrisa pícara—. Me muero de ganas de ver con mis propios ojos lo que me has estado ocultando.

Riéndonos, corremos hacia la puerta, donde Maxime nos espera con una sola rosa roja.

Es perfecta. Y él también.

A pesar de mi cansancio permanente, me siento ligera como una pluma cuando me acurruco en sus brazos.

—Te he echado muchísimo de menos —murmuro contra su chaqueta, que huele deliciosamente a él.

Su risa hace que el pecho le vibre con suavidad.

—Hemos estado separados una eternidad.

¡Cinco horas enteras! Me separo de él con una sonrisa. Me tiende la flor, cuyo color probablemente se me ha subido ahora a las mejillas.

—Qué asco —dice Sky con cariño.

—Voy a ponerla en agua y luego podemos irnos —le digo a Maxime, lanzándole un guiño cargada de intención.

Por Sky, intento conservar un gesto sereno cuando me doy la vuelta para ir a buscar un jarrón a la cocina.

No me deja pasar.

—Yo me encargo —dice con esa calidez en la mirada que la hace tan especial, y me quita la rosa de las manos.

Le doy las gracias, me pongo la chaqueta y los zapatos y salgo al pasillo.

—Hasta luego —le grito a Sky, y entonces nos ponemos en marcha.

De la mano, paseamos sin escondernos por las calles de París en pleno final de otoño. Nuestro destino es el Marché aux Puces, el mercadillo más antiguo de la ciudad. Tomamos la línea 4 del metro y, al llegar, nos dejamos envolver por el bullicio.

—¿Puedes repetirme qué buscamos aquí? —pregunta Maxime cuando me detengo ante un puesto de pequeños muebles antiguos.

Mi mirada se pasea por estatuas de bronce, taburetes tapizados de terciopelo con patas de oso y cómodas de tono oscuro con herrajes preciosamente ajados.

—Necesitamos algo muy especial —murmuro distraída, deslizándome junto a una joven con un bebé hasta la mesa donde exponen obras de arte más pequeñas.

Maxime me sigue.

—¿Algo muy especial, eh? ¿Y para qué?

¡Ahí! Inclino la cabeza para mirar por encima del hombro de la mujer rubia que está delante de la mesa.

—Perdón —digo educadamente en francés para que se aparte. Solo cuando se vuelve hacia mí reconozco que es Alice, de la academia.

Por un instante me siento sorprendida, pero enseguida comprendo que no hay motivo para eso. Sonriendo, levanto la mano.

—Hola.

Con los ojos entornados, deja que su mirada vaya y venga entre Maxime y yo.

—Ah, nuestra parejita. Qué tierno. —Su tono me recorre la espalda como un escalofrío—. Por más que me encantaría charlar, no tengo tiempo —añade antes de que Maxime o yo podamos reaccionar, y se da media vuelta sobre sus talones.

Frunzo el ceño mientras la veo alejarse.

—¿Y eso a qué ha venido?

—Ni idea —responde él, apretándome la mano—. Vamos a ignorarla.

—A lo mejor solo tiene un mal día.

Con esas palabras, vuelvo a centrarme en la mesa con las obras de arte. No deberíamos dejar que Alice nos arruine el día y, sin embargo, me cuesta desprenderme del recuerdo de su mirada acusadora.

No tardo en fijarme en algo.

—¿No te parecen una maravilla? —señalo las cómodas en miniatura de estilo barroco.

Enseguida me alcanza, examinando la colección con entusiasmo.

—Muy bonitas —alarga la mano hacia una versión negra adornada con estuco dorado y abre el primero de los diez cajones—. ¿Es para joyas?

Normalmente sí, pero tengo pensado un uso mucho mejor.

—Es para nuestros recuerdos.

Una expresión de comprensión le cruza fugazmente el rostro.

—¿Así que esta es la misteriosa caja de los recuerdos?

Me inclino un poco más hacia él.

—No lo has olvidado.

—¿Con el secretismo con que lo trataste en Giverny? Jamás. —Vuelve a dejar la cómoda en miniatura sobre la mesa y se encoge de hombros—. Entonces, ¿qué es una caja de recuerdos?

Su despiste me resulta tan encantador que no puedo evitar besarlo. Disfruto poder hacerlo aquí, en medio del bullicio de la gente.

—¿Te acuerdas de lo que nos prometimos en la azotea, después del torneo de Burdeos? —pregunto, con el corazón desbocado.

Él me devuelve la sonrisa y me rodea con los brazos.

—Bailaremos. Y viviremos.

—Seguro que te acuerdas de las fotos que hice de nuestras salidas.

—Alzo una ceja. Asiente y nos mece con suavidad, como si estuviéramos bailando una canción lenta—.

¿Y las cositas que fui guardando? —añado, emocionada—.

Las hojas de nenúfar, la arena de la costa atlántica y el cuchillito de queso en miniatura.

Lo único que hace es sonreírme. Y con eso basta para que, de pronto, sienta que estamos completamente solos en este mercadillo. Ya no escucho las conversaciones estridentes de los demás visitantes ni siento el flujo constante de gente que pasa a nuestro lado.

—Valen más que cualquier joya del mundo; son nuestros momentos, experiencias a las que volveremos cuando seamos viejos. Todo lo que vivamos juntos lo iremos guardando en esta caja.

Él me besa la frente con delicadeza.

—Suena maravilloso —susurra.

—Cada aventura que soñemos la haremos realidad.

Y la guardaremos en esta caja. —Lo miro con intención y luego alargo la mano hacia la cómoda en miniatura que él tenía antes—.

Cada uno de estos cajones representará un año juntos.

—Con cuidado, abro el compartimento superior.

Sigue vacío—. Pronto pondremos una imagen de la ecografía en este cajón.

Trago saliva sin querer. Me avergüenza que el embarazo despierte este conflicto dentro de mí. Debería estar pletórica de alegría, pero hay una parte de mí que no sabe si de verdad quiere al bebé.

Ese pensamiento me horroriza, pero lo afronto a diario. Solo enfrentándolo puedo superarlo.

—Y la horquilla que llevarás en el Campeonato de Francia —añade Maxime, con la voz entrecortada.

Sí, eso también.

—Tendríamos que bailar nuestro mambo en pleno corazón de París.

Al principio planeamos hacerlo cuando terminásemos la academia, pero ya no hay motivo para seguir esperando.

—Ante la mirada de todo el mundo —añade Maxime, con un deje melancólico en la voz.

Espera. Esta conversación ya la hemos tenido. Suspiro con anhelo y me dejo arrastrar por el recuerdo.

—Descalzos bajo una lluvia de verano —repito, igual que aquella noche.

La sonrisa de Maxime me dice que él tampoco ha olvidado sus líneas de entonces.

—En un concierto de Joshua Friedberg —responde, sabiendo exactamente qué tiene que decir.

Sí, así quiero que sea. Es una idea demasiado perfecta como para no hacerla realidad exactamente como la soñamos.

Rápido, rebusco el teléfono en mi bolso, abro el navegador y entro en la página web de Joshua Friedberg. Tardo unos segundos en encontrar lo que busco. El año que viene, en agosto, dará un concierto al aire libre bajo la Torre Eiffel.

No podría ser más oportuno.

Radiante de alegría, doy unos golpecitos en el segundo cajón.

—Ese recuerdo irá aquí —digo, invadida por una felicidad como nunca había sentido.