El asesino de la almohada (Bajetzky y Kuper 6) Capítulo 61
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Capítulo 61

A penas había pasado una semana desde que atraparon a Christoph Wendt.

A pesar de todo lo que había hecho, resultaba amargo que ahora estuviera muerto.

Todos aquellos años de maltrato y rechazo sufridos durante su infancia lo habían convertido en lo que llegó a ser.

Y aquello se había cobrado más víctimas.

Johanna Pähler estaba sentada con Emma y Alex en una de las salas de reuniones más pequeñas y acogedoras de la comisaría central.

Dadas las circunstancias, se encontraba bien, según había dicho ella misma a modo de saludo.

La muerte de Karl Schmeling la había afectado especialmente en medio de todo aquel asunto.

—De verdad debería haberme dado cuenta —se reprochó—.

No es raro que los antiguos menores tutelados vuelvan a ponerse en contacto en algún momento.

Christoph llevaba años sin hacerlo y, de repente, se presentó en la puerta de mi casa.

Dijo que quería disculparse y me contó lo bien que le había ido en la vida gracias a mí.

Soy tan estúpida que me creí hasta la última palabra.

—Desde luego que no lo es —dijo Emma—. Es usted una mujer afectuosa que se preocupa de verdad por el bienestar de los niños y, aunque hace ya mucho que se hayan convertido en adultos, sigue estando ahí para ellos.

—Pero eso no mejora las cosas ahora... Lo siento. Estoy segura de que no me han pedido que venga para que pueda desahogarme con ustedes.

—La escucharemos encantados si quiere hablar de ello —dijo Emma con comprensión.

—Gracias —respondió Johanna Pähler con sinceridad—. Pero, por favor, vayamos al asunto que nos ocupa.

—Como desee. Tenemos que cerrar el caso y aún quedan algunas preguntas sin respuesta con las que esperamos que pueda ayudarnos.

—Haré todo lo posible.

—Gracias —dijo Emma—. ¿Qué puede contarnos sobre la relación entre Christoph Wendt y Martha Kessler?

Johanna Pähler abrió mucho los ojos y después respiró hondo.

—Martha era algo así como una buena conocida, en realidad una compañera, aunque de vez en cuando también nos veíamos fuera del trabajo.

Solo trabajaba a tiempo parcial en la oficina y dedicaba el resto de su tiempo a ser madre de acogida de menores mayores de catorce años.

Podía dejarlos solos por las mañanas, claro, o estaban en el colegio mientras ella trabajaba en la oficina.

Yo también lo hacía así cuando acogía a alguien.

—Pero también seguía ayudando a los adolescentes durante más tiempo cuando era necesario —dijo Alex.

—Sí, claro. Como con... como con Karl. El pobre chico de verdad no se merecía eso. —Se le llenaron los ojos de lágrimas—. Y todo por mi culpa. —Sorbió por la nariz y sacó un pañuelo de la caja de Kleenex que había sobre la mesa, delante de ella—. Lo siento.

—No tiene por qué disculparse —la tranquilizó Emma—. Por favor, continúe, si se siente capaz.

—Si me siento capaz... Entonces será mejor que acabe cuanto antes... Martha era estricta, por lo que yo sé. Pero jamás se me pasó por la cabeza que pudiera haber maltratado a Christoph.

—¿Él le habló de eso? —preguntó Emma.

—Me lo contó cuando vino a visitarme por primera vez. Me habló de los padres de acogida que lo habían maltratado. Yo sabía que Martha lo había acogido porque su anterior familia de acogida lo había quemado con cigarrillos. Que lo habían golpeado, encerrado durante días...

—Esas familias tuvieron que responder por ello —dijo Emma, que había consultado las denuncias correspondientes. Todas las había presentado Martha Kessler. Por eso nadie esperaba que ella siguiera maltratándolo.

—¿Martha Kessler acogió a algún otro adolescente después de Christoph Wendt, aunque solo fuera temporalmente? —preguntó Alex.

—No. Una vez me dijo que quería centrarse por completo en Christoph. Era un caso difícil y requería toda su atención. Incluso redujo su jornada laboral por él.

—¿Cómo se las arreglaba para compaginarlo todo tan bien?

Johanna volvió a respirar hondo. —Me contó que...

que tenía que bajar al sótano siempre que ella salía de casa.

Incluso llamaba al colegio para decir que estaba enfermo y así poder hacerlo.

Por lo general era por las tardes, porque él creía que, de otro modo, la gente se habría dado cuenta.

Siempre que ella tenía que salir, aunque solo fuera para ir de compras, él debía meterse en aquel pequeño trastero del sótano, donde no había luz.

A veces incluso pasaba allí la noche. Dijo que olía a trapos mojados y mohosos.

A veces ella hasta arrojaba allí comida enmohecida a propósito y lo dejaba encerrado todo el día.

—¿Dijo por qué lo trataba así? —preguntó Emma.

—No. Dijo que ella no necesitaba ningún motivo.

Pero también me contó que dibujaba mucho.

Gran parte de lo que le había ocurrido. Por lo visto, Martha no quería que lo hiciera.

Rompía los dibujos, los quemaba y tiraba una y otra vez sus ceras y su papel.

Entonces encontró una vieja caja de ceras en una caja del sótano.

Las llevó a escondidas a su pequeño cuarto y las utilizó, aunque no podía ver nada.

Dijo que se limitaba a imaginar los dibujos. Obras de arte invisibles, solo para él.

—¿Y la señora Kessler no lo descubrió? —preguntó Alex.

—Al final sí. Para entonces había cubierto de dibujos las paredes de su cuarto.

Como castigo, tuvo que pasar tres días ahí abajo.

Sin comer. —Volvieron a llenársele los ojos de lágrimas—.

Siento muchísimo todo esto... ¿Cómo iba a saberlo?

Una mujer de los servicios sociales que saca a niños precisamente de esa clase de entornos, que...

Ni siquiera sé cómo expresarlo. Me siento muy culpable.

—Por favor, no se culpe —dijo Emma.

—Es fácil decirlo. La conocía desde hacía décadas, y cuando sufrió aquel ictus tan grave y Christoph, que aún vivía con ella entonces, accedió a cuidarla... Nadie haría algo así si lo hubieran tratado de una forma tan terrible..., ¿verdad?

Emma miró un instante a Alex, que asintió, así que ella explicó: —Hemos vuelto a examinar las circunstancias que condujeron a la muerte de Martha Kessler.

Basándose en las fotografías y los resultados de laboratorio, nuestro médico forense está seguro de que la señora Kessler sufrió malos tratos durante los últimos años de su vida.

Johanna Pähler miró a Emma con incredulidad. —¿Qué? —dijo en un hilo de voz.

—Christoph Wendt solo cuidó de ella para vengarse —explicó Alex—.

Lo confesó el día de su muerte. Los hematomas que en un principio se atribuyeron al hecho de que estuviera postrada en cama revelaron, al examinarlos más de cerca, indicios que apuntan a años de malos tratos.

No de la magnitud de los que sufrió Christoph Wendt, pues de lo contrario las pruebas habrían sido más evidentes.

—No todos los hematomas evolucionan de la misma manera —explicó Emma—.

Algunos presentan hemorragias en capas más profundas del tejido, que no siempre pueden verse a simple vista.

Otros forman patrones que no se corresponden con una caída ni nada parecido.

Y eso es precisamente lo que pudimos identificar en las fotografías, aunque solo después de ampliar mucho las imágenes y una vez que supimos qué estábamos buscando.

—Por favor, pare. —Johanna Pähler negó con la cabeza—. Esto es... No sé. Es demasiado para mí. Lo siento. —Se levantó—. Tengo que irme.

—Por supuesto —dijo Emma, y antes siquiera de que ella pudiera levantarse, Johanna Pähler salió huyendo de la sala. Emma la siguió con la mirada y después miró a Alex.

—La verdad es que me da mucha pena —dijo Emma.

—Sí, a mí también —convino Alex—. En cierto modo, me dan pena todos. Incluso Wendt.

—Sé a qué te refieres.