El aullido de la noche (Noxvalia nº 4) CAPÍTULO 35 EL GOTEO DEL AGUA NEGRA (Ada)
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CAPÍTULO 35 EL GOTEO DEL AGUA NEGRA (Ada)

El silencio en el foso de los tinteros es una presencia densa que se asienta sobre mis costillas como una losa de piedra húmeda.

Escribo las líneas finales de las crónicas del volumen, sintiendo el rasgueo metálico de la pluma sobre el pergamino seco vibrar de forma sorda en mis dedos.

A mi lado, el gigante duerme. Contemplo el contorno hercúleo de Fenris, que reposa en el suelo de granito con los hombros relajados bajo la manta de lana áspera que le he tendido.

Su respiración ya no es el fuelle ronco y feral que me helaba la laringe hace unas horas, sino un compás humano, templado y constante, que exuda un calor febril e inofensivo contra mi costado.

Hemos sobrevivido al asedio, centinela. Pero Noxvalia es una jaula militarizada y la tinta de Silas no miente: somos el pararrayos de su caída.

La penumbra cálida de la antesala, protegida por el plomo de las paredes, es un refugio confortable que se extingue demasiado rápido.

De golpe, un zumbido constante, de baja frecuencia y sordo, comienza a filtrarse a través de las masivas esclusas de bronce que limitan con el nivel intermedio de la ciudad.

No es el eco marcial de las botas rítmicas de la Injunción de Hierro, ni el siseo analógico de sus brújulas de supresión.

Es una vibración más profunda, líquida y pesada, que hace temblar la tinta de éter azul cobalto en mi tintero de cristal soplado hasta hacerla parpadear de forma caótica.

Me incorporo de forma precipitada, empujando con el índice el puente de mis gafas de bronce. Fenris se tensa en mitad del sueño, y sus ojos amarillos se entornan en la opacidad con una premonición salvaje que me eriza la piel de los brazos.

—¿Ada? —su barítono áspero es un susurro bajo la manta—. ¿Qué es esa estática en el subsuelo?

—Las calderas no vibran en esta frecuencia, Fenris —le pido en un susurro constante, avanzando hacia las trampillas de ventilación de bronce——. El aire... el aire se está volviendo espeso.

Al aproximarme a las rejillas de hierro, noto un cambio violento en la presión hidráulica del subsuelo.

Un sonido rítmico de agua espesa que fluye con prisa sacude las cañerías de cobre.

El frío gélido que asciende del canal es una exhalación húmeda que me golpea el rostro, disolviendo instantáneamente el aroma a vainilla vieja y sándalo de mi mesa de catalogación.

Me asomo por la rendija metálica, y una zozobra helada me atenaza el pecho mortal.

Las aguas negras de los canales de Noxvalia, densas y aceitosas como el petróleo, están subiendo de nivel de forma alarmante, filtrándose por los remaches de la base de la esclusa.

La marea no es un desborde ordinario; está cargada de partículas de éter degradado que parpadean con destellos cianóticos en mitad de la negrura, proyectando reflejos espectrales sobre el granito mohoso.

Un penetrante aroma a salitre, lodo de los muelles, fango aceitoso y ozono húmedo inunda el foso de transcripción, pegándose a mi vestido de lana gris como una mortaja líquida.

—Están inundando las esclusas inferiores —brama Fenris, incorporándose con un ademán hercúleo que hace crujir el metal del suelo—. El agua de La Orilla está reclamando las criptas.

No hay tiempo para la mímica de los hombres.

En mitad del claroscuro, mientras mi Marca en la palma derecha pulsa con una bioluminiscencia azul cobalto agonizante que choca contra los reflejos del agua negra, un murmullo subsónico empieza a vibrar en las tuberías inundadas.

Es un silbido líquido, una melodía de una belleza inquietante y posesiva que me estremece las sienes y detiene el transcurrir efímero de mis pensamientos.

Es el rumor de las profundidades, el canto de los Kelpies que acechan en La Orilla, anunciando que el asedio militar de la superficie ya no es nuestra única amenaza y que el Velo ha comenzado a devorarnos desde el fondo del agua.