Capítulo 18
Entré en el obrador sin esperarla y subí directa a mi cuarto, y lo primero que hicieron mis manos, antes que yo, fue abrir el armario y bajar la bolsa del estante.
La dejé en la cama. Medio hecha, como siempre.
La abrí. Empecé a doblar un jersey por encima de los dos que ya había dentro, con esos gestos automáticos que me salen cuando duele, y llevaba toda la vida haciéndolo y sabía perfectamente qué estaba haciendo.
Ensayaba la salida. Nerea con la mano en la mejilla de Marina.
El sobre bajo el brazo. Marina sin correr detrás de ella.
La señal estaba clara, la había leído desde la otra acera, y yo, que llevo huyendo desde niña, ya tenía el abrigo medio puesto.
Llamaron a la puerta del cuarto. Suave.
— Candela. Soy yo. ¿Puedo pasar?
No contesté. Marina entró igual, despacio, y se quedó en el umbral, y lo primero que vio fue la bolsa abierta sobre la cama con el jersey a medio doblar en mis manos. Se le puso una cara. La conocía. La cara de quien entiende de golpe lo que ha provocado.
— No — dijo, muy bajo—. La bolsa no. Otra vez la bolsa no.
— Ha venido tu ex, Marina.
— Ya lo sé.
— Con la mano en tu cara. — Solté el jersey—. Y tú ahí, sentada en el banco del río, con un sobre. Y no la has echado. Yo estaba en la acera. Lo he visto todo.
Marina cerró la puerta a su espalda. No se acercó. Se quedó ahí, con la distancia justa, respetándome el espacio, que era lo único inteligente que podía hacer en ese momento.
— Ha venido a ofrecerme volver a Madrid — dijo, y me lo dijo, no me lo escondió, y eso ya fue algo—. A abrir Blanc en serio. Con dinero. Con mi nombre en la puerta. Es lo que quise durante años, Candela. No te voy a mentir con eso.
Me senté en el borde de la cama, al lado de la bolsa. El corazón me iba deprisa.
— ¿Y qué le has dicho?
Hubo un silencio. Un silencio de un segundo de más.
Y en ese silencio yo, que leo los silencios como Amparo leía las masas, encontré el hueco: algo que no me estaba contando, una cantidad que faltaba en la receta.
Pero luego Marina cruzó el cuarto, se arrodilló delante de mí, entre mis rodillas, y me cogió las dos manos, las de doblar jerséis, y me las sujetó.
— Le he dicho que se fuera — dijo—. Y estoy aquí. No en el banco del río. Aquí. En tu cuarto. Contigo. — Me apretó las manos—. Esta noche no estoy pensando en Madrid, Candela. Estoy pensando en no dejar que hagas la maleta. ¿Me dejas quitártela de las manos?
No era toda la verdad. Lo supe entonces y lo confirmé después, cuando reventó todo. Marina me contó lo justo, me guardó el hueco, el necesito pensarlo, el sobre que tenía escondido abajo. Me hizo una casa de media pared y me invitó a vivir en ella.
Pero yo estaba tan cansada de irme primero.
Tan harta de adelantarme al abandono, de ensayar despedidas, de tener la bolsa a mano.
Amparo me dijo una vez deja de ensayar la despedida, y llevaba desde su muerte ensayándola otra vez, y aquella noche, con Marina de rodillas entre mis piernas sujetándome las manos, decidí, por una vez en mi vida, quedarme dentro del miedo en lugar de salir corriendo de él.
Que no es lo mismo que dejar de tener miedo.
El miedo seguía ahí, entero, con su bolsa y su horario de autobús.
Lo que hice fue no obedecerlo. Por primera vez.
Le dije al miedo espérate ahí sentado, que esta noche mando yo, y el miedo se sentó en un rincón del cuarto y se calló, y yo me quedé.
Reconquistar el presente, se llama eso. Yo no lo sabía nombrar entonces.
Solo sabía que estaba harta de perder cosas buenas por adelantado, de romperlas yo antes de que me las rompieran, para tener al menos el consuelo de haberlo hecho yo.
Menudo consuelo. Un consuelo de perdedora que se rinde para no jugar.
Esa noche jugué.
— Quítamela — dije.
Y Marina cogió la bolsa, la cerró, y la subió despacio al estante del armario, a su sitio. No la deshizo, ni yo se lo pedí, no estábamos ahí todavía. Solo la quitó de en medio. Y volvió a la cama, y me tumbó, y aquella noche fue lo contrario de la de Reyes.
Porque la de Reyes fue un incendio. Fue rendición y hambre y deshielo, dos mujeres que llevaban meses conteniéndose y reventaron a la vez.
Esto no. Esto fue lento. Fue de piel ya conocida.
Marina me desnudó como quien desviste algo que ya es suyo, sin prisa, sin la urgencia de la primera vez, sabiéndose el camino.
Me conocía. Sabía dónde tenía las cosquillas, sabía que el cuello me deshace, sabía a qué lado respiraba.
Y usó todo eso no para incendiarme sino para calmarme, para decirme con las manos lo que a media voz no se atrevía a decir del todo.
Me besó las quemaduras de las muñecas una por una, como en enero, las mías, las que no cuido nunca, y esta vez no me dio pudor que las mirara.
Me recorrió despacio, con esa atención suya de repostera que lee las cosas a tacto, y yo me dejé leer entera.
Le enredé los dedos en el pelo suelto, que se lo había soltado para mí.
La harina que tenía yo en el pelo, de la mañana, se la fui pasando a ella sin querer, a las sienes, a las clavículas, y las dos acabamos con harina en sitios imposibles, la harina de siempre, la nuestra, la que empezó una tarde de octubre cuando yo se la limpié de la mandíbula y las dos nos quedamos quietas de más.
— Estate quieta — me susurró contra el pecho, cuando yo quise ir más deprisa—. No hay prisa. No me voy a ninguna parte esta noche.
Esta noche. Me agarré a esas dos palabras y no pregunté por las demás.
Me tomó su tiempo. Todo el tiempo. Me llevó despacio, con la boca y las manos, hasta un sitio que no era el precipicio ardiente de enero sino otra cosa, más honda, más lenta, una ola que subía y subía sin romperse hasta que rompió sola, sin drama, un temblor largo que me dejó deshecha y llorando un poco, y no de pena, y Marina me sostuvo mientras temblaba con la cara pegada a mi cuello, diciéndome cosas que no eran cifras, por una vez, palabras de verdad dichas contra mi piel donde nadie más podía oírlas.
Y luego fui yo. La conocí también despacio.
Aprendí de nuevo su cuerpo de aristas, el que ocupa poco sitio a propósito, y lo hice ocupar sitio, lo hice extenderse en la cama y abandonarse, y la vi soltar el control gramo a gramo, que en Marina es el mayor acto de entrega que existe.
Cuando llegó no gritó como en Reyes. Se me agarró.
Me abrazó fuerte, la cara escondida en mi hombro, temblando en silencio, aferrada a mí como quien se agarra a un sitio, no a un cuerpo, a un sitio donde por fin se puede quedar.
Me desperté una vez en mitad de la noche, a esa hora muerta en que el pueblo no respira.
Marina dormía boca abajo, con un brazo cruzado sobre mí, sujetándome incluso dormida, y la cara vuelta hacia mi lado, sin aristas, sin puertas cerradas.
La miré un rato largo en la penumbra. A mí siempre me han dejado dormida.
Toda mi vida los adioses me llegaron por la mañana, con la cama ya fría del otro lado, o directamente sin nadie a quien despedir.
Y allí había una mujer que se había quedado a dormir entera, agarrada a mí, respirándome en el cuello.
Una cosa tan pequeña. Una cosa que la gente normal da por hecha y que a mí me pareció, esa madrugada, el mayor lujo del mundo.
No la desperté. La tapé mejor, me acurruqué contra su brazo y volví a dormirme dentro de aquel milagro doméstico, con miedo todavía, pero dentro.
Nos dormimos enredadas, sin manta y luego con manta porque yo me levanté a taparnos, y fue la primera noche que dormimos las dos enteras, sin que ella se escapara al alba a inventariar los daños. Cuando me desperté, seguía ahí. Ese fue el milagro. Seguía ahí.
La mañana entró gris y suave por la ventana, con olor a almendro y a domingo, porque era domingo.
No teníamos que abrir. Bajé descalza, hice café, lo subí en la bandeja vieja de Amparo, la de las flores desconchadas, y volví a la cama con dos tazas, y Marina se incorporó con el pelo revuelto y la marca de la almohada en la mejilla, y se le veía tan poco de aristas, tan poco jefa de partida, tan de aquí, que me dolió de lo bonita que estaba.
Nos tomamos el café en la cama deshecha, con las piernas enredadas bajo la sábana, en silencio, mirando el tejado de la iglesia por la ventana. Un domingo cualquiera. Un domingo de dos que viven juntas. Lo que yo no había tenido nunca y llevaba toda la vida sin atreverme a querer.
Marina me robó la tostada que me había subido con el café, le dio un mordisco y me la devolvió, y esa tontería, esa confianza de meterle mano a la comida de la otra sin pedir permiso, me llenó el pecho más que cualquier cosa de la noche.
Le quedaba una miga en la comisura. Se la quité con el pulgar.
Ella me atrapó el dedo y me lo mordió flojo, riéndose, y las dos nos quedamos ahí, tontas, con el café enfriándose, en el desorden tibio de las sábanas.
— No abrimos hoy — dijo, con la boca contra mi hombro—. El domingo no se abre. Regla de tu abuela.
— Regla de mi abuela.
— Pues entonces no hay prisa para nada. — Se estiró como un gato en mi cama, y era rarísimo ver a Marina sin prisa, a Marina sin báscula, a Marina ocupando sitio—. Podríamos bajar luego a hacer torrijas. De las de a ojo. Solo para nosotras. Sin vender ninguna.
Torrijas solo para nosotras. Sin vender ninguna.
A Marina, que llevaba media vida midiendo el rendimiento de cada gramo, se le había ocurrido cocinar algo por el simple gusto de comerlo las dos un domingo.
No dije nada, para no romperlo. Pero por dentro lo apunté, como quien guarda una prueba: se está quedando.
Poco a poco, sin darse cuenta, se está quedando.
Y ahí, con la taza caliente entre las manos, me atreví.
— Quédate.
Lo dije bajito. Una sola palabra. Yo, que nunca pido, que siempre me voy antes de que me lo pidan a mí, que me adelanto a todos los abandonos del mundo.
Le pedí a Marina que se quedara. La palabra que a mí me salvó la vida en boca de Amparo, la que me atreví a devolverle a otra persona por primera vez.
— No en agosto, no me refiero a agosto — me apresuré a añadir, por si la asustaba—.
Me refiero a... quédate en esto. En lo que sea que somos.
Sin nombre, si quieres, pero quédate dentro.
Deja de tener un pie fuera. — Solté el aire—.
Amparo decía que hay quien se queda porque no puede irse y quien se queda porque quiere.
Y que tú aún no sabías cuál eras. — La miré—.
Yo creo que ya lo sabes. Creo que eres de las que se quedan porque quieren. Solo te falta atreverte a saberlo.
Marina dejó la taza en la mesilla. Se giró hacia mí en la cama deshecha, con el pelo suelto y los ojos brillantes, y abrió la boca, y yo vi cómo cogía aire para decir algo grande, algo que le costaba, algo que le venía subiendo desde muy adentro. Vi la palabra formarse. Me...
Y sonó el móvil.
Vibró en la mesilla, sobre la madera, con ese zumbido de lunes que rompe los domingos. Marina bajó la vista a la pantalla. Y algo se le cerró en la cara, una puerta, la puerta de siempre, se le recogió el pelo por dentro aunque lo llevara suelto.
Alcancé a leer el nombre del revés, en la pantalla iluminada, antes de que lo tapara con la mano.
Mamá.
— Es mi madre — dijo Marina, con una voz distinta, la voz de contable, la que usa para taparse—. Tengo que cogerlo.
Y lo cogió. Y desde el otro lado, tan alto que lo oí desde mi lado de la cama deshecha, en aquel domingo que hasta hacía un segundo olía a almendro, la voz de Pilar Salcedo dijo, sin saludar siquiera, con esa prisa suya de quien lleva la vida entera con prisa por irse de este pueblo:
— Marina, hija, por fin. Que ya tengo al comprador. Adrián. Quiere cerrar ya. ¿Cuándo firmamos?