El baile que recordamos (Amor y otros sueños 4) Capítulo 21
36%

Capítulo 21

Capítulo Veintiuno

Aurora

Entro en la cocina compartida del departamento con un bostezo larguísimo. Es lunes, tengo por delante toda una semana de entrenamientos intensivos y, en teoría, debería estar ilusionada. Sin embargo, al mismo tiempo siento que me falta energía para afrontarla.

—Buenos días —murmuro mientras me dejo caer al lado de Sky.

—Hola —responde con voz tensa. Solo entonces me doy cuenta de que tiene los brazos apretados contra el bajo vientre y está encorvada en el taburete de la cocina en lugar de sentarse bien. El plato de fruta que tiene delante sigue intacto.

—¿Qué te pasa? —alargo la mano hacia una rodaja de manzana, pero antes de que pueda darle un mordisco, un olor extraño me llega a la nariz y la dejo de inmediato en el plato.

—A veces desearía no ser mujer. —Sky me mira con expresión de dolor—. En serio, ¿en qué estaba pensando la Madre Naturaleza?

Pobrecita. Me deslizo del taburete.

—Tengo algo para ti. ¡Funciona de maravilla! —digo mientras voy a mi cuarto a buscar los analgésicos que siempre me ayudan en estos días. Ojalá tenga suficientes en la reserva.

A mitad del pasillo empiezo a darle vueltas.

¿No debería tocarme a mí también ya?

Estamos a principios de octubre. La última vez que tuve la regla... no tengo ni idea. ¿Cuándo fue, en realidad?

Los entrenamientos intensivos me han absorbido tanto que no lo recuerdo. Sigo caminando, perdida en mis pensamientos. Abro la puerta de mi cuarto y voy directa al estante donde guardo mi botiquín de emergencia.

¿Y si Maxime tenía razón y me estoy exigiendo demasiado? Que se me retrase la regla, por desgracia, es una señal clarísima de eso.

No, ahora mismo da igual. A dos semanas del campeonato, tomárselo con calma no es una opción. Al final no es nada de lo que preocuparse. Muchas bailarinas tienen ciclos irregulares. El deporte de alto rendimiento también tiene sus cosas negativas.

Cojo el analgésico y vuelvo a toda prisa a la cocina para reunirme con Sky. Lleno un vaso de agua para ella y se lo paso junto con la pastilla por encima de la barra de la cocina.

Está tan pálida como la pared que tiene detrás. Aprieta los labios con fuerza cuando toma la pastilla de mi mano.

—Espero que esto sea de verdad un remedio milagroso.

Asiento con vehemencia y rodeo la barra de la cocina.

—Confía en mí. En media hora, como mucho, te vas a sentir mejor.

Ella suspira y alarga la mano hacia el vaso de agua, mientras yo me dejo caer de nuevo en el taburete. Dejo en paz la rodaja de manzana de antes y, en su lugar, tomo una de naranja del plato de Sky y le doy un mordisco. El sabor fresco de la fruta se expande en mi boca. Una delicia.

No me había dado cuenta de lo hambrienta que estaba. Con ganas, alargo la mano hacia el siguiente trozo.

—¿Te vas a comer esto? —pregunto, solo para asegurarme.

Sky niega con la cabeza, así que me lo quedo. Pero en cuanto le doy un mordisco a la naranja, de pronto me invade una náusea brutal. Tengo el estómago casi vacío y, aun así, siento como si quisiera expulsarlo todo.

—¿Aurora? —Sky me sujeta el brazo, a la altura del bíceps, con gesto inquieto.

Salto del taburete a toda prisa y echo a correr hacia la puerta de la cocina. Mi baño está justo ahí. Acelero el paso, abro la puerta de un tirón y me desplomo frente al inodoro.

Ay.

Dios.

Mío.

No me atrevo a moverme en varios minutos. Cuando por fin cesan las arcadas, me dejo resbalar contra la pared alicatada hasta quedar apoyada en ella.

—¿Qué te ha pasado? —Sky está en el marco de la puerta, con los ojos como platos.

A duras penas consigo encoger los hombros.

—Ni idea.

Entra al baño, moja una pequeña toalla y se deja caer a mi lado, apoyando la espalda en la pared.

—Hoy no es nuestro día —dice, tendiéndome la toalla.

—Al menos nos tenemos la una a la otra.

Echo la cabeza hacia atrás y contemplo el techo, con sus luces empotradas que parecen un cielo estrellado.

Con las piernas recogidas contra el cuerpo, suelta un quejido suave.

—Formamos un gran equipo —confirma con un matiz de ironía. De pronto, siento su mirada clavada en mi cara—. ¿Y a ti que te pasa? Lo mío es obvio.

—¿Quizá sea una intoxicación alimentaria? —aventuro en voz alta.

¿Qué comimos ayer en Giverny? Queso, uvas, baguette... ¿Habrá sido el Comté? ¿Es siquiera posible que un queso curado se ponga malo?

—¿Dónde estuviste ayer? —la curiosidad le tiñe la voz—. ¿Y con quién?

Ojalá pudiera contarle nuestra excursión y enseñarle las fotos que hicimos en aquel rincón romántico junto a los nenúfares, donde disfrutamos de estar juntos en un banco de madera escondido. Pero no puedo. Nunca será posible y, con cada día que pasa, se vuelve más doloroso.

Sin embargo, al menos podría saber que hay alguien. No tengo por qué decirle quién es; probablemente ya lo sospecha desde hace semanas.

—Estuve en el trabajo, comí allí y luego fui a yoga —respondo de todos modos.

Antes de confiarle aunque sea una parte de mi secreto, necesito hablarlo con Maxime.

Frunce el entrecejo.

—¿Cuánto tiempo piensas seguir mintiéndome?

La decepción en sus ojos es casi insoportable.

—Lo siento, no puedo.

—¿Por qué? —Se incorpora un poco y estira las piernas sobre la alfombra mullida del baño.

Diga lo que diga, sería una pista que no puedo darle. Así que lo dejo pasar y confío en que con eso le baste.

—No importa.

—Estás con alguien. —Su mirada me atraviesa.

—Tonterías —replico, con un tono demasiado brusco.

De pronto, abre mucho los ojos.

—Ay, Dios mío...

¿Qué? ¿Por qué ese «Ay, Dios mío»?

Sobresaltada, me agarra de los brazos.

—Ya sé lo que te pasa.

No, por favor, esto no puede ser cierto. No puede saberlo, es imposible. Maxime y yo hemos sido extremadamente cuidadosos para no ser descubiertos. Nadie en la academia nos ha visto nunca juntos.

—Estás embarazada —insiste.

Instintivamente, niego con la cabeza. Siempre hemos sido cuidadosos con los métodos anticonceptivos. Es imposible que haya pasado nada.

—Imposible —digo, esperando que no malinterprete el pánico en mi voz.

En lugar de responder, alza las cejas. Durante unos segundos, nuestras miradas se encuentran. En ese instante, cientos de escenas desfilan a la vez por mi mente.

Maxime y yo en su cama. Sobre la encimera de la cocina. En el vestidor.

El cansancio durante los entrenamientos.

Los mareos durante nuestro paseo por Rambouillet.

La menstruación que no llega.

Y ahora, también las náuseas matutinas.

Tragando saliva, me aferro a la mirada de Sky, en cuyos ojos asoma cada vez más compasión. Mis manos se van solas a mis pechos.

¿Están hinchados?

Quizá.

¿Y si uno de los preservativos falló?

Dios mío.

Como un tsunami, me arrasa un pánico desconocido.

No puede ser verdad.

No, no puede ser verdad.

Mi vida. Mi futuro. Mi sueño.

Todo podría venirse abajo.

—Un test. Necesito… —musito, con una voz casi inaudible. Me impulso para levantarme del suelo, aunque dudo que mis piernas tengan fuerza suficiente para llevarme hasta la farmacia.