Capítulo 16. El depósito público
El depósito municipal estaba en una nave de las afueras, entre estanterías móviles y mesas cubiertas con tela sin ácido. La responsable buscó por número de obra, fecha, autora de la entrega y descripción material.
No encontró los dos azulejos.
—Puede haber un error de denominación —dijo Nerea—. A veces una caja entra como conjunto cerámico.
La responsable abrió los libros de aquellos años. Cada recepción incluía peso, dimensiones, procedencia y la firma de dos personas. Revisaron las semanas anteriores y posteriores a las fichas de Inés.
—Aquí no llegaron.
Mara pidió ver el lugar que se habría asignado a Los doce cauces . En una balda había fragmentos de mortero, pruebas de limpieza y una bolsa con separadores de espuma. Ninguna pieza completa.
Nerea apoyó una mano en el borde metálico.
—Rafaela dijo que el depósito estaba saturado y que las custodiaría el taller hasta que hubiera espacio.
—¿Se modificó la ficha?
—Debió hacerse.
—¿Se hizo?
Nerea negó. Recordaba una conversación telefónica, no la fecha. Inés estaba presente o se enteró después; no podía asegurarlo.
La responsable entregó una certificación negativa y copias de los registros. El cuidado con que se había documentado la ausencia contrastaba con las dos palabras escritas años antes: destino: depósito .
Al salir, Mara llamó a Rubén. Le pidió que buscara el primer movimiento de una pieza procedente de la Casa del Alfar, aunque apareciera descrita como colección particular.
En la nave, Nerea seguía frente a la balda vacía. Había firmado que las piezas regresaron sin comprobar el lugar donde debían haber esperado.