El azúcar y la sal Capítulo 16
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Capítulo 16

Los almendros de la vega florecieron a finales de febrero, todos a la vez, como si se hubieran puesto de acuerdo, y una mañana el camino del río amaneció blanco y rosa y yo pensé, tonta de mí, que la felicidad se me iba a quedar.

No le habíamos puesto nombre a lo nuestro.

Ese era el trato. A media voz, a ojo, sin etiquetas, porque las etiquetas asustan y nosotras dos éramos dos animalillos asustados fingiendo que no.

Pero un trato sin nombre se vive igual que uno con nombre, resulta, y aquellas semanas de finales de invierno fueron las más felices que yo recordaba desde que Amparo vivía.

Marina bajaba a las seis. Yo bajaba a las siete.

Y en esa hora que antes era un desierto de cafés servidos sin mirarnos, ahora pasaban cosas.

Me encontraba el café hecho con la nube de leche justa, sí, pero también me encontraba a Marina esperándome, apoyada en el mármol, con una cosa nueva en la cara que le costaba muchísimo sostener y que sostenía por mí.

Nos dábamos los buenos días de una manera que no eran los buenos días.

A veces me robaba un beso rápido antes de que abriéramos, y luego se ponía roja y decía una cifra cualquiera, doscientos grados, cuarenta minutos, para tapar que se había dejado llevar.

Aprendí a no exigirle nada. Fue lo más difícil que he hecho nunca, porque yo, cuando quiero, quiero entero y ruidoso, y con Marina tuve que aprender a querer bajito, sin pedir promesas, sin nombrar agosto, sin preguntar y luego qué.

Cada vez que se me subía la pregunta a la boca me la tragaba.

Porque sabía que si le pedía certezas, la asustaba, y si la asustaba, la perdía.

Así que me quedé quieta dentro de la felicidad, como quien se queda muy quieto para que no se le escape un pájaro que se le ha posado en la mano.

Y el pueblo, que ve todo, empezó a vernos.

Pero no como yo temía. En Valdesalce la gente lleva la costumbre metida en los huesos y podría haber sido un problema, dos mujeres, la nieta de Amparo y la que llegó, y no lo fue, porque aquí lo que importa es si sabes hacer un buen roscón y si tratas bien al que entra por la puerta, y lo demás es asunto de cada uno.

Don Aurelio, que tiene ochenta años y va a misa de una todos los domingos, se acostumbró a saludarnos a las dos juntas, buenos días, chicas, con una naturalidad que a Marina la descolocaba más que si le hubieran dicho algo.

Las hermanas del estanco empezaron a preguntar por las dos cuando faltaba una.

Y un domingo, saliendo de la iglesia, la Puri, que tiene una lengua peor que la de Tere, nos vio bajar la escalinata la una al lado de la otra y, en vez de murmurar, se acercó y le dijo a Marina, tan pancha:

— Hija, qué bien se te ve desde que estás con la Candela. Tu abuela estaría contenta. Cuídamela, que esta ha pasado mucho.

Marina se puso roja hasta las orejas y no supo qué contestar, y balbuceó una cifra, creo que dijo algo de la temperatura del horno, y la Puri se rió y se fue, y yo tuve que morderme la risa.

Porque a Marina la desarmaba más aquella ternura de pueblo, aquel os hemos visto y nos parece bien, que cualquier bronca.

La que llegó de fuera y temía que la juzgaran resultaba ser yo, la de dentro; y ella, la Salcedo de toda la vida, era la que no sabía dejarse querer en público.

El pueblo nos había adoptado a las dos como pareja antes de que nosotras nos atreviéramos a llamarnos así.

La sombra estaba ahí, claro. Agosto. En agosto vencía el plazo del testamento, en agosto Marina podía vender y marcharse, y ninguna de las dos lo mencionaba, y por no mencionarlo pesaba más.

Era como el horno crujiendo en la esquina: dejabas de oírlo, pero estaba, y de vez en cuando soltaba un chasquido y te acordabas de que el fuego seguía dentro.

Yo tampoco había deshecho la bolsa. Sigo sin poder.

La caja del suelo la volví a abrir después de que Marina me pidiera perdón, saqué los libros otra vez, puse la concha en la estantería.

Pero la bolsa del estante de arriba, medio hecha, esa no la toqué.

Un pie dentro y un pie fuera. Toda mi vida con un pie fuera.

Tere lo vio antes que nadie. Tere lo ve todo antes que nadie, es su oficio, detrás de la barra del Bar Central seca vasos y te desnuda el alma con el mismo trapo.

Bajé a la plaza un jueves a por el vermú del aperitivo, que en la Confitería lo servimos los jueves con las banderillas de Tere, y ella me lo puso sin que se lo pidiera, apoyó los codos en la barra y me miró con esa cara suya de fiscal de pueblo.

— Tú y la Salcedo — dijo.

— Tere.

— No digo nada. A mí no me metas. — Secó un vaso que ya estaba seco—.

Pero lleváis un mes entrando en la iglesia el domingo la una detrás de la otra, y saliendo igual, y por el camino del río os vio la Puri cogidas del meñique, del meñique nada más, como dos crías.

Y la cara que se te ha puesto a ti, guapa. Esa cara.

— ¿Qué cara?

— La de quien ha dejado de hacer la maleta.

— Puso el vaso en su sitio—. Yo me alegro.

Que conste. Amparo estaría contenta. Siempre dijo que a ti te faltaba que alguien te atara corto y que a la nieta le faltaba justo lo contrario, que alguien le soltara la cuerda.

— Cogió otro vaso—. Lo que no quiero es recoger tus cristales en agosto.

Que ya te conozco. Tú, en cuanto huele a que algo te importa de verdad, sales corriendo antes de que te echen.

Me quedé con el vermú a medias.

— No voy a salir corriendo — dije.

— Ya. — Tere no me creyó ni medio segundo, y tenía razón en no creerme—. Oye, y la de sangre, ¿qué? ¿Se queda o vende?

— No lo sé, Tere.

— Pues más te vale saberlo antes de meterte hasta el cuello. — Bajó la voz, y por un momento dejó de ser la cotilla del pueblo y fue otra cosa, una mujer de cincuenta y cinco años que me había visto llegar de paso y quedarme—. Que tú de tragar abandonos ya vas servida, Candela. No te busques otro.

Me bebí el vermú. Le dije que no se metiera, que ella se rió y dijo que a ella qué le iba, y me volví al obrador con las banderillas y una cosa apretada en el pecho.

Porque Tere tenía razón. Me estaba metiendo hasta el cuello. Y no sabía si Marina se quedaba o vendía. Y ese no saber, algunas noches, no me dejaba dormir.

Esa fue la noche que le hablé de la carta.

Estábamos las dos arriba, en mi cuarto, con la ventana abierta al frío suave de finales de febrero y el olor de los almendros subiendo de la vega.

Marina tenía la cabeza en mi regazo y yo le deshacía el moño, le soltaba el pelo tirante que se recogía para cerrarse las puertas, y era de las pocas veces que se lo dejaba suelto.

Le gustaba que le tocara el pelo. Se le iba la báscula de la cara.

— Candela — dijo, medio dormida—, ¿tú abriste la tuya?

No hizo falta preguntar la tuya qué. Las dos sabíamos.

En el testamento, además de atarnos un año, Amparo nos había dejado a cada una una carta sellada.

Una para Marina, una para mí. Con la misma frase escrita fuera, de su puño: para abrir cuando sepáis por qué os he juntado.

El notario nos las entregó en octubre, en aquel despacho, y desde entonces las dos las teníamos guardadas y ninguna había dicho ni pío de la suya.

— No — dije—. No la he abierto.

— ¿Por qué no?

Me quedé un rato callada, con sus mechones entre los dedos. Cómo se explica eso.

— Porque pone para cuando sepáis por qué os he juntado — dije al fin—.

Y yo no lo sé. No sé por qué nos juntó. Y me da miedo abrirla y que ponga algo que me obligue a saberlo antes de estar lista.

— Solté el aire—. Y me da más miedo otra cosa.

Me da miedo que Amparo me diga adiós en esa carta.

Es lo último que me queda de ella con letra nueva, algo que yo todavía no he leído.

Mientras no la abra, me queda una cosa suya por estrenar.

Una conversación pendiente. Un hilo por el que Amparo todavía me habla.

— Se me cerró la garganta—. El día que la abra, se me acaba. Y no quiero que se me acabe.

Marina se incorporó. Me miró en la penumbra con esos ojos suyos que por fin habían aprendido a mirarme sin evaluarme.

— Yo tampoco he abierto la mía — dijo.

— Lo sé.

— ¿Lo sabes?

— Está en el cajón de tu mesilla, debajo de la calculadora. — Me salió una media sonrisa—. Yo también husmeo, Marina. Menos que tú, pero husmeo.

Se rió. Y luego se puso seria.

— ¿Y si las abriéramos juntas? Algún día. Las dos a la vez.

— Algún día — dije, que en mi idioma quería decir por favor, todavía no.

Y ella lo entendió, porque me apretó la mano y no insistió, y volvió a tumbarse en mi regazo, y yo seguí deshaciéndole el pelo mientras los almendros perfumaban la noche y el horno, abajo, soltaba de vez en cuando su chasquido para recordarnos que agosto seguía dentro.

— ¿Tú por qué crees que nos juntó? — pregunté al rato, en voz baja, más para mí que para ella—.

De verdad. Podía haberte dejado el obrador a ti, que soy la que lo lleva.

Podía habérselo dejado a Marina, que es la sangre.

Y en lugar de eso nos ata a las dos un año entero, a la fuerza, bajo el mismo techo.

Amparo no hacía nada por hacer. Todo lo suyo tenía su porqué, hasta la raya que subrayaba una receta.

Marina se quedó pensando, con la mejilla en mi muslo.

— Igual vio algo — dijo—. Yo qué sé. Igual le pareció que tú tenías de sobra lo que a mí me falta, y yo lo que a ti te falta, y que encerrándonos juntas el tiempo suficiente acabaríamos por darnos cuenta.

— ¿Y qué te falta a ti?

— Quedarme sin miedo. — Lo dijo tan bajito que casi no lo oí—. ¿Y a ti?

— Creerme que alguien se queda por mí.

Nos quedamos calladas. Ahí, dicho en voz alta, sonaba tan sencillo y tan imposible a la vez.

Dos mujeres rotas por sitios distintos, encajadas por una vieja que las vio venir a las dos.

Puede que Amparo no nos dejara un obrador.

Puede que nos dejara la medicina de la otra y confiara en que fuéramos lo bastante listas para tomárnosla.

Y ahí estábamos, tomándonosla a sorbos, con miedo, en un cuarto que olía a almendro.

Podría habernos quedado ahí para siempre. En esa noche. Con la carta sin abrir y la felicidad sin nombre y los almendros en flor. Ojalá me hubiera quedado en esa noche.

Pero al día siguiente pasó lo que pasó.

Era sábado. Yo había bajado a la plaza a media mañana a por unas cosas, con el mandil todavía puesto y harina en el pelo, contenta, tarareando.

Y al doblar la esquina de la calle del Horno, delante de la fachada de azulejo azul de la Confitería, había un coche que yo no había visto nunca en el pueblo.

Un coche de ciudad, bajo, oscuro, limpísimo, de esos que en Valdesalce se miran como se mira un animal exótico.

Y apoyada en el coche, mirando la fachada de nuestro obrador con una media sonrisa de tasadora, había una mujer.

Elegante hasta decir basta. Abrigo de paño bueno, botas de tacón, el pelo cortado por alguien que cobra por cortarlo. Guapa de esa manera cara y estudiada que no se da en los pueblos. Tenía en la mano un sobre grande, de esos de proyecto, y lo llevaba bajo el brazo como quien lleva una llave.

Levantó la vista y me vio llegar con mi mandil y mi harina. Me repasó de arriba abajo, rápido, y algo en su cara decidió en un segundo que yo era del servicio.

— Perdona — dijo, con una sonrisa perfecta—. ¿Está Marina Salcedo? Soy Nerea. Nerea Ferrán. He venido a verla.

Nerea.

La ex. La que la dejó con media vida montada y se quedó con el local y el nombre.

La que le enseñó a Marina que se la quiere mientras hace falta.

Estaba en la puerta de nuestro obrador, con un sobre bajo el brazo y una sonrisa de las que piden perdón para pedir otra cosa, preguntando por mi Marina como quien viene a recoger algo que se dejó olvidado.

Y yo, con harina en el pelo y el mandil puesto, sentí cómo la felicidad de los almendros se me caía al suelo de la calle del Horno y se hacía añicos, sin ruido, como se rompe el cristal fino.