Capítulo 42. Salvar el taller
Rafaela escuchó la cronología sin interrumpir hasta que Mara mencionó las ventas anteriores a Lola y Samuel. Entonces apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Ustedes ven cajas. Yo veo cuarenta años de nóminas.
Su abogado le pidió que respondiera solo a las preguntas. Ella continuó hablando del horno reparado, del alquiler y de encargos cobrados tarde. Dijo que las instituciones exigían demostraciones de un oficio que luego pagaban como decoración.
—¿Eso le daba derecho a vender originales? —preguntó Mara.
—Estoy diciendo por qué un taller acepta trabajos que nadie quiere firmar.
No admitió haber elegido las piezas ni haber recibido dinero de Álvaro. Presentó cada pago como patrocinio y cada réplica como una intervención reversible. Cuando Mara preguntó por Inés, cambió de dirección.
—Samuel volvió muchas veces después de cerrar. Robaba piezas y ella lo sabía.
Rubén colocó sobre la mesa los justificantes del bar, el autobús y las ventas de segunda de Samuel. Eran delitos y mentiras distintos; también lo situaban lejos del taller durante la franja homicida.
—Él conocía el cordel —dijo Rafaela.
—Todo el taller lo conocía —respondió Rubén—. Por eso no lo usamos solo.
Mara le mostró la ruta de la furgoneta, sin enseñarle todavía el informe completo. Rafaela afirmó que el vehículo podía usarlo cualquiera. No explicó quién lo recogió delante de su casa ni quién entregó las cajas a Mateo.
—Quieren cerrar el taller para poder decir que han salvado unas piezas —dijo.
—Estamos investigando una muerte —respondió Mara.
Rafaela miró a su abogado. La supervivencia del oficio seguía siendo su respuesta para una pregunta que no se refería al dinero.