El asesino de la almohada (Bajetzky y Kuper 6) Capítulo 62
100%

Capítulo 62

No era el primer miércoles del mes —en sentido estricto, ni siquiera era miércoles—, pero Emma estaba en casa con sus dos mejores amigas, Nina y Lisa. Emma había pagado de buena gana la pizza que habían pedido, aunque apenas habían comido.

Emma estaba sentada junto a Nina en el sofá, con Lisa frente a ellas en un taburete pequeño. Las tres habían ido juntas al funeral de Susanne Sandjohann, y Emma y Lisa no habían querido dejar sola a Nina.

—¿Sabéis qué es lo que no me gusta de todo esto? —dijo Nina, rompiendo el silencio—. Susanne ya se habría zampado las pizzas a estas alturas. Y el vino, más aún.

—¿Brindamos por ella? —preguntó Lisa con vacilación.

—Buena idea —convino Nina.

Emma levantó la copa y dejó que Nina hiciera el brindis. —Por Susanne. Nina se bebió el vino de un trago, como si fuera un chupito.

—¿Susanne también habría hecho eso? —preguntó Emma con una leve sonrisa.

—No —dijo Nina, con aire soñador, como si recordase una ocasión parecida—. Una vez lo hice yo con un vino bastante caro. Aquella noche solo quería emborracharme cuanto antes porque aquel tío me había dado plantón.

—Tendrás que ser un poco más concreta —dijo Lisa.

—Con eso basta. Además, no es importante para la anécdota.

—Pero para mí sí. Yo...

—Sí, sí, ya lo sé. Pobrecita, llevas tanto tiempo felizmente casada...

—Exacto. Así que ¿qué me queda, aparte de las historias de cama de los demás? Esta vez fue ella quien se bebió el vino de un trago y después se rellenó su copa y la de Nina.

—Está bien. Fue Jim.

—Ah, ese era el tío de la feria ambulante. A Lisa se le iluminaron los ojos.

—Con el que soñaste una vez —recordó Emma.

Lisa puso cara de haber sido pillada. —No me juzguéis. En los sueños todo vale.

—¿Puedo terminar de contar la historia?

—¿No era una anécdota? —replicó Lisa.

Nina le lanzó uno de los cojines pequeños del sofá.

Lisa lo atrapó con una mano, pero cayó hacia atrás, aunque de algún modo consiguió mantener la copa de vino a salvo y en posición vertical.

Emma no pudo evitar reírse, y Nina se unió a ella.

—Eso es exactamente lo que me pasó en casa de Susanne al final de la noche.

Me bebí el vino de un trago y ella me miró completamente horrorizada, preguntándome cómo podía beberme así un vino tan bueno.

Tenía que dejarlo respirar, saborearlo. Al fin y al cabo, era una de las botellas de su padre, valorada en más de quinientos euros.

—Entonces Jim lo merecía —dijo Emma.

—Oh, desde luego que sí. Cogí la botella y me la llevé a los labios. No porque quisiera fastidiar a Susanne. Simplemente me apetecía despilfarrar. Susanne se echó a reír y dijo: “Esperaba que reaccionaras así. El vino sabe a mierda, pero no quería tirarlo”.

Absorta en el recuerdo, Nina miró la mesa, donde las pizzas se habían quedado frías. Apretó los labios y el silencio volvió a caer entre las tres.

—Voy a echarla de menos —dijo Nina, y entonces empezaron a brotarle las lágrimas.

Emma le pasó un brazo por los hombros y la atrajo suavemente hacia sí.

Lisa se sentó junto a Nina y la abrazó con tanta fuerza como Emma.

Ya se había dicho todo lo necesario y, aunque en algún momento de aquella noche cada una regresaría a su casa, Emma podía confiar en que Nina y Lisa siempre estarían a su lado.

FIN