Capítulo 18
Capítulo Dieciocho
Maxime
Madame Durand vuelve a llenarme la copa de champán y luego alza la suya.
—Por Maxime y Aurora —grita por encima del bullicio animado de la fiesta.
Dejo que la mirada vague por la terraza de la azotea, apenas iluminada, hasta posarse en Aurora, que se apoya en una de las mesas altas junto a Sky. Tiene las mejillas encendidas y alza su copa para brindar con mi jefa.
De pronto, me mira fijamente.
Intensamente. Apasionadamente.
El calor se me arremolina por dentro, y no solo porque ya empiezo a notar el efecto del champán. Sonríe con picardía. A mí se me curvan los labios por sí solos, me siento ligero y todo encaja.
— Mesdames et messieurs. —Junto con la voz masculina, me llega un fuerte tintineo de copas—. S'il vous plaît .
Aurora gira la cabeza y nuestro contacto visual se rompe. Poco a poco el calor escapa de mi cuerpo y también dirijo la atención hacia el lugar de donde viene el sonido.
Cyrille está junto a Madame Durand, apoyado en la barandilla de la terraza, y alza las cejas para reclamar la atención de los invitados.
— Where are my stars? —pregunta en inglés y luego vuelve al idioma oficial de la academia—. Maxime, Aurora, por favor, acérquense.
¿Un discurso? ¿Para los dos? Qué detalle.
Hago todo lo posible por disimular el efecto del alcohol sobre mi cuerpo y voy hacia él. Me quedo al lado de Aurora, tan cerca que casi se rozan nuestros brazos.
Un leve cosquilleo se extiende por mi piel.
—Ha sido una actuación extraordinaria —dice Cyrille, y se lanza a un elogio encendido.
Durante varios minutos habla de lo que supone para la academia nuestro segundo puesto, de lo grande que es este logro.
Luego intercambia una mirada cómplice con Madame Durand—.
Por supuesto, queremos recompensar su esfuerzo. Por ello, hemos decidido que...
Siento cómo Aurora busca mi mano y dejo que sus dedos se entrelacen con los míos.
—Los dos competirán en el Campeonato de Francia a mediados de octubre. —Alza las cejas con expectación.
—Dios mío —susurra Aurora, incrédula, y por un instante yo tampoco acabo de creerlo.
¡Es una oportunidad increíble! Y cuánta confianza están depositando en nosotros la jefa y él.
Madame Durand suelta una carcajada.
—Parece que alguien se ha quedado sin palabras.
Asiento distraído, incapaz de pensar en otra cosa que no sea en Aurora y en su gran sueño. El Campeonato de Francia es un paso enorme para hacerlo realidad.
—Es fantástico, muchísimas gracias. —Aurora es la primera en recuperar la voz—. No los vamos a decepcionar, se lo aseguro.
Faltan más de dos meses para el torneo. Sí, puede salir bien si lo damos todo.
—Intensificaremos el entrenamiento, ¿verdad, Maxime? —tira de mi mano.
—Por supuesto —respondo con una sonrisa que me cruza toda la cara.
No desaprovecharemos esta oportunidad.
Sky, que había permanecido en un segundo plano, irrumpe con la copa en alto.
—¡Por Maxime y Aurora!
El resto de los invitados se suma al brindis. Aplauden, chocan sus copas con las nuestras, nos dan palmadas en los hombros y asienten, satisfechos.
Para mí es como un sueño. Irreal. Disfruto del ambiente, del champán, de la noche templada. Y de la sensación de estar al lado de Aurora.
Nunca había estado tan seguro como hoy. Juntos podemos lograr cualquier cosa.
Horas más tarde, los últimos invitados se despiden. Sky estrecha a Aurora en un abrazo.
—¿Seguro que no quieres ayuda?
—Mañana tienes el primer entrenamiento a las ocho. Así que vete a casa —responde Aurora y señala con la cabeza hacia la salida.
Sky desaparece de la azotea con el cabello ondeando al viento y nos deja solos a Aurora y a mí. La música suave de fondo, que vuelve a oírse ahora que se ha instalado el silencio, me llena de melancolía. Eso, y el alcohol. Me siento ligero y desbordante de felicidad.
Tarareando para mis adentros, empiezo a recoger las copas de las mesas de cóctel abandonadas.
—¿El Campeonato de Francia, eh? —Aún no me lo creo. Le dedico una sonrisa a Aurora cuando se acerca con una bandeja vacía.
Tan elegante. Tan hermosa.
Ella asiente, como perdida en un sueño, y deja la bandeja delante de mí.
—Oh, sí, vamos a arrasar —dice con una sonrisa radiante
Observo su expresión, veo su determinación, su amor por la danza y su amor por su madre.
Pero hay algo más. El anhelo domina sus facciones. Su mirada vuelve una y otra vez a mis labios, y siento que algo dentro de mí está a punto de ceder.
Durante semanas he intentado ignorar estos sentimientos, pero ahora afloran con tanta fuerza que siento que estoy a punto de perder el control.
Jamás debería permitir que esto ocurra, pero ahora mismo tengo la sensación de estar flotando. Muy lejos, en algún rincón del universo, donde no existe la gravedad que me sujete.
Acompañado por una melodía suave que sale de la radio, doy un paso hacia ella y, al mismo tiempo, ella hace lo mismo. Nos encontramos a medio camino, mirándonos fijamente. Ella se alza de puntillas y yo me inclino hacia abajo.
Su olor me vuelve loco, su cercanía hace que el corazón se me dispare.
Esto tiene que parar.
—Si ahora...
—Sí, seguramente deberíamos...
La oigo susurrar con voz ronca.
Dios, no podemos hacer esto.
Necesito poner distancia entre nosotros, pero ocurre justo lo contrario. Como si estuviera en trance, acorto el espacio que queda entre los dos. Incluso antes de que nuestros labios se rocen, siento un hormigueo que me recorre todo el cuerpo.
Ya no tengo fuerzas para resistirme. Me he contenido durante tantas semanas que mi deseo no ha hecho más que crecer.
Con delicadeza, poso mis labios sobre los suyos.
Nuestro beso se siente como una promesa, porque es eso. Lo sé. Sé que estamos hechos el uno para el otro y sé que juntos podemos lograr cualquier cosa. Y en este momento no quiero saber nada más. Solo quiero saborear esta dulzura.
Mucho después de nuestro beso, la mantengo entre mis brazos y la mezo con suavidad. No decimos nada, quizá porque ninguno de los dos sabe cómo continuar después de esto.
¿Seguir como si nada hubiera cambiado?
No puedo hacer eso.
—¿Con qué sueñas, Maxime Rousseau? —pregunta de pronto en el silencio reverente que nos envuelve—. Si no existiera ninguna limitación en tu vida, ¿dónde estarías? ¿Qué harías?
Sigo la dirección de su mirada hacia el cielo, donde ya se adivinan los primeros contornos de la luna. Ya me había hecho esta pregunta antes. Entonces no quise responder, para evitar que nos acercáramos demasiado. Pero ahora, con ella entre mis brazos, ya no tengo ningún motivo para callarme.
—Crecí en Seine-Saint-Denis.
Me aprieta la mano. Sabe que es uno de los focos de tensión social más duros de París.
Pero lo que ocurrió en mi infancia no me define ahora.
Todo eso quedó en el pasado. No quiero recrearme en el hecho de que mi padre dejó a mi madre cuando se quedó embarazada de mí.
Ella nunca habló de ello, igual que nunca mencionaba las veces en que apenas podíamos pagar la comida y el alquiler.
En lugar de eso, me sonreía con calidez, se aferraba a lo positivo y seguía adelante.
Los dos lo hacíamos.
—Bailar me sacó de allí —digo, con una sonrisa cargada de nostalgia—. Y no quiero volver jamás. Quiero que mis hijos tengan algún día una vida mejor.
Asiente.
—Así que tus hijos… —murmura, con un matiz divertido.
La miro.
—Mientras pueda bailar, tengo un futuro.
El Campeonato de Francia sería un paso decisivo. Un paso enorme de verdad. Con ese reconocimiento podría trabajar como entrenador y bailarín, quizá incluso para la televisión.
Su mano encuentra mi pecho y su mirada se vuelve seria.
—Jamás permitiré que nada ponga en peligro tu baile —dice con determinación—. Nadie en la academia sabrá lo nuestro si nosotros…
¿Podría ser esa la solución? ¿De verdad podemos escondernos tan bien?
No, es demasiado arriesgado.
Le acaricio los dedos con ternura.
—De eso no depende solo mi futuro, sino también el tuyo.
En su expresión se mezcla el anhelo con la determinación.
—Son solo tres años.
—Tendremos que escondernos todo el tiempo. Estaremos solos durante los ensayos de baile, pero no podremos perder el control ni una sola vez —le recuerdo, subrayando la dificultad—. Será como estar en una cárcel.
En lugar de abatirse, niega con la cabeza.
—Si he aprendido algo con la muerte de mi madre, es que hay que saborear la vida.
Me toma de la mano y me arrastra hasta la parte delantera de la barandilla de la terraza. Juntos contemplamos las luces nocturnas de la ciudad.
—Sí. Cuando estemos en la academia será duro, pero a eso ya estamos acostumbrados.
Y cada segundo que no estemos allí lo haremos nuestro—dice, sentándose en la balaustrada y atrayéndome hacia ella.
Sus piernas se enroscan en las mías—. Nos escaparemos siempre que podamos.
Lejos de París, donde nadie nos conozca.
Crearemos recuerdos imposibles de olvidar.
Suena maravilloso.
—Probaremos vino en Champaña y construiremos castillos de arena en las playas de Normandía —propongo.
Me acaricia el cabello.
—Surcaremos en barco los canales de Brujas y acamparemos en el bosque de Fontainebleau.
Por supuesto. Hundo el rostro en su cuello y me embriago con el aroma del verano que la envuelve.
—Y un día, cuando la academia sea cosa del pasado, bailaremos mambo juntos en el corazón de París —añade con pasión. Su voz lleva una carga de emoción que parece demasiado intensa para caber en un solo ser humano.
—Ante los ojos de todo el mundo —respondo.
Todo el mundo será testigo de nuestro amor. Será el comienzo de una nueva vida. El momento en que por fin seremos libres de verdad.
Aurora suspira con anhelo.
—Descalzos bajo la lluvia de verano.
No puedo evitar sonreír.
—En un concierto de Joshua Friedberg —apunto, llevando la fantasía un paso más allá—. Su música al piano es única, como nosotros dos.
Me obliga a levantar la cabeza de su hombro para que la mire. Su rostro está lleno de asombro.
—Me encanta Joshua Friedberg.
Y a mí me encantas tú. Las palabras descansan con ligereza en mis labios, como si pudieran echar a volar en cualquier momento sin que yo interviniera. Debería tener miedo de estos sentimientos abrumadores que Aurora ha despertado en mí con tanta rapidez y de sus consecuencias.
Pero es justo al revés.
Ahora que por fin estoy dispuesto a aceptar lo que siento, de pronto todo parece posible.
—Entonces tenemos un plan —murmuro, dibujando con los dedos el contorno de sus mejillas—. Vamos a bailar. Y vamos a vivir.
Asiente, despacio al principio y luego con más énfasis.
—Bailaremos y viviremos —confirma antes de volver a pegar sus labios a los míos.