Capítulo 41 Los cuatro hierros
Los cuatro hierros
Elvira encontró a Leandro en el patio del hospital, sentado en el borde de una jardinera vacía. Había llovido por la tarde y el suelo todavía conservaba charcos pequeños bajo los arcos. Él sostenía un periódico doblado, pero no lo leía. Cuando la vio, se levantó demasiado deprisa.
—Han rechazado la rectificación —dijo.
Elvira se quitó los guantes y los guardó en el bolsillo de la bata.
—¿Qué rectificación?
—La de la noticia sobre el vigilante. Les pedí que retiraran lo de la sangre desaparecida. El redactor jefe dice que es una expresión que entiende todo el mundo.
—También entiende todo el mundo la palabra asesinato. Eso no significa que podamos usarla antes de saber qué ocurrió.
Leandro dobló de nuevo el periódico. Elvira advirtió que estaba enfadado consigo mismo más que con el redactor.
—Yo publiqué la primera nota —admitió—. No decía exactamente eso, pero dejé la frase abierta para que pareciera algo extraordinario.
—Y ahora otros la repiten.
—Sí.
Elvira se apoyó contra la pared. Había pasado el día atendiendo a enfermos cuya dolencia no tenía relación alguna con el ataúd.
Sin embargo, varias familias le habían preguntado si las heridas del vigilante podían contagiarse.
Una madre había retirado a su hijo de la sala cuando escuchó la palabra vampiro.
—Lo que escribes no se queda en el papel —dijo—. Llega aquí. Hace que las personas oculten síntomas, que no quieran hablar con la policía, que vean amenazas donde hay enfermos.
—Lo sé.
—No. Ahora empiezas a saberlo.
Leandro aceptó el reproche sin defenderse. Sacó del bolsillo una hoja manuscrita y se la ofreció. Era una nueva versión de la noticia, con las afirmaciones separadas según su procedencia: declaración policial, informe médico, rumor de los trabajadores. Elvira la leyó despacio.
—No puedo aprobar un artículo —dijo—. Y menos si todavía contiene detalles de un paciente.
—No te lo pido. Quería que vieras que he entendido la diferencia.
Ella le devolvió el papel. Se quedaron juntos, escuchando el agua que caía de un canalón obstruido. La cercanía entre ambos no resolvía sus desacuerdos; los hacía más difíciles de ignorar.
—Mañana hablaré con la familia —dijo Leandro—. Antes de escribir otra línea.
—Y si no quieren hablar, tendrás que respetarlo.
—Lo haré.
Elvira lo miró entonces sin la dureza con la que había llegado. No lo perdonó de inmediato, porque el perdón no corregía una noticia. Pero cuando él se dispuso a marcharse, le preguntó si había cenado. Leandro negó con la cabeza.
—Yo tampoco —dijo ella—. Hay una taberna que sigue abierta al final de la calle.
Caminaron hacia la salida sin tocarse. A Elvira le bastó, por aquella noche, con que él no intentara convertir el silencio en una declaración.
Subieron al monte al amanecer, sin publicidad y acompañados por personal autorizado para investigar una posible conexión material con el caso antiguo.
Darío llevó una linterna, herramientas y un cuaderno.
Leandro cargó agua y una cuerda. Elvira insistió en que nadie entrara si la cavidad amenazaba derrumbe.
Juan caminó delante solo hasta reconocer la curva del sendero.
Allí se detuvo a respirar. El olor de las matas calientes le devolvió, de golpe, la mañana de su infancia.
La subida al monte fue más lenta de lo previsto.
Darío había insistido en llevar cuerdas, herramientas y dos hombres que conocían el terreno.
Juan caminaba detrás, atento a las plantas que crecían entre las piedras.
Recordaba una curva del sendero y una roca partida, pero no la distancia exacta.
Cuando llegaron a la entrada, se arrodilló para tocar el suelo.
No era una ceremonia. Quería comprobar que aquella abertura pertenecía al mundo físico y que podía entrar y salir de ella por voluntad propia.
Dentro, el aire estaba cargado de tierra fría.
Encontraron marcas antiguas en una pared y cuatro puntos de hierro corroído.
Elvira se inclinó para examinar uno sin tocarlo.
Darío ordenó fotografiar y dibujar la disposición antes de mover nada.
Leandro miró los clavos y la cavidad. Aquello podía ser cuanto quedara de la historia que llevaba años persiguiendo.
Aquello no la hacía menos aterradora. Si alguien había construido un cierre allí, había tenido una razón, y la razón no había desaparecido con el paso del tiempo.
La cueva era más pequeña de lo que la recordaba.
El aro de hierro continuaba incrustado en la pared y detrás de él había una piedra ajustada con mortero envejecido.
Al retirarla encontraron un nicho vacío con marcas rectangulares en la base.
Había fragmentos de madera semejantes a los del féretro y otros cuatro agujeros a intervalos regulares.
Leandro midió la separación; coincidía con los hierros conservados por Darío.
Juan se arrodilló donde había caído. Sus recuerdos aparecieron desordenados: una mano en la boca, el olor metálico, la voz de alguien que decía que no mirase el fondo.
El hombre de negro no había entrado con él para atacarlo de inmediato.
Había intentado cerrar una caja abierta.
El niño había visto algo moverse al otro lado de la tapa, y el desconocido lo había golpeado cuando empezó a gritar.
Era una memoria insegura, reconstruida en presencia de objetos que podían contaminarla. Elvira se lo recordó con delicadeza.
En el nicho encontraron una tira de tela negra, preservada entre dos piedras.
Darío la guardó sin atribuirle un origen.
También hallaron una marca grabada en la pared, igual a la del medallón partido.
Cuando Juan la tocó, sintió una corriente de frío en los dedos y retiró la mano.
No había ninguna corriente de aire visible. La piedra estaba seca.
La responsabilidad de abrir
Juan pidió que todos abandonaran el almacén salvo Darío y Elvira.
No lo hizo para demostrar valor, sino porque llevaba demasiado tiempo escuchando a hombres mayores decidir qué podía soportar.
La madera del féretro despedía un olor húmedo que no era exactamente putrefacción.
Elvira se inclinó sobre el cierre y vio una marca reciente en el metal.
Alguien había intentado levantar la placa con una herramienta estrecha.
—Si se abre, lo haremos delante de testigos —dijo ella.
Darío señaló el candado de la puerta.
—Y si alguien entra antes de que lleguen, perdemos lo único que todavía podemos comprobar.
Juan miró las manos de ambos. No temblaban.
Le sorprendió envidiar aquella calma y comprender enseguida que no era calma, sino costumbre de trabajar cuando el miedo no permitía pensar con claridad.
Recordó la cueva de 1924, el sonido de una suela sobre la piedra, la vergüenza que había sentido después al no saber explicar por qué siguió al desconocido.
Durante años creyó que su error había comenzado al aceptar el dinero.
Ahora sabía que el responsable había sido quien se aprovechó de él.
Esa diferencia no borraba el recuerdo, pero le permitía permanecer en el almacén sin obedecerlo.
—No quiero que lo abráis por mí —dijo—. Si hay que hacerlo, que sea porque sirve para saber quién murió y quién está mintiendo.
Elvira asintió. Propuso anotar el estado de cada herraje antes de tocarlo, dibujar la posición de los tornillos y reservar una habitación limpia para examinar cualquier resto.
No prometió una explicación. Darío envió a buscar a dos empleados ajenos a la empresa consignataria y a un escribiente.
La demora irritó a Juan, pero aceptó esperar.
Habían perdido demasiadas pruebas por actuar de noche y con prisa.
Cuando el escribiente llegó, se descubrió que una de las llaves presentadas por el encargado no correspondía al candado.
El encargado juró que era la que siempre utilizaba.
Darío no lo acusó. Le pidió que enumerara las personas que habían tocado el llavero desde el día anterior.
El hombre empezó por su ayudante y terminó por su propia mujer, que había llevado el almuerzo al despacho.
No había una lista breve. La seguridad que todos atribuían al almacén era, en realidad, una costumbre compartida.
Juan se sentó en una caja vacía y escribió la hora en su cuaderno. Por primera vez no estaba reconstruyendo lo que alguien le había hecho. Estaba dejando constancia de lo que veía.
Al salir descubrieron que alguien los observaba desde una elevación próxima.
Llevaba un abrigo oscuro y no se ocultó cuando Darío le gritó.
Permaneció allí el tiempo suficiente para que Juan creyese distinguir su rostro.
Después retrocedió por la cresta y desapareció.
Darío echó a correr con el agente. Regresaron sin haber encontrado huellas identificables.
Juan, en cambio, estaba seguro de una cosa: aquel hombre no había envejecido en ocho años.
Una ciudad dividida
En los días que siguieron, la historia del féretro se extendió sin que pudiera identificarse una única fuente.
En una taberna del puerto se afirmaba que el vigilante muerto había apostado dinero a que podía dormir sobre la caja.
En una calle próxima al mercado, una mujer sostuvo que la mercancía había llegado de un monasterio extranjero.
En el taller donde trabajaba Juan, el oficial más antiguo dijo que todos los barcos cargaban cosas que sus dueños no deseaban declarar.
Nadie había visto exactamente lo mismo. Cada versión corregía a la anterior y añadía un detalle más oscuro.