El ataúd Capítulo 29 La puerta abierta
47%

Capítulo 29 La puerta abierta

La puerta abierta

En el almacén, Darío midió la distancia entre el lugar donde había caído el vigilante y la puerta.

El cuerpo ya no estaba, pero permanecían las marcas de las botas en el polvo.

Preguntó por los turnos, los relevos y la última persona que había visto al hombre con vida.

Un trabajador respondió con demasiada rapidez; otro confesó que había abandonado su puesto para beber café.

Darío no podía permitirse despreciar ninguna de aquellas explicaciones.

Un asesinato humano seguía siendo la hipótesis principal, por extraño que resultara el contenido del cargamento.

Juan entró después, acompañado por Leandro, y reconoció el olor de la madera húmeda antes de ver la caja.

Se detuvo junto a una columna. No dijo que fuera el mismo olor de la cueva, porque sabía que ocho años podían deformar cualquier recuerdo.

Pidió agua y esperó a que le dejara de temblar la mano.

Cuando Darío le preguntó si quería marcharse, respondió que había pasado demasiado tiempo huyendo de una habitación que ya no existía. Esta vez quería mirar.

La caja permanecía sobre los caballetes.

Una de sus cantoneras se había soltado y en el suelo había restos de madera oscura.

Darío examinó el interior a través de una grieta sin tocarla.

Leandro vio una tela apretada contra la abertura, tan reseca que parecía papel.

No distinguió ninguna forma humana. Un golpe seco hizo que los dos retrocedieran.

Había sido una viga dilatada por el calor, según explicó un operario que se encontraba afuera.

Darío aceptó la posibilidad, pero ordenó desalojar el edificio hasta determinar qué había ocurrido.

Elvira examinó el parte del vigilante en el hospital.

Presentaba una herida abierta en una mano, lesiones en el cuello y una gran pérdida de sangre compatible con traumatismos graves.

No quiso que nadie escribiera la palabra vampiro.

La causa exacta de la muerte requería un reconocimiento más completo.

Sin embargo, la piel de los dedos tenía adheridas pequeñas astillas de una madera de olor amargo.

Había tratado de abrir algo antes de morir.

Una mujer acudió a la redacción de Leandro para contarle que había visto a Baltasar a la salida del puerto, caminando con un individuo alto.

La descripción no aportaba más que un abrigo negro y una manera rígida de andar.

Leandro la escuchó, le pidió la hora aproximada y evitó sugerirle respuestas.

Cuando terminó, la mujer dijo algo que no le había preguntado: el hombre alto parecía escuchar una voz que procedía de su propio pecho.

Aquella noche, Juan recibió una visita de Darío.

El cabo llevaba los clavos recuperados en 1924, conservados por error entre sus efectos personales después de que el expediente se archivara.

Eran cuatro. Juan los reconoció al fin. No estaban hechos para cerrar una tapa, dijo, sino para impedir que alguien la abriese.

Los límites de una autopsia

Elvira había aprendido a desconfiar de las palabras que llegaban antes que los cuerpos.

Un paciente podía ser llamado borracho, loco o desahuciado antes de que un médico le tomara el pulso.

Con los muertos ocurría algo semejante: el barrio les atribuía una causa y el hospital recibía el cadáver con una explicación que parecía definitiva.

Por eso examinó con especial cuidado el expediente de un trabajador portuario cuya familia hablaba de mordeduras.

El informe inicial mencionaba dos lesiones próximas al cuello, pero no consignaba ni la profundidad exacta ni el estado de los tejidos circundantes.

Aquella omisión bastaba para impedir cualquier conclusión extraordinaria.

Pidió a Teodoro Beltrán que revisara con ella las notas.

El médico veterano no compartía sus sospechas y se lo dijo sin suavizarlas.

Una pérdida de sangre podía obedecer a muchas causas, y las heridas podían haber sido producidas antes o después de la muerte.

Elvira admitió ambas posibilidades. Lo que no aceptaba era que una explicación improvisada cerrara una investigación.

Beltrán la escuchó hasta el final, sacó sus gafas del bolsillo y señaló una anotación marginal: el paciente había llegado acompañado por un hombre que se negó a identificarse.

Nadie había registrado cuándo se marchó.

La conversación se interrumpió cuando una enfermera avisó de que la hermana del fallecido esperaba en el corredor.

Era una mujer que trabajaba limpiando escaleras y había perdido una jornada para acudir.

Elvira le preguntó por las últimas horas de su hermano.

La mujer recordó una fiebre leve, el cansancio de varios días y una visita recibida después de cenar.

No conocía al visitante. Su hermano le había abierto sin sorpresa y lo había acompañado hasta la calle.

Volvió tarde, se lavó las manos durante mucho tiempo y se negó a explicar dónde había estado.

Elvira anotó los hechos sin mencionar vampiros, ataúdes ni supersticiones.

Esa noche, al ordenar las fichas, Elvira advirtió que su empeño por demostrar la existencia de un patrón podía llevarla a seleccionar únicamente las pruebas que lo confirmaran.

Separó las observaciones comprobables de los rumores y tachó una conclusión escrita con demasiada seguridad.

Si alguien estaba causando aquellas muertes, necesitaban identificarlo; si se trataba de una enfermedad, necesitaban reconocerla; y si ambas explicaciones resultaban insuficientes, aún quedaba la obligación de no engañar a las familias.

Cerró el expediente y se quedó mirando el espacio en blanco reservado para la causa definitiva.

El jornal perdido

Fuera del almacén, la investigación tenía consecuencias que los periódicos no registraban.

Los trabajadores llevaban dos días entrando y saliendo sin saber si se les abonaría el turno.

La viuda del vigilante pidió que le devolvieran las pertenencias de su marido y recibió explicaciones contradictorias sobre el estado de la cerradura.

Baltasar no pudo dar una fecha para reanudar la actividad.

Empezaron a reunirse pequeños grupos junto al muro, a la sombra escasa de las puertas.

Leandro llegó con la intención de preguntar por el hombre que había sido visto de noche. Un estibador de barba gris le cerró el paso.

—Usted viene, escribe cuatro cosas y se marcha. Nosotros seguimos aquí cuando la gente empieza a decir que somos ladrones.

Leandro sacó la libreta, pero no la abrió.

—No he escrito eso.

—Todavía.

El hombre había trabajado veinte años en el puerto.

Conocía los apellidos de los dueños de los almacenes y sabía qué capataces preferían contratar a muchachos que aceptaban menos paga.

Explicó que la orden de cerrar había dejado sin jornal a doce hombres.

Una investigación podía ser necesaria, pero alguien debía responder por los días que no pudieran trabajar.

Leandro prometió preguntar; el estibador le aclaró que una pregunta no llenaba una cazuela.

Elvira oyó la conversación cuando salió del edificio.

Había acompañado a Darío para revisar la zona donde hallaron al vigilante.

Le propuso al periodista que usara el periódico para publicar una nota sobre la situación de las familias, sin atribuirles sospechas.

Él le contestó que su director quería el misterio de la caja.

—Entonces puede escribir dos noticias —respondió ella.