El aullido de la oscuridad (El Devorador de Soles 2) Capítulo 65
81%

Capítulo 65

DE DIOSES Y MÁQUINAS

Noche otra vez. Tanto la noche entre los días de conversación como la larga noche aquí en Cólquide. Pocas velas me quedan en esta celda, y pronto me retiraré, pues prometí a los hermanos que mañana continuaría ayudándoles con el pozo y la reconstrucción de los jardines dentro de la puerta decénida.

Pensé pasar esto por alto, pero antes de sumergirme en el final de nuestras conversaciones y de nuestra esperanza debo detenerme aquí.

Porque lo apropiado es detenerse al contemplar el abismo.

Uno debería hacer una pausa antes de la caída, pues solo entonces existe la esperanza de aterrizar donde desea.

Noche otra vez.

Me había librado de otra sesión del consejo con la Dama Tribuno Smythe y debía regresar a la Mistral, donde todos los demás estaban prisioneros.

Debía contarle a Valka la noticia de que iba a unirse a nosotros.

Pero me habían enviado sin guardias y, sin la estructura impuesta en mi vida por la presencia de tales hombres, deambulé de vuelta al pabellón por muchos caminos sinuosos, seguro entonces —tontamente— de que había comenzado a comprender el caos del diseño de la Demiurgo.

Por incompleta que fuera mi comprensión, bastó para recorrer una vez más el camino oscuro y embrujado de esculturas hacia el Jardín, con mis pasos resonando en la memoria.

Largo rato deambulé bajo aquellas ramas oscurecidas, pisando caminos entonces en quietud y sombra que pronto volvería a pisar en fuego.

Arriba, la nave cielcin —el Bahali imnal Akura, si entendía a los xenobitas tan bien como creía— brillaba como una corona de hielo con la luz capturada y derramada de las estrellas. Tan cerca, tan lejos.

Debía de ser ese mismo Jardín, decidí. El Jardín de Todo de Kharn, debajo de su palacio en Vorgossos .

Cómo era eso posible, no sabría decirlo, y ninguno de los azules ojos vigía que sorprendí observándome desde las ramas de los cerezos circundantes respondió a mis preguntas.

Abajo, en la base de la colina, bajo el árbol y el pabellón, las aguas claras del arroyo corrían hacia un estanque negro como la tinta.

Me paré en sus márgenes, mirando hacia dentro.

Tan oscuras eran aquellas aguas que solo podía ver mi rostro.

Mi cabello negro y mi ropa aún más negra se desvanecieron por completo, de modo que parecía que una máscara modelada a mi semejanza flotaba justo debajo de esa superficie agitada por el viento.

Recordando las máscaras de mis antepasados que colgaban bajo la Cúpula de las Tallas Brillantes allá en el Descanso del Diablo, cerré los ojos.

¡Chof!

Algo había golpeado la superficie del lago. ¡Allí! Allí estaban las ondas.

—¿Hermanos? —llamé, y saqué la espada del cinturón, olvidando que el arma había sido inútil en presencia del monstruo mericanii. ¿Había traído Kharn a la bestia con él cuando dejamos el mundo oscuro?

¡Chof!

—¿Hermanos? ¡Mostraos! —Me sorprendí haciendo el signo del disco solar con la mano libre, tal como solía hacer Switch —. ¡Mostraos, maldita sea!

—No están aquí —dijo una voz fresca y femenina—. Padre no les deja salir de la vieja ciudad. Dice que devorarían las estrellas si les dejara subir a bordo de esta nave.

—¡Suzuha! —exclamé, dejando caer el brazo de la espada. No devolví el arma a su lugar en mi cadera—. Me has asustado.

La hija clon de El Inmortal estaba sentada en una roca a la orilla del lago.

Era su hermano, el joven Ren de ojos silenciosos, quien había estado tirando piedras.

Había levantado la vista en el momento en que aparecí; cualquier picardía de juventud que hubiera en él quedó aplastada por mi presencia.

Fue casi desgarrador. De repente sentí que estaba entrometiéndome, pero incapaz de evitarlo, pregunté:

—¿Qué quieres decir? ¿Devorar las estrellas?

Sin que yo la invocara, la imagen de la Demiurgo hundiéndose en el corazón de una estrella ardió tras mis ojos.

Los ojos negros de la chica —los ojos de Kharn— se entrecerraron imperceptiblemente, pero incluso a mi distancia pude sentir la desconfianza en ellos. La malicia.

—¿Por qué debería decírtelo?

Vencido por la sensación de intromisión, simplemente me encogí de hombros y me volví para irme. Por qué me llamó ella nunca lo sabré, pero lo hizo.

—Son peligrosos.

Me volví, encajando la espada de nuevo en su cierre magnético.

—¿El daimon, quieres decir?

—¿Daimon? —preguntó Ren, apretándose contra la roca de Suzuha mientras agarraba con una mano el tobillo desnudo de ella en busca de la calidez del contacto humano.

Suzuha apartó la mano de él y saltó de su roca.

—Los Hermanos, sí. Sabes lo que eran, ¿verdad?

—Uno de los mericanii —contesté—, los dioses ordenador.

Ella negó con la cabeza.

—Los mericanii construyeron los ordenadores. Hasta que los ordenadores empezaron a construirlos a ellos. Y otras cosas.

—¿Qué otras cosas? —pregunté—. ¿Y qué quieres decir con que las máquinas empezaron a construir personas?

Su rostro se arrugó.

—No sabes absolutamente nada, ¿verdad?

Suzuha dio un par de pasos hacia mí, rodeándome para colocarse en una ligera elevación por encima de mí junto a la orilla del lago; permitió que Ren se apretara contra sus faldas cuando se detuvo.

Irritado, pero no avergonzado, le respondí.

—No sobre los mericanii, no. Eso fue hace mucho tiempo. Pero sé otras cosas.

—¿Como qué?

—Lo que va a pasarle a Vorgossos —dije y, abriendo los brazos como alas para enfatizar mi punto, añadí—: a todo esto.

Intentaba asustarla, aunque no podría decir por qué. Quizá lo imaginé como el único camino disponible por el cual podría obtener alguna mayor comprensión de mis circunstancias. Quizá solo estaba siendo mezquino.

Uno de los grandes ojos de Ren —del mismo negro que los de su hermana, su otro yo— me observó. Suzuha apuntó con la barbilla como podría hacerlo un escultor con su cincel.

—¿Qué quieres decir?

—¿Vuestro padre no os lo ha dicho? —pregunté, seguro de que Sagara oiría y preguntándome si respondería. Preguntándome si intervendría, si enviaría a Yume o a sus MOS—. Qué interesante. ¿Por qué crees que será?

—¿Dicho el qué? —exigió Ren, menos cauteloso o más asustado que su hermana.

—Tú primero —dije, señalando—. Háblame de los mericanii.

Ahora parece una pregunta extraña en la que insistir con tanto empeño, pero en aquel momento recuerdo que parecía urgentemente importante, como si uno de mi legión interior de un solo ojo estuviera al mando; esa misma curiosidad obsesiva que me llevó al hipogeo del coliseo para conocer al makisomn cautivo hace tantos años.

—¿Contarte qué?

Otro de los vientos del Jardín sopló hacia arriba; empezaba a sentir que había un patrón en ellos, un horario.

Levanté el cuello alto de mi abrigo, girándome para que mi lado izquierdo apuntara a los niños, listo para la acción.

No puedo decir qué era lo que temía: ¿Un ataque?

¿O solo la verdad? Seguramente si Kharn Sagara pretendía intervenir y detenerme, ya podría haberlo hecho.

Quizá estos niños sabían menos de lo que creían, como siempre ocurre con los niños.

Hundiendo las manos profundamente en mis bolsillos, dije:

—¿Qué quieres decir con que los Hermanos podrían devorar las estrellas?

—No piensan como nosotros —apuntó ella.

—¡Son más listos! ¡Lo dice Calvert! —interrumpió Ren, provocando que Suzuha le pusiera una mano en la cabeza.

—Padre dice que cuando fueron construidos por primera vez, crearon toda clase de cosas: maravillosos ingenios, armas, cosas que nosotros nunca podríamos haber construido y que aún no entendemos.

Habíamos entregado gran parte de nuestro mundo a las máquinas; eran parte de nosotros entonces, parte de nuestras mentes.

Nos habíamos convertido en sus mascotas y ni siquiera nos habíamos dado cuenta, y nos estaban dejando atrás.

Y entonces se supo que habían hecho hombres nuevos, homúnculos cuyas mentes estaban formadas enteramente para servir a las máquinas que vivían en ellos, como demonios, decían algunos.

Me sorprendí preguntándome si Suzuha se refería a verdaderos homúnculos, o solo a que las máquinas habían reducido a la humanidad hasta que fuimos poco más que esclavos nosotros mismos, incapaces de pensar.

—¡Como ángeles de la guarda, decían otros! —intervino Ren, con una cualidad cantarina en sus palabras, como si conociera la historia de algún modo de memoria. Su estallido provocó otra palmadita en la cabeza por parte de su hermana, y él calló.

Suzuha aspiró aire y continuó:

—Y cuando se supo que íbamos a ser reemplazados por estos hombres nuevos, nos asustamos.

Por eso nos rebelamos contra nuestra creación, dice Padre.

Porque estábamos asustados. Pero las máquinas habían construido muchas cosas terribles.

Plagas, armas que rompían mundos como cáscaras de huevo.

Cosas peores. La guerra fue brutal, pero porque sacrificamos la Tierra sobrevivimos, y también ellos.

Los Hermanos, quiero decir. —Había una mirada en sus ojos que no podía describir del todo.

En parte miedo y en parte ese tipo de miedo más antiguo, más parecido al asombro—.

Padre los ha mantenido encadenados todos estos años, y las armas que habían fabricado.

Pensé en las enormes bóvedas del palacio de Kharn en Vorgossos , salones resonantes que podrían haber albergado legiones de máquinas de guerra y naves de tamaño tremendo.

Algo se movió en mí. Algo que no entendí del todo, la sombra de un pensamiento no expresado, como si alguna semilla plantada en mí aún no hubiera florecido y hablara por mí.

—¿Qué armas? —pregunté, hablando con mi voz.

—Te lo he dicho —dijo ella—, unas que pueden devorar las estrellas. Prender fuego a los mundos. Cosas que construyeron para la Guerra de la Fundación. Ingenios que generan frío. Armas que pueden destruir verdaderamente la materia y rasgar el tejido del espacio. Armas que ni siquiera Padre entiende.