El baile que recordamos (Amor y otros sueños 4) Capítulo 8
14%

Capítulo 8

Capítulo Ocho

Maxime

No debería mirarme así.

Mientras trago con dificultad, intentando sofocar la extraña sensación que se expande en mi pecho, en su expresión prende una determinación feroz, igual que la que me mostró en el parque hace dos días. Pero hay algo más.

Una especie de desesperación contenida.

Ella lo sabe. Es plenamente consciente de que, hasta ahora, su baile no ha resultado convincente.

En ese momento, su compañero le rodea la cintura con las manos y la alza. Ella estira las piernas en un split y abre los brazos con elegancia mientras él inicia el giro.

Nuestras miradas se cruzan y se pierden, y por fin consigo concentrarme en su actuación. La postura de Aurora es impecable. A pesar de su atuendo sencillo, brilla como una estrella deslumbrante.

Vuelvo la cabeza hacia la derecha, donde está sentado David, y asiento en su dirección con un gesto cargado de intención. Esperaba que respondiera a mi gesto, pero solo se encoge de hombros una fracción de segundo.

¿Cómo puede estar tan ciego?

Niego con la cabeza y desvío de nuevo la atención hacia la pista, justo cuando terminan el giro.

Aurora resplandece, preparándose para tomar tierra con seguridad.

Pero justo entonces, Enzo comete otro error.

Su último paso se queda ligeramente corto y el pie derecho termina demasiado cerca del izquierdo.

Eso es una catástrofe asegurada. No quiero mirar, y aun así no puedo apartar los ojos de ellos mientras se me cierran los puños.

Antes de que termine la fase de Aurora en el aire, Enzo pierde la estabilidad. El desequilibrio es mínimo, pero afecta a su compañera que, por supuesto, tiene dificultades para apoyar el pie con firmeza en el suelo. Ni la mejor bailarina del mundo podría compensar eso.

¡Qué injusticia! Estoy seguro de que Aurora habría hecho una transición perfecta.

Por fuera me mantengo sereno, pero por dentro soy un volcán a punto de entrar en erupción. La sensación se intensifica todavía más cuando distingo a Madame Durand, que resopla mientras se fija en sus uñas.

¿Ya ha descartado a Aurora?

El calor en mi interior aumenta. El corazón se me dispara. Y de pronto, como surgido de la nada, el volcán estalla dentro de mí.

Me levanto de la silla de golpe. Esta se estrella detrás de mí con tal estrépito que mis compañeros de jurado se sobresaltan a pesar de la música a todo volumen. Aurora y Enzo siguen bailando, pero veo cómo Aurora me mira, desconcertada.

—¿Qué haces? —me sisea David—. Siéntate ahora mismo.

No, no lo pienso hacer. Sin apartar la mirada de Aurora, rodeo la mesa del jurado y me acerco a ella.

Antes de llegar hasta ella, la música se corta de golpe. El silencio es tan profundo que oigo mi corazón desbocado. Aun así, avanzo con determinación.

—¿Me concedes este baile? —pregunto, todo lo sereno que puedo, extendiendo la mano hacia Aurora.

Ella me mira como si yo fuera un extraterrestre.

Enzo carraspea.

—Pero… eh… —balbucea.

Se retira sin decir nada más y nos deja la pista de baile a Aurora y a mí.

Le hago una seña al asistente de la cabina de sonido para que vuelva a poner la música. Luego tomo la mano de Aurora y la atraigo con rapidez hacia mí, guiándola en un giro hasta que quedamos en la misma posición inicial en la que empezó a bailar con Enzo.

Suenan las primeras notas del mambo y siento cómo sus músculos se aflojan cuando apoya con suavidad la nuca en mi hombro. Al instante, la erupción volcánica en mi interior se apaga y deja paso a una sensación completamente distinta: alegría.

Por fin, Aurora tiene la oportunidad de demostrar su talento.

Con una calidez que me llena el pecho, deslizo la mano por su cintura y entrelazamos los dedos.

Ella alza la vista hacia mí y, aunque nuestros pies aún no se han movido, siento como si ya estuviéramos bailando juntos. Le guiño un ojo fugazmente y ella me lo devuelve. Con eso basta para saber que está lista.

—Vamos a darle un buen show al jurado —le susurro al oído.

Y entonces arrancamos.

Le doy el impulso y ella gira para caer con seguridad en su posición. Aunque está a dos largos de brazo, siento su energía desbordante. Con cada paso que da, me la transmite más y más. Adoptamos la posición de mambo y empezamos a bailar como si fuéramos un solo cuerpo.

En apenas unos compases, nos fundimos en una sola unidad. Nos movemos en armonía con la música. Hasta nuestra respiración va al mismo ritmo.

Y cómo me mira…

La atraigo hacia mí, pegando nuestras caderas. El calor se expande por todo mi cuerpo. Ella desata en mí un cosquilleo de un millón de diminutas chispas eléctricas que me recorren de arriba abajo.

¿Qué me está pasando?

Sonríe y hace ondular las caderas.

Perfecto , sentencia mi mente.

Embriagador , susurra mi corazón. De pronto lo siento en todas partes: estoy bailando el mambo de mi vida.

Con pasión. Sin esfuerzo.

Con sensualidad.

Nuestras miradas se cruzan una y otra vez. En cada ocasión, las emociones que Aurora despierta en mí se intensifican. Nos movemos juntos con absoluta naturalidad, y solo necesito sentirla en mis brazos para saber que no está nerviosa ni tiene miedo.

¿También ella siente como si bailáramos solos en este salón? ¿Se imagina un único haz de luz siguiendo nuestros movimientos como si estuviéramos sobre un escenario?

Lo disfruto.

Solo estamos nosotros, y la magia que nos une va más allá de lo físico.

Demasiado pronto, la música llega a su clímax. No sé qué tiene preparada su coreografía, pero ya no importa. Por muy sutiles que sean las señales que le doy, ella las capta al instante. Una variación sucede a otra y, cuando vuelve a girarse hacia mí, alzo las cejas en gesto de pregunta.

Esboza una sonrisa pícara.

Sí. Pensamos lo mismo.

Con un impulso poderoso, la suelto de entre mis brazos y sigo marcando los pasos de mambo hasta que sus giros terminan a unos diez metros de mí.

Entonces extiendo los brazos.

Se acerca.

Normalmente, calcularía en mi cabeza su punto de despegue, pero mis piernas se colocan solas.

Es como si mi cuerpo supiera instintivamente dónde tiene que estar y qué hacer.

En un instante, ya está a mi lado.

Flexiono ligeramente las rodillas y apoyo las palmas en sus caderas. Nuestros movimientos se encadenan. La música se intensifica por última vez. Ella se impulsa desde el suelo y, en un instante, está sobre mí.

La tensión de su cuerpo es impresionante y, aun así, parece increíblemente despreocupada, como si pudiera alzar el vuelo sin el menor esfuerzo desde donde está.

Al compás de la música, que vuelve a serenarse, la dejo deslizarse hacia abajo. Las últimas notas suaves suenan justo cuando sus zapatos tocan el suelo.

Cae el silencio. Nuestro baile ha terminado.

Pasan unos segundos antes de que caiga en la cuenta de que debería soltarla. Y también de que debería dejar de fijarme en sus labios, lo cual no es apropiado. Tengo que dejar de imaginar de inmediato cómo sería besarla en ese mismo instante.

Pero la verdad es que, por dentro, lo único que siento es un deseo urgente de hacer justamente eso.

Durante unos segundos, la sostengo entre mis brazos y nos miramos a los ojos. Entonces noto cómo mi cabeza se inclina, involuntaria, unos centímetros hacia abajo, acercando más nuestros labios.

—Guau —susurra una voz femenina.

Oh, sí. No hay forma mejor de decirlo.

Guau.

De pronto estalla un aplauso. Empieza tímido, lejano, y en cuestión de segundos se vuelve ensordecedor.

¡El jurado! Están aquí, en esta sala. Y están viendo lo que hago.

Al instante me siento atrapado. Suelto a Aurora con brusquedad e intento dejar a un lado todas las emociones intensas que me han arrasado en los últimos minutos y me han hecho olvidar mi entorno.

Hago un gesto como de reverencia, y Aurora me imita. Normalmente nos tomaríamos de la mano para esto, pero no le ofrezco la mía.

Es mejor que no nos toquemos. Y es mejor que salga de la pista de inmediato.

Así que me las arreglo para poner algo de distancia entre Aurora y yo.

El aplauso cesa y Madame Durand, con una sonrisa radiante, indica a la pareja con el número cuarenta y cuatro que ocupe su posición.

Aurora se desliza hacia la puerta entreabierta y desaparece.

Todo eso me ayuda a desconectar, aunque sea un poco, de ese mundo irreal en el que acabo de estar.

De camino a la mesa del jurado, evito cruzar la mirada con nadie.

Con el corazón desbocado, recojo mi silla del suelo y me siento.

Entonces noto la mano de David en mi espalda.

Se inclina hacia mí y me examina durante unos segundos, pero no dice nada, y yo tampoco. No me atrevo a moverme, inmóvil como un conejo bajo la mirada de una serpiente.

Alza las cejas.

—Parece que, en efecto, tenía al compañero equivocado.

Intento asentir con la mayor calma posible.

—Aun así, no voy a votar por ella —su expresión se ensombrece—. Y tú tampoco deberías.

¿Pero qué demonios...?

—Por tu propio bien.

¿Cómo?

—Esto no tiene nada que ver con...

—Hasta un ciego lo vería. —Alza la mano, a la defensiva—. Imagina que la aceptamos —susurra. Pasan unos segundos cargados de significado—. ¿Serías capaz de mantener tus manos alejadas de ella?

Mierda.

—Sería solo otra alumna. Nada más.

Una parte de mí se rebela contra estas palabras. Tengo que ignorarla.

—Probablemente ni siquiera aguantarías una semana antes de flaquear. —Entrecierra los ojos—. Te costaría tu carrera en esta academia, y lo sabes.

Antes de que pueda reaccionar, la música vuelve a sonar y finjo concentrarme en la pareja con el número cuarenta y cuatro.

Al menos, eso es lo que intento. Porque en mi cabeza sigo bailando con Aurora y, aunque preferiría contarme otra historia, en el fondo sospecho que seguiré haciéndolo durante bastante tiempo.

Poco a poco, las palabras de David se abren paso en mi conciencia. Cuando por fin lo hacen, de pronto me asalta la certeza de que quizá acabo de cometer el mayor error de mi vida.

Dios mío, ¿qué acabo de hacer?

Si la aceptamos, voy a necesitar toda mi fuerza de voluntad para ignorar todo lo que esta mujer me inspira. Y, al mismo tiempo, soy yo quien acaba de hacer posible que de verdad ocurra.