El baile de la virgen con el diablo (La boda Martinelli nº 3) Capítulo tres
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Capítulo tres

Rico se sorprendió un poco al notar que el corazón le latía más rápido de lo normal.

Debía de ser por la caminata acelerada que había dado para alcanzar a Marisa, aunque no le había resultado especialmente agotadora, no comparada con el intenso entrenamiento al que sometía su cuerpo cada mañana.

Pero no era solo eso. La adrenalina también le corría por las venas, aunque probablemente se debía a que, por fin, después de cuatro meses escribiendo cartas con devoción y de almuerzos de «amistad» cada vez más frecuentes, tenía a Marisa exactamente donde quería.

Había llegado a disfrutar escribiendo esas cartas casi tanto como leyendo las de ella.

Sin duda, escribirlas había sido un trabajo duro —¿quién iba a decir que escribir una carta a mano podía provocar calambres?

—, pero habían valido la pena. Todas esas horas rastreando internet en busca de citas de libros y sinopsis habían dado sus frutos.

El cambio gradual en el tono de las cartas de Marisa había sido la guinda del pastel.

Ella se había detenido al oír su nombre, y ahora, tras un instante de suspense, giró la cabeza. De no ser por el rubor que le cubría el rostro, habría creído el tono despreocupado con que dijo:

—Oh, hola, Rico.

Habían pasado casi tres meses desde su primer almuerzo juntos. Tres días desde el último. Tres días sin escuchar su voz ronca.

Apenas a treinta centímetros de ella, contempló su rostro encendido y pensó, como siempre, que su memoria nunca lograba retener el resplandor que emanaba de ella y la elevaba a algo mucho más que hermosa.

Verla pasar con esos modestos pantalones cortos vaqueros que dejaban ver sus torneadas piernas doradas y el chaleco de malla dorada brillante sobre un top de bikini negro le había confirmado lo atractivo que era su cuerpo (estaba bastante seguro de que ella se ponía a propósito la ropa más holgada para sus almuerzos).

Había soltado el taco de billar sobre la mesa, le había dedicado una sonrisa a Tommaso y se había marchado, demasiado ocupado admirando el vaivén de las caderas de Marisa y el balanceo de la coleta en que llevaba recogido su largo cabello castaño como para preocuparse por perder la partida.

Llevaba cuatro meses sentando las bases con Marisa. No iba a desperdiciar ni un minuto.

Cuatro meses escribiendo cartas de amor a una mujer y almuerzos regulares con solo besos amistosos de saludo y despedida en la mejilla como recompensa por sus esfuerzos.

Si el cambio en el tono de las cartas de ella había sido la guinda del pastel, el cambio gradual en su comportamiento durante los almuerzos…

Ella había llegado antes que él al restaurante donde quedaron para su primer almuerzo, y se había quedado firmemente sentada cuando él llegó.

Cuando esos sesenta y tres minutos terminaron —no había mentido al escribir que habían pasado volando—, ella se había levantado de un salto, se había aferrado al bolso contra el pecho y había tartamudeado que tenía una reunión a la que debía ir.

Su lenguaje corporal le había dejado bien claro que no pidiera un beso de despedida.

Qué contraste con la sonrisa radiante con que lo había recibido en su último encuentro y cómo se había apresurado entre las multitudes de turistas en la Piazza della Signoria para apoyarle las manos suavemente en los hombros e intercambiar besos en las mejillas…

Le había llenado el corazón de tal calidez que no había necesitado ayuda de internet para describirlo en su carta.

Ella seguía manteniendo los pies metidos bajo la silla mientras comían para evitar que sus piernas se rozaran, y cuando caminaban juntos lo hacía con los brazos cruzados sobre el pecho, pero no había forma de disimular el anhelo en sus hermosos ojos ni el temblor de su cuerpo cuando se inclinaba para darle un beso de despedida en la mejilla.

Marisa lo deseaba. Solo había que sacar ese deseo a la superficie, y aquí, en la romántica costa Amalfitana donde era fácil encontrar intimidad, Rico estaba más que dispuesto a conseguirlo.

—¿Adónde vas? —preguntó.

—A ningún sitio. Solo estoy explorando.

—¿Ya has explorado la playa?

Ella negó con la cabeza.

—¿Tú sí?

—Esta no… ¿Vamos?

La mirada de ella se desvió por encima del hombro de Rico, sin duda asegurándose de que nadie cercano, como su hermana, estuviera allí para verla hablando con el infame Federico Esposito.

Nunca tenían ese problema en sus citas de almuerzo.

Si Marisa viajaba por trabajo, él se le unía; si estaba en su oficina principal en Florencia, podían perderse entre las multitudes.

A él le daba igual. Si Marisa quería proteger su reputación, perfecto.

Total, no es que quisiera casarse con ella.

Solo quería ganar la apuesta. El hecho de que ella pareciera haberse instalado permanentemente en su cabeza se curaría en cuanto se acostara con ella.

—Los amigos pueden pasear juntos hasta la playa —le recordó con ligereza, aunque sospechaba que ella preferiría que su «amistad» fuera siempre un secreto.

Una vez más, eso no le molestaba. Cuando ganara la apuesta, no habría necesidad de seguir con la farsa.

Nunca más tendría que romperse la cabeza buscando la cita perfecta (y rezar para que tuviera el contexto adecuado; había estado a punto de usar una cita sobre el amor de un libro en el que la frase la decía un asesino en serie) ni sufrir calambres en la mano.

Las mejillas se le sonrojaron de nuevo, y luego asintió con timidez.

—Un paseo hasta la playa estaría bien.

—Genial. He oído que hay un bar allí abajo que prepara unos cócteles excelentes.

Pasaron junto a un letrero que decía Prohibida la entrada a menores de 18 años y se adentraron en el sendero, que, para gran deleite de Rico, era tan estrecho que a los pocos pasos sus brazos se rozaron. Marisa se cruzó de brazos inmediatamente.

Reprimiendo una sonrisa, preguntó:

—¿Qué tal el viaje hasta aquí? ¿Tu padre lo llevó bien?

—Bien, gracias, y papá aguantó bien.

—¿Tiene todo lo que necesita aquí? ¿Ya está el equipo de enfermería?

—Sí…

Sintió que la mirada de ella se clavaba en él.

—¿Cómo sabes lo del equipo de enfermería…?

Se detuvo en seco.

—¿Fuiste tú?

Él le sostuvo la mirada, abierta y sorprendida, y se encogió de hombros.

—Espero que no pienses que me he extralimitado. Solo vendrán si los necesitáis. Quería que tu madre y tú tuvierais esa tranquilidad extra para poder relajaros y disfrutar mientras estéis aquí.

—Pero…

Negó con la cabeza mientras un torbellino de emociones le cruzaba el hermoso rostro.

—Gracias. Es muy, muy amable por tu parte. No sé cómo puedo…

Pagártelo quedó en el aire mientras un nuevo rubor le teñía el hermoso rostro, y echó a andar de nuevo por el sendero.

—No tiene importancia —dijo, poniéndose a su altura—. Es un regalo de un amigo a otra.

—Es un gran regalo.

—Soy de una de las familias más ricas de Italia —Rico no tenía tiempo para falsas modestias—. El dinero no es problema para mí.

—Pero el gesto sí —dijo ella en voz baja, y durante un largo momento el corazón de Rico se hinchó de orgullo mientras se sentía envuelto en la luz de su admiración.

A decir verdad, Rico se había sorprendido a sí mismo con este acto desinteresado, principalmente porque cuando se le ocurrió, había pensado en la tranquilidad de Marisa, y no en congraciarse aún más con ella.

Por supuesto, una vez que se le había ocurrido la idea y se había dado cuenta de cuántos puntos ganaría con ella, había llamado directamente a Leonardo para organizarlo.

Tras un silencio apacible, ella dijo:

—Entonces, ¿qué tal tu viaje hasta aquí?

—Se me hizo eterno.

Un tono de perplejidad asomó en su voz.

—Pensaba que era un viaje de veinte minutos en helicóptero.

—Esos veinte minutos fueron los más largos de mi vida.

—¿Cómo es eso?

Él le sostuvo la mirada y sonrió con intención.

—Porque sabía que esos veinte minutos me llevaban hasta ti.

Ella dejó de caminar de nuevo y suspiró.

—Rico, no.

—¿Me estás diciendo que no has sentido que el tiempo pasaba más lento cuanto más se acercaba el momento de estar aquí juntos, con todo el tiempo del mundo?

Ella bajó la mirada al suelo.

Marisa, había aprendido él, era incapaz de mentir.

Le puso un dedo bajo la barbilla y le levantó el rostro con suavidad.

—No tengas miedo —dijo en voz baja cuando sus preciosos ojos oscuros, rebosantes de aprensión, encontraron los suyos—. Ninguno de los dos puede evitar lo que siente.

—Pero solo podemos ser amigos —susurró ella—. Lo sabes.

—Marisa, seré lo que tú quieras que sea —deslizó el dedo desde la barbilla hasta la mejilla de ella y acarició su piel aterciopelada.

Para su deleite, ella tembló ante su contacto—.

Solo sé que no hay nadie más en el mundo con quien preferiría estar —su sinceridad estaba tan perfectamente calibrada que durante un segundo incluso él mismo se lo creyó, lo suficiente como para resistir la tentación de rozarle los labios, deliciosamente carnosos.

Paso a paso, se recordó, y retrocedió con una sonrisa.

—Vamos, mi ángel. Vayamos a beber cócteles y a chapotear en el mar.

Ella le sostuvo la mirada durante tanto tiempo que hubo un instante en el que estuvo seguro de que iba a darse la vuelta. Pero entonces esbozó una amplia sonrisa que le iluminó todo el rostro.

El resto del camino hasta la playa transcurrió con una ligereza en el pecho de Marisa que no recordaba haber sentido antes, una sensación que continuó cuando pisaron la arena fina. Se quitó las sandalias y exhaló un suspiro de felicidad.

Todo era perfecto. Absolutamente todo.