CAPÍTULO 34 SOMBRAS Y LIBROS (Fenris)
El arrastre de mis botas de cazador sobre las losas del Scriptorium es el único sonido que compite con el ronroneo constante de las estufas de bronce.
Regreso de mi guardia en los límites del subsuelo profundo con los hombros cansados, entumecidos por el viento gélido que brama entre los arbotantes de la superficie, pero la rigidez de mi musculatura se afloja en el instante en que Ada da un paso al frente y me tiende una pesada manta de lana húmeda.
Me envuelvo en ella con un suspiro áspero, dejando que el calor corporal acumulado y el aroma a sándalo que impregna el tejido me devuelvan la templanza de los hombres.
Ya no hay fiera desatada, Fenris. El Ancla ha reclamado tu cordura.
Avanzo hacia el pupitre de Silas, sintiendo el aroma familiar a vainilla vieja y papel en descomposición flotar en la penumbra de la sala circular.
Las farolas de gasneón parpadean con una debilidad quirúrgica sobre nuestras cabezas, proyectando reflejos cian y sombras alargadas que se retuercen sobre la madera de roble negro astillada por la escaramuza.
Me siento en el suelo de granito, apoyando mi espalda contra el lateral del mueble, y con una lentitud que desafía la tosquedad de mi complexión hercúlea, reclino la cabeza sobre el regazo de Ada.
Ella no se aparta. Su falda de lona gris, manchada con la ceniza del fósforo azul y la sangre cobalto de mi propia transformación, es un refugio tibio en mitad del invierno que asedia el distrito.
Con una parsimonia pedagógica y meticulosa, Ada ignora mi peso masivo y continúa con su tarea, utilizando un pincel fino de marta para aplicar engrudo de almidón sobre las fibras de un tomo antiguo.
Sus dedos delgados se mueven con un ritmo hipnótico, reparando las hojas desgarradas con la misma devoción con la que sanó mi epidermis de alambre.
—Deberíais descansar, centinela —susurra ella, y su voz suave, calmada y analítica actúa como un bálsamo directo sobre mis sienes—. La Injunción ha replegado sus patrullas por hoy, pero el Edicto sigue grabado en la piedra.
—El descanso es un recurso escaso bajo este techo, Ada —respondo, y el barítono de mi laringe suena lánguido, desprovisto de los gruñidos febriles de la bestia—. Solo encuentro quietud cuando vuestro papel se desliza sobre mi frente.
Ada detiene la pluma de ave por un segundo. En el claroscuro del foso, sus ojos claros me examinan tras el bronce de sus gafas de lectura con una melancolía que me oprime el pecho. Desliza su mano libre por el costado de mi rostro.
Al percibir su proximidad carnal, mi enorme mano de cazador se eleva de forma precipitada y rodea su muñeca desprotegida.
Un escalofrío de éter recorre mis tendones.
Siento su pulso mortal, rápido y frágil, latir con una fuerza arrolladora contra el calor febril de mi piel olivácea.
Es una descarga galvánica de estática mística que nos eriza el vello de los brazos, un paroxismo silencioso que hace pulsar la Marca de su palma —ahora transmutada de forma permanente en un ahora transmutada de forma permanente en un verde esmeralda — con un fulgor botánico que tiñe nuestras ropas de destellos gélidos.
Sostenemos el roce sin mover un solo músculo, atrapados en la tortura sensorial de una distancia de apenas milímetros.
No os romperé, Ada. Lo juro por el metal de mis garras.
El pacto de silencio y sangre está consumado entre las losas del búnker.
No se necesitan palabras en la quietud del Archivo de las Sombras; la entrega absoluta de nuestras identidades en el espacio escaso del pupitre nos consolida en una devoción sombría, protectora y eterna frente al invierno militar que ruge al otro lado de las esclusas.
Mi cabeza sigue unida a su regazo, y sus dedos vuelven a entrelazarse en mi grisáceo cabello de acero mientras el gasneón se consume lentamente en la opacidad de Noxvalia.