El baile que recordamos (Amor y otros sueños 4) Capítulo 7
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Capítulo 7

Capítulo Siete

Aurora

El ruido en el salón de baile es ensordecedor. Cuento un total de doce parejas, incluidos Enzo y yo, que estamos calentando antes de nuestra actuación final en el gran salón, frente al jurado.

Sky también está aquí. Cuando nos conocimos ayer, mientras esperábamos la charla motivacional, parecía una conejita asustada, con pecas y una peluca roja.

Hoy se desliza con elegancia por la pista con su pareja de baile, enfundada en una falda muy ceñida y llena de brillo, y casi no puedo apartar la vista de ellos.

Puede que no sea una bailarina perfecta, pero su carisma compensa con creces cualquier fallo. Y me ha caído tan bien desde el primer momento que ayer por la tarde tomamos un café juntas. Conseguir entrar en esta academia es tan crucial para ella como para mí. Quizá incluso más.

Atrapo su mirada y asiento con seguridad. Las dos lo lograremos; tiene que ser así.

Ella responde a mi gesto con una leve duda. Luego vuelve a concentrarse en los pasos y yo sigo observando mi alrededor.

La pareja número veintidós se ha retirado a un rincón para practicar elevaciones. La pareja sueca alta parece estar meditando junta. Los demás bailan.

Hoy todos llevan vestuario de competición, mientras que Enzo y yo hemos decidido pasar del brillo. Yo he optado por unas mallas hasta los tobillos con calentadores y un top corto sencillo. Enzo lleva un pantalón negro y una camiseta ajustada de cuello en V.

Absorta, me inclino hacia delante y deslizo los dedos por debajo de los pies para estirar los isquiotibiales.

—Quizá deberíamos ponernos la ropa de competición —le digo a Enzo, que está a mi lado movilizando los rotadores del hombro.

—¿De verdad crees que les importan los trajes? —Alarga la mano hacia la banda elástica verde y deja que uno de los extremos caiga al suelo.

Intensifico el estiramiento. Por los altavoces llaman a la pareja treinta y ocho para salir a pista.

—Es nuestro último baile. Nuestra última oportunidad. Y hasta ahora no nos ha ido precisamente bien.

—¿Qué intentas decir? —Pisa la banda elástica con expresión pétrea y hace unas cuantas flexiones rápidas de bíceps.

No he sido la única que cometió errores durante la audición; él también los tuvo. Poco a poco me incorporo desde la flexión.

—Que hoy tenemos que darlo todo —respondo.

Entrelazo los dedos a la espalda y tiro del puño hacia abajo. El pecho se me expande cuando inspiro hondo.

Con los labios apretados, dirige la mirada al ajetreo frenético de la sala de baile.

—¿Acaso no lo hacemos siempre?

Justo cuando voy a contestar, suena un chisporroteo por el altavoz.

—Pareja número cuarenta y tres.

¿Ya nos toca?

—¿Se han saltado algunas parejas? —pregunto, desconcertada—. ¿O hemos calculado mal el tiempo de preparación?

Mi compañero de baile se encoge de hombros.

—Será mejor que no les hagamos esperar —dice. Me agarra la mano a toda prisa y me arrastra fuera de la sala.

Echamos a andar a rápidamente por el pasillo hacia las puertas dobles entreabiertas, por donde se cuela la música vivaz del mambo. La pareja que va delante de nosotros debe de seguir bailando.

No le pregunto a Enzo si se siente preparado. Tal vez porque su respuesta podría descolocarme. O tal vez porque no cambiaría nada.

Vamos a entrar con seguridad, irradiando confianza. Y entonces bailaremos exactamente el mambo sobrecogedor que le prometí a Maxime hace dos días en el parque.

Maxime…

El agarre de Enzo se afianza. Consigo devolvérselo justo antes de que crucemos la puerta y nos coloquemos junto a la pared, a la espera de nuestro turno.

Sé que no debería hacerlo, pero dejo que la mirada se me vaya hacia Maxime. Tiene los ojos clavados en la pareja de la pista. Sus piernas se mueven al ritmo de la música y una sonrisa apenas perceptible se le dibuja en los labios. No alcanzo a ver sus ojos.

Eso está bien. Significa que no puede desestabilizarme.

El corazón ya me late desbocado. La música se apaga y un aplauso cortés llena la sala.

Madame Durand asiente, satisfecha. El hombre del traje y el pelo engominado, supuestamente el benefactor más importante de la academia, aplaude con entusiasmo.

Mejor no miro la reacción de Maxime. No hay tiempo para eso: la pareja pasa a toda prisa junto a nosotros en dirección a la salida.

Enzo y yo nos ponemos en marcha. En medio del salón de baile, nos detenemos y adoptamos la posición inicial. Él está justo detrás de mí. Siento su aliento cálido en la nuca y el calor de su pecho contra mi espalda.

Cierro los ojos. Ahora, Aurora. Enséñales de qué eres capaz.

Las primeras notas del mambo llenan los altavoces. Enzo me rodea la cintura con el brazo y busca mi mano.

En mi mente, voy contando los compases hasta mi entrada.

Tres... Dos... De pronto, Enzo me impulsa, aunque todavía tenemos que esperar un tiempo más. Intento que no se note mi sorpresa, pero no lo consigo. Mi giro se convierte en una serie de pasos vacilantes.

¡Esto no puede estar pasando!

Sombras oscuras se alzan dentro de mí, pero espanto el error con una sonrisa, como una verdadera profesional. Junto a Enzo, adoptamos la clásica posición de mambo.

En el momento justo, doy un paso hacia atrás con el pie derecho. Enzo me sigue.

Este paso sale bien. Menos mal.

Alzo la vista hacia mi compañero de baile y nuestras miradas se cruzan.

Todo va bien , me indica.

Podemos con esto , le transmito en silencio, porque cualquier otra opción es sencillamente impensable.

Me atrae hacia sí y hacemos girar las caderas al unísono, preparándonos para pasar al paso lateral. Por fin siento que vamos al mismo ritmo. A partir de ahora, nuestra actuación solo puede ir a mejor.

Aliviada, marco los primeros pasos antes de separarme de Enzo para la variación abierta del paso lateral. Giro la cabeza hacia el frente.

Hacia el jurado. Hacia donde está sentado Maxime.

Lo quiera o no, mi mirada se queda fija en él. Desde luego, no parece en absoluto que mi baile le altere lo más mínimo.

Al contrario.

Más bien da la impresión de que se le estuviera helando lentamente la sangre.