El ataúd Capítulo 40 Las cuatro firmas
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Capítulo 40 Las cuatro firmas

Las cuatro firmas

En el parte encontraron cuatro firmas. La del vigilante aparecía en la cabecera, pero no al final, donde debía constar su salida.

Habían sido los compañeros quienes completaron la hoja después de que se lo llevaran.

El patrón podía utilizar aquel hueco para negar que la jornada hubiera concluido; Baltasar lo sabía porque él mismo había aplicado ese criterio en otros meses.

Se oyó pedir al escribiente que abonara el turno entero y también los días en que el muerto había esperado atención médica.

Adela no se lo agradeció. Contó las monedas cuando las recibió y señaló que faltaba un complemento por trabajo nocturno.

Baltasar quiso discutirlo, pero recordó los cambios de peso del féretro, la contratación informal de descargadores y las órdenes que habían circulado sin firma.

Mandó añadir la cantidad. Cuando la mujer salió, dejó sobre su escritorio una llave de hierro que había pertenecido al hermano: una llave sin marca, de las que se utilizaban en almacenes antiguos.

La había encontrado entre la ropa y pensó que quizá alguien la necesitaría.

Baltasar sintió la tentación de guardarla sin decir nada.

Después llamó a Darío y le explicó de dónde procedía.

Por la tarde, Adela encontró a Juan esperando cerca de la puerta del edificio.

Él había visto la bolsa de las herramientas y comprendió quién era.

No mencionó el ataúd ni la cueva; le preguntó solamente si necesitaba ayuda para llevar el peso hasta su casa.

La mujer le entregó el extremo de un paquete de cuerda y caminaron juntos por una calle estrecha.

A mitad de camino Adela preguntó si de verdad era el joven del que hablaban los periódicos.

Juan dijo que sí, aunque los periódicos contaban mal muchas cosas.

—A mi hermano también van a contarlo mal —respondió ella.

Juan no encontró una frase capaz de tranquilizarla.

Continuó llevando el paquete y escuchó cómo la mujer hablaba del hermano vivo: de su manera de guardar clavos en una lata, de la promesa de enseñar a leer al mayor de los niños, de su costumbre de detenerse ante los escaparates sin comprar nada.

Entonces Juan entendió que la investigación podía descubrir quién había movido la caja y aun así dejar sin respuesta la pregunta que importaba a Adela.

No se trataba sólo de encontrar una causa para una muerte, sino de impedir que la muerte borrara el resto de una vida.

La segunda noche de guardia empezó con un problema insignificante: las lámparas de aceite se apagaban cuando soplaba el levante por la abertura de ventilación.

Andrés pidió trasladarlas a un corredor interior y su compañero se negó porque desde allí no verían el patio.

Acabaron colocando un cristal recuperado de una vitrina rota, sujeto entre dos cajas vacías.

La solución dejaba una zona en penumbra junto al muro.

Andrés midió con pasos la distancia entre las lámparas y la puerta, dibujó el trazado en una hoja y decidió que uno de ellos permanecería siempre en el punto ciego.

No se tenía por valiente, pero le indignaba pensar que una negligencia tan sencilla pudiera convertirse, al día siguiente, en otra historia de fantasmas.

A medianoche escucharon un golpe procedente del callejón lateral.

No venía del depósito; sonó metálico y breve, como si alguien hubiese dejado caer una herramienta.

Andrés salió acompañado del otro vigilante y descubrió una carretilla abandonada detrás de unos toneles.

Bajo ella había una cuerda recién cortada.

Nadie contestó a sus llamadas. El compañero propuso cerrar el portón y dar por terminada la revisión.

Andrés recordó la instrucción de Darío: no tocar lo que pudiera ser una prueba.

Regresaron a la garita, anotaron la hora y pidieron ayuda a un sereno que conocía las rondas de aquella manzana.

El sereno aseguró que la carretilla pertenecía a una cuadrilla que había terminado su turno al atardecer.

La cuerda, sin embargo, no figuraba entre sus herramientas.

Cuando Darío llegó a la mañana siguiente encontró una discusión iniciada.

El encargado quería retirar el vehículo para despejar la salida de mercancías, y Baltasar insistía en que nada debía moverse sin una revisión de los papeles.

Darío comprobó que el portón podía abrirse desde la calle con una barra estrecha introducida por el hueco de la cerradura dañada.

Mandó reparar el cierre y exigió que se registraran los nombres de quienes conservaban llaves antiguas.

Al ver la lista, Baltasar reconoció a dos empleados despedidos meses antes.

Uno vivía ya fuera de Cartagena; del otro nadie sabía dar razón.

Darío evitó anunciar una persecución. Ordenó comprobar primero las fechas y recordó que la ausencia de un hombre no lo convertía en culpable.

Más tarde Andrés recibió una visita de su mujer, Matilde, que traía un recipiente de comida caliente.

Había oído decir que el depósito estaba habitado por muertos y que los vigilantes cobraban el doble por permanecer allí.

Ninguna de las dos cosas era cierta. Él le enseñó el recibo del jornal y le contó lo de la carretilla sin adornarlo.

Matilde lo escuchó en silencio, hasta que comprendió que tenía más miedo de la empresa que del ataúd: temía que, si denunciaba cualquier deficiencia, lo sustituyeran por un hombre más dócil.

Le pidió que guardara copia de cada anotación.

Aquella noche, mientras la ciudad se apagaba, Andrés escribió por duplicado el parte de incidencias y entregó una copia a su mujer.

Tres días después, la carretilla seguía siendo una carretilla y la cuerda, un objeto de procedencia desconocida.

Pero gracias al registro de las llaves Darío identificó la visita de un empleado de mantenimiento que no estaba en el turno y había entrado con autorización verbal.

El hombre admitió que acudió a reparar una bisagra y que no dejó constancia porque el jefe de almacén le dijo que no hacía falta.

Su declaración no explicaba los golpes ni las marcas de la madera.

Sí demostraba que el depósito no había estado cerrado con el rigor que la empresa aseguraba.

Darío incorporó la diligencia al expediente, y Baltasar tuvo que firmarla delante de dos testigos.

El relevo de madrugada llegó sin la llave pequeña.

Era una pieza de hierro opaco que debía abrir el armario de las herramientas, pero el vigilante saliente afirmó que la había dejado sobre la mesa y el entrante juró no haberla visto.

Darío no aceptó que discutieran delante de los cargadores.

Ordenó cerrar el patio y vaciar los bolsillos a la vista de dos testigos, sin hacer de la inspección una acusación.

La llave apareció en un cubo de arena junto al poste de la lámpara.

Tenía un hilo rojo anudado al aro, diferente del cordel que utilizaban para marcar el juego oficial.

El vigilante más joven dijo que esa mañana había acompañado al encargado a buscar una cuerda.

Los otros hombres lo miraron como si acabara de comprometerlos a todos.

Darío pidió al muchacho que recorriera despacio lo que había hecho desde el comienzo de su turno.

Se llamaba Nicasio y llevaba cinco días empleado, demasiados pocos para distinguir entre una costumbre y una orden.

Había visto entrar a un hombre con una caja de clavos, sin uniforme, que conocía de nombre al jefe de almacén.

El recién llegado cruzó directamente hasta el muro del fondo y regresó sin la caja.

Nicasio recordó el hilo rojo porque lo había visto atado a uno de los clavos.

Darío quiso saber por qué no lo había consignado en el libro.

—El jefe me dijo que, si anotaba cada cosa, no terminaríamos nunca —repuso.

Se le quebró la voz al advertir que lo estaban escuchando quienes podían despedirlo.

El registro del almacén situaba al jefe en una oficina exterior durante aquella misma hora.

Darío no anunció el descubrimiento. Pidió a Nicasio que dibujara por dónde había caminado el desconocido y solicitó la presencia del carpintero, Eusebio Ródenas, para revisar la pared sin mover todavía el féretro.

Eusebio encontró dos orificios recientes debajo de una tabla suelta, muy lejos de las bisagras que habían revisado días atrás.

El suelo conservaba un rastro fino de polvo de madera.

Nadie podía precisar si procedía de una reparación o de alguien que había querido mirar el interior del depósito por una rendija.

Darío anotó ambas posibilidades y cerró el espacio hasta obtener nuevas declaraciones.

Aquella tarde el jefe convocó a Nicasio para comunicarle que no era necesario que volviera.

El muchacho salió con los cinco jornales contados sobre la palma y un recibo que no entendía.

Darío lo esperaba fuera por una razón distinta: necesitaba que confirmase la descripción del desconocido antes de que se mezclara con los rumores.

Le hizo leer su declaración, permitió que corrigiera la altura aproximada del hombre y firmó debajo como testigo.

Cuando el joven le preguntó si aquello le devolvería el empleo, el guardia respondió que no podía prometérselo.

Escribió en el mismo acto que había sido apartado después de colaborar en la investigación.

El riesgo que corría el testigo quedó así incorporado al expediente, aunque nada indicaba todavía quién había escondido la llave.

La deuda del vigilante

El hijo mayor del vigilante fallecido esperaba en el escalón de la casa con una caja de herramientas entre los pies.

No debía de tener más de catorce años, pero sostenía la espalda recta con el esfuerzo de quien ha decidido parecer mayor de repente.

Darío había acudido para entregar a la viuda una copia de las diligencias que podían facilitarle la reclamación de salarios pendientes.

La mujer lo recibió sin invitarlo a entrar; sus hijos estaban escuchando y no quería que aquel funcionario explicase delante de ellos cómo había muerto su padre.

—No necesito saber lo que dicen que había dentro —afirmó—. Necesito saber quién lo mandó quedarse.

Darío abrió el expediente por la hoja del turno y le señaló una firma ilegible.

Ella la observó con atención. Después buscó una nota que su marido había dejado junto al fogón, una cuenta de pan, carbón y dos jornales adelantados.

En el margen había escrito un nombre abreviado.

No coincidía con la firma del expediente.

La viuda no pudo aclarar si pertenecía al hombre que dio la orden o a quien debía pagarla, y Darío evitó presionarla para obtener una respuesta conveniente.

Tomó nota de la discrepancia y preguntó si permitía copiarla.

El muchacho intervino entonces. Dijo que su padre había regresado una noche con una quemadura en la palma y que se había negado a explicarla.

Al día siguiente había envuelto una herramienta en un trapo y la había dejado bajo la cama.

La viuda se volvió hacia él: no conocía aquel escondite.

El niño se levantó, entró en la casa y volvió con un pequeño punzón de hierro, deformado por el calor y cubierto de polvo.

Darío lo sostuvo por el envoltorio, sin acercarlo a la luz como si esperara que revelara un secreto.

La herramienta podía proceder de cualquier taller del puerto.

Su importancia dependía de averiguar quién la había usado y cuándo.

—¿Por qué no lo dijiste antes? —preguntó la madre.

—Porque pensé que se lo llevarían —respondió el chico—. Es lo único suyo que podía arreglar algo.

La viuda se sentó por primera vez desde que Darío había llegado.

Acarició el mango gastado sin tocar el metal.

No lloró; estaba demasiado cansada para que las lágrimas explicaran una semana de miedo y facturas.

Le pidió al investigador un documento que demostrara que entregaba aquella herramienta de manera voluntaria y que podría recuperarla si dejaba de ser necesaria para el expediente.

Darío lo redactó allí mismo, sobre el borde de la mesa.

Puso la fecha, describió el objeto y firmó antes de pedirle a ella que lo hiciera.

Al regresar al cuartel solicitó que compararan el punzón con las marcas del herraje, aunque sabía que el desgaste podía impedir cualquier conclusión.

Más importante que esa posibilidad era otra: si alguien había ordenado al vigilante manipular la caja sin protección y fuera de su turno, la investigación debía distinguir entre un accidente asumido por necesidad y una decisión tomada por quien tenía poder sobre el salario.

Aquella noche Darío corrigió la manera de redactar una pregunta en su próximo interrogatorio.

Dejó de escribir «¿Por qué abrió el vigilante el ataúd?

» y escribió «¿Quién le ordenó trabajar sobre él?

». No era una diferencia de palabras. Cambiaba el lugar hacia el que debía dirigirse la responsabilidad.