Capítulo 4
Capítulo Cuatro
Maxime
Reprimo un bostezo al incorporarme de la silla aterciopelada.
Doy unos pasos hasta el aparador que hay junto a la pared opuesta de la imponente mesa de caoba, intentando desentumecer las piernas rígidas.
Llevamos horas sentados juntos en la sala de conferencias.
El sol ya se ha puesto y no es de extrañar que solo quedemos cuatro.
Cyrille Perret, el principal patrocinador de la academia, se marchó en cuanto terminaron las audiciones.
Estaba convencido de que no iba a ser de ninguna ayuda, y probablemente tenga razón.
Al fin y al cabo, sabe poco de danza; su interés es, ante todo, el prestigio.
Mientras otros multimillonarios compran clubes de fútbol, él se hace con las estrellas del mañana.
El aire sigue impregnado del aroma punzante de su loción para después de afeitar. Aparto la cortina de terciopelo que llega hasta el suelo y abro una de las ventanas de dos hojas.
—Pasemos ahora a la pareja número cuarenta y dos, Liana Herbst y Marco Laudon —dice Marie Durand con aparente energía—. ¿Qué valoración hacen del vals lento?
Por el rabillo del ojo veo cómo David se inclina hacia delante sobre la mesa de conferencias para refrescar la memoria con la ayuda de la foto de la pareja que le tiende Madame Durand.
—Música: ocho. Equilibrio: también ocho. Secuencia de movimientos: siete. Caracterización del baile: cinco —enumera, y recorre la sala con una mirada significativa—. No es un mal comienzo.
Como director artístico de la academia, sabe mejor que nadie qué hace falta para descubrir jóvenes talentos. Fue mi mayor patrocinador cuando me aceptaron aquí hace cuatro años. Hoy somos amigos, y el hecho de que el próximo curso vaya a trabajar como profesor de baile se lo debo únicamente a él.
Madame Durand frunce el ceño.
—Lo hicieron bastante bien. Juli, ¿tú qué opinas?
Juli no tiene criterio propio. Puede que sea una bailarina extraordinaria, pero en estas últimas horas me ha quedado claro que le falta olfato para el talento. No es de extrañar que ahora se limite, más o menos, a repetir lo que dijo David antes, mientras juguetea nerviosa con la coleta tirante.
Me acerco al aparador, alargo la mano hacia la cafetera de bordes dorados y lleno una de las tazas colocadas en la bandeja.
—¿Maxime? —pregunta Madame Durand.
Con el café en la mano, me doy la vuelta.
—¿Os habéis fijado en que la bailarina llevaba unos zapatos con tiras extra anchas para sujetar mejor el pie? Creo que deberíamos tenerlo en cuenta para valorar su equilibrio real.
Veo a Juli asentir con cautela mientras David masculla algo sobre «un día interminable» y corrige su evaluación en el formulario que tiene delante. La jefa alza sus finas cejas y me apunta con el bolígrafo.
—Impresionante, Monsieur Rousseau. Muy impresionante —dice, y hasta me dedica una sonrisa.
Increíble.
Durante mi formación aquí, todos la llamábamos la Dama de Hierro .
Nunca había visto que la comisura de sus labios desafiara la gravedad de este modo.
Pero ahora, incluso se le forman pliegues amables alrededor de sus ojos, de un azul glaciar.
Confundido, asiento brevemente con la cabeza y vuelvo a mi sitio.
—Pareja número cuarenta y tres. —Madame Durand saca otra foto y la coloca en el centro de la mesa, justo donde la ilumina la luz de la araña—. Aurora Olivetta y Enzo Santoro.
Esta es la única pareja de baile que puedo recordar sin necesidad de una foto. Todavía tengo grabada en la mente la sonrisa cautivadora de la bailarina.
Desde que entró en la sala de audiciones no ha dejado de rondar mis pensamientos. Tiene una elegancia natural que casi no se puede describir. Todo en ella grita que es una estrella en ciernes. Estoy seguro de que conquistará a todos los jueces de baile y a cualquier público que tenga delante.
—Sus evaluaciones, por favor —dice la jefa con su característico tono contenido—. Juli.
Se encoge de hombros, finge estudiar la foto con más atención antes de responder.
—En ninguna categoría les pondría más de tres puntos.
Me masajeo el cuello rígido. Que Juli se equivoque no me sorprende.
David se muerde el labio inferior.
—Yo también los veo en la parte baja. —Sin darse cuenta, acerca la foto—. Les falta ritmo. Aunque su postura fue elegante, el baile era… acartonado.
¿Perdón? ¿Cómo es posible que no le haya impresionado la delicada belleza con el temperamento italiano encendido de esta mañana? El juicio de David no solo es precipitado y general, sino también completamente erróneo.
—Aficionados —añade la jefa de la academia—. Además, son demasiado mayores. ¿Cómo han llegado siquiera a clasificarse para la audición?
—Un momento. —Alzo la mano porque no puedo dejar que esto quede así. Aunque Aurora Olivetta tiene veintidós años, tres más que los demás principiantes, se merece una oportunidad—. ¿Ninguno de vosotros se ha fijado?
—¿Que sus zapatos tenían tiras más estrechas de lo necesario? —pregunta David con una media sonrisa, cruzándose de brazos frente al pecho.
—¿Fijarnos en qué? —pregunta Juli.
Tomo la foto y doy unos golpecitos enérgicos sobre la bailarina.
—Es una estrella.
Madame Durand arruga la nariz. David ladea la cabeza, como si de pronto pudiera percibir en la imagen algo que antes se le había escapado.
Para facilitarles las cosas, tapo con la mano al bailarín, para que dejen de distraerse con él.
—Esta mujer tiene un talento único. No puede mostrarlo porque tiene al compañero equivocado.
David me mira pensativo.
—¿Y quién crees que sería el adecuado para ella?
La sala enmudece al instante. Solo se oye cómo Juli toma aire con esfuerzo.
¿Qué clase de pregunta es esta? Tengo la garganta seca.
—Eh...
Un bailarín mejor, por supuesto.
Madame Durand frunce el ceño.
—¿A quién tiene en mente exactamente, Monsieur Rousseau?
A mí.
Esa es la verdad. En cuanto vi bailar hoy a Aurora Olivetta, lo único que quise fue apartarla de su pareja y llevármela conmigo a la pista.
Los demás me miran y una tensión innecesaria se me agolpa en el pecho.
—Seguro que encontraremos a alguien adecuado —digo con toda la firmeza que puedo. Si defiendo mi postura con demasiado ahínco, podrían pensar que tengo debilidad por la bailarina, por el motivo que sea.
Pero no es así. Solo he visto su talento. Nada más.
Para zanjar la discusión, le devuelvo la foto a la jefa.
—Propongo que no la descartemos aún y que la observemos de cerca en los próximos días.
Veo cabezas asentir con aprobación por todos lados. Solo David no deja de escrutarme.
—Bien, sigamos —digo, intentando forzar una sonrisa neutra.
Pasa una eternidad hasta que mi jefa presenta la siguiente foto.
—Número cuarenta y cuatro. —Recorre la sala con la mirada, severa—. Leonore Haiden y Alan Green. Sus valoraciones, por favor.