El azúcar y la sal Capítulo 20
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Capítulo 20

Marina llevaba tres días midiéndome. No la harina, no el azúcar de las torrijas ni los gramos de la levadura.

A mí. Con esa cara suya de contable que repasa una cuenta y no le cuadra, la de fruncir un milímetro el entrecejo, la de mirarme cuando creía que yo estaba con las manos en la masa y no la veía.

Yo la veía. Llevo toda la vida viendo a la gente prepararse para irse. Se me da mejor que amasar.

El pueblo estaba precioso aquella semana de mayo, para colmo.

Los cerezos ya sueltos, el azahar de los naranjos enanos de doña Fina reventando por encima de las tapias, el río Salce crecido de deshielo bajo el puente viejo.

Valdesalce olía a domingo casi todos los días.

Y yo, en mitad de toda esa primavera, con el mejor invierno de mi vida a las espaldas y una mujer durmiendo cada noche de mi lado de la cama, empecé a hacer lo que hago siempre cuando algo va demasiado bien.

Empecé a esperar el golpe.

No es una cosa que yo decida. Ojalá. Es una voz vieja, de cuando iba de un piso a otro con mi madre y aprendí a no deshacer las maletas, porque las maletas deshechas hacen más largo el irse.

La voz me susurra al oído en cuanto bajo la guardia.

Esto no es tuyo. Esto es prestado. Guárdate la bolsa a mano, Candela, no vaya a ser.

Un martes por la mañana subí al cuarto, abrí el armario y bajé la bolsa del estante.

La puse encima de la cama. No metí nada.

Solo la abrí, la miré, la volví a cerrar y la dejé a los pies, en el suelo, a mano, donde antes no estaba.

Un gesto de nada. Un gesto que llevaba meses sin hacer.

La bolsa fuera del estante otra vez, como una alarma que se arma sola.

Me odié un poco por eso. Marina no me había dado motivos.

Me besaba las quemaduras de las muñecas, me robaba las tostadas, dormía agarrada a mí las noches enteras sin escaparse al alba a inventariar los daños.

Marina se estaba quedando, y yo lo veía de sobra.

Y aun así bajé la bolsa. Porque una cosa es que ella se quede y otra que yo me lo crea, y entre esas dos cosas hay una distancia que llevo veintinueve años sin saber cruzar.

Bajé al obrador con la sonrisa puesta, que esa se me da mejor.

— Buenos días, jefa — dije, y le di un beso en la nuca a Marina, que cuadraba la caja del día anterior de espaldas—. Hoy toca sacar las magdalenas de la abuela y luego, si eso, unas torrijas de las nuestras. De las que no vendemos.

— Buenos días. — Se giró y me dio un beso corto, distraído, con la cabeza en otro sitio—. Las magdalenas sí. Las torrijas, luego vemos. Tengo papeleo.

Papeleo. Marina siempre tiene papeleo. Es su forma de estar sola sin decir que quiere estar sola.

Pero aquella mañana el papeleo tenía otra cara.

Tenía la libreta de contabilidad abierta y, debajo, medio tapada, otra cosa, unos folios que recogió con la mano cuando me acerqué a coger el molde de las magdalenas.

Un gesto pequeño. Recoger unos papeles. Poner el brazo por encima como quien se guarda las cartas en una partida.

— ¿Qué es eso? — pregunté, ligera, con el molde en la mano.

— Facturas del gas. — Sonrió—. Nada emocionante. Anda, saca las magdalenas antes de que Satur se ponga a resoplar.

Facturas del gas. Vale. Le creí. Quería creerle, que es distinto, y llevo toda la vida confundiendo las dos cosas.

Estuve a punto de insistir. De decirle enséñamelas, entonces, esas facturas, con una sonrisa para que pareciera broma y no lo era.

Pero no lo hice, porque si insistía y resultaba que sí, que eran facturas, quedaba como una desconfiada, y si insistía y resultaba que no, si le veía en la cara que me mentía, se me caía el mundo un martes a las siete de la mañana con la levadura a medio fermentar.

Y yo no estaba lista para que se me cayera el mundo antes de sacar las magdalenas.

Así que hice lo de siempre. Guardé la duda en el bolsillo, junto a la llave, y me puse a trabajar.

Se me da de maravilla trabajar con una piedra en el bolsillo. Llevo así desde niña.

Satur entró a las siete con su gorra de siempre y su oído malo de excusa, y se puso a lo suyo en el horno sin apenas saludar, que en Satur es cariño.

El horno de Amparo llevaba unos días haciendo un ruido raro, un carraspeo grave al encenderse, y Satur le daba en el flanco de hierro con la palma abierta como quien le da en la espalda a un viejo que tose.

— Tú aguanta, cabezón — le dijo al horno—. Tú aguántame hasta agosto, que luego ya veremos.

Hasta agosto. Todo el mundo en aquel pueblo hablaba de agosto como quien habla del fin del mundo o de la lotería, según.

Las fiestas de la Virgen del Salce, el roscón comunal que la Confitería Salcedo llevaba haciéndole al pueblo desde antes de que yo naciera.

Y para mí, agosto era otra cosa. Agosto era la fecha del testamento.

El mes en que se cumplía el año y Marina, si quería, podía vender y marcharse.

La cuenta atrás la teníamos todos metida en el cuerpo, pero nadie la decía en voz alta.

En esta casa se calla lo grande y se habla del gas.

Sacamos las magdalenas. Salieron altas, con el copete partido justo por el centro, como le gustaban a Amparo, y Marina, a pesar de su cara de cuenta que no cuadra, se comió una recién hecha y cerró los ojos un segundo.

En ese segundo fue solo una mujer comiéndose una magdalena caliente en la casa donde había aprendido a andar.

Sin básculas. Sin Madrid. Sin papeleo. La quise tantísimo en ese segundo que me dio miedo, y el miedo, ya digo, tiene la costumbre de mandarme a por la bolsa.

A media mañana subió Lito con la bici a por el reparto del bar de Tere. Diecisiete años, colorado hasta las orejas, incapaz de mirarme a la cara más de dos segundos.

— Hay diez barras y los seis cruasanes de la señora Tere — dijo, mirándose las zapatillas—.

Y esto. — Sacó del bolsillo del anorak, envuelto en papel de plata, algo pequeño y aplastado—.

Es un cruasán. Del congelador. Del último que hizo la señora Amparo antes de...

Lo guardé por si volvía a hacer falta. Y a lo mejor hoy hace falta. No sé. Voy y vengo.

No se movió. Nunca se mueve cuando dice voy y vengo.

Se quedó plantado tendiéndome un cruasán de hacía ocho meses envuelto en plata como quien tiende una reliquia, y a mí se me llenaron los ojos, porque aquel crío había guardado en el congelador de su tía el último cruasán que amasó Amparo, por si volvía a hacer falta, durante meses, sin decírselo a nadie.

Los que dicen que en los pueblos no pasa nada es que no han mirado bien.

— Gracias, Lito — dije, y le cogí el cruasán de plata con las dos manos—. Hace falta. Vaya si hace falta. Lo guardo yo.

Se puso más colorado y se fue en la bici pedaleando de pie, y yo me quedé con el cruasán de Amparo en la mano, en mitad del obrador, y de pronto me entraron unas ganas terribles de subir a por mi carta.

La carta.

Amparo nos dejó una a cada una. Selladas.

Con nuestro nombre delante, con su letra temblona de los últimos años.

Para abrir cuando sepáis por qué os he juntado, ponía en el sobre, y hasta ahí llegaba la pista.

La de Marina estaba abajo, en su cajón, sin abrir; lo sabía porque una vez la vi debajo de la calculadora.

La mía llevaba ocho meses en el cajón de mi mesilla, y yo llevaba ocho meses sin atreverme a leer lo último que me escribió la única persona que me hizo de aquí en toda mi vida.

Subí. Marina seguía abajo con sus facturas del gas.

Me senté en el borde de la cama, con la bolsa a los pies, saqué el sobre del cajón y lo tuve entre las manos un rato largo.

Candela, decía delante. A secas, como me llamaba ella.

No Candela Morán, que el segundo apellido no se lo dije nunca a nadie. Solo Candela. La que llegó.

Le di la vuelta al sobre. Pasé el dedo por el borde pegado. Y no pude.

No pude porque si lo abría y decía adiós, si era una despedida, si Amparo se había ido dejándome cuatro líneas de gracias por todo y cuídate, entonces se acababa de morir del todo, otra vez, y yo no estaba lista para enterrarla dos veces.

Y si no era una despedida, si dentro había algo grande, algo que me pedía quedarme, algo que me ataba todavía más a aquella casa justo cuando Marina podía venderla en agosto y dejarme sin suelo bajo los pies, tampoco.

Tampoco estaba lista. Por si acaso decía quédate y luego no había dónde quedarse.

Guardé el sobre otra vez en el cajón. Ordené la bolsa de los pies, doblé un jersey que ya estaba doblado, que es lo que hago cuando debería llorar y no me lo permito.

Con Marina al lado me daba menos miedo, se lo había dicho en la oscuridad hacía unas semanas.

Un día de estos la abro, le dije. Contigo.

Ahora que ya sé que no me voy a quedar sola.

Ahora que ya sé que no me voy a quedar sola.

Bajé a hacer las torrijas. Las de a ojo, las nuestras, las que no vendemos.

Marina no estaba en el mostrador. El móvil seguía en la mesa, la cazadora en el gancho, así que andaría en el almacén o habría bajado un momento a la plaza.

Su mesa de trabajo estaba al fondo, la de mármol, con la lámpara encendida y la libreta de contabilidad abierta y, al lado, el portátil.

Y no lo cerró.

Ese fue el detalle. Marina cierra el portátil siempre.

Lo baja como quien baja una persiana. Es de las que cubre la pantalla del móvil con la mano hasta cuando le escribe su madre.

Y aquella mañana, entre las prisas de las magdalenas y el resoplido del horno, se había ido y había dejado el portátil abierto sobre el mármol, con la pantalla despierta, brillando en la penumbra del fondo del obrador.

Yo no soy de mirar. Que conste. Llevo cuatro años en esta casa sin abrir un cajón que no fuera mío.

Pero pasé por delante con el cuenco de las torrijas en las manos, y la pantalla me saltó a los ojos sola, y en la pantalla había un correo abierto, y en el asunto, en letras grandes, un nombre que yo conocía de haberlo oído en boca de Marina las noches malas.

Nerea.

Y debajo del correo, medio tapado por la ventana del navegador, asomaba un documento.

Un pdf. Con un membrete que decía, clarísimo, contrato de compraventa.

Y más abajo, Confitería Salcedo. Y más abajo todavía, una línea de puntos con una firma a medias, empezada y no terminada, la eme grande y afilada de Marina y luego nada, como si se le hubiera parado la mano en el aire.

Dejé el cuenco de las torrijas en el mármol, muy despacio, para que no se me cayera.

Y me quedé mirando la pantalla, con la harina todavía en las manos, mientras el horno de Amparo carraspeaba al fondo, aguantando hasta agosto como le habían pedido.