Capítulo 59
Subieron las escaleras hasta la planta siguiente. Emma vio la habitación de la que procedía la luz. La puerta estaba entornada. Se acercaron en silencio, con las armas preparadas. Por la rendija, distinguió una figura sentada en la cama.
Por algún motivo, nada de aquello le inspiraba confianza. Cierto que habían avanzado en silencio y que los ruidos que habían hecho podían atribuirse igualmente a la ventisca, pero no lograba quitarse de encima la sensación de que él los había oído.
Se apostaron a ambos lados de la puerta.
Emma hizo una señal a Alex con la cabeza y él abrió la puerta de una patada.
—¡Policía, no se mueva!
Emma se detuvo. Ambos apuntaron sus armas hacia Christoph Wendt, que estaba sentado en el borde de la cama y los miraba sorprendido.
Sostenía un libro entre las manos, fingiendo leer.
Lo tenía abierto sobre el regazo, como si se hubiera quedado paralizado mientras pasaba una página.
Solo movió la cabeza para seguir a Alex mientras este miraba detrás de la cama y de las cortinas y luego se dirigía al armario empotrado.
—¿Puedo preguntarles por qué han irrumpido en mi casa?
—¿Su casa? —preguntó Emma, incrédula.
—Temporalmente, lo admito. Hasta que los propietarios regresen de su vuelta al mundo. Parece muy sorprendida. ¿No sabía que esta casa pertenece a mis padres biológicos?
—Sus padres están muertos —dijo Alex, deteniéndose un momento ante la puerta del armario.
—Me ha pillado. Es admirable lo bien que hace su trabajo. En cierto modo, la casa sigue perteneciéndome.
—Para ser más exactos, pertenece a un tal Alfons Schniedertöns —dijo Emma.
—Sí, no pasé mucho tiempo con él. Pero ahí dentro sí pasé bastante. —Señaló el armario y cerró el libro.
—Por favor, mantenga la calma —dijo Emma sin dejar de apuntarlo.
—¿Hay alguien ahí dentro? —preguntó Alex, señalando el armario con la cabeza.
Sin hacer caso a la petición de Emma, dejó el libro a su lado y entrelazó las manos sobre el regazo.
Parecía del todo imperturbable. A Emma no le gustaba.
Es más: la asustaba. Alguien capaz de conservar semejante calma mientras lo apuntaban con armas ya no podía estar en sus cabales. Y eso lo hacía aún más peligroso.
—Sí, hay alguien ahí dentro —dijo, como si Alex le hubiera preguntado por una chaqueta que quisiera tomar prestada.
Alex lo observó con escepticismo durante un instante y después se colocó junto a la puerta, apuntando con el arma al suelo para impedir que se la arrancaran de la mano si la puerta del armario se abría de repente.
Golpeó la puerta con los nudillos y el sonido resultó extraño. Ninguna puerta normal de un armario empotrado producía un ruido tan sordo.
—Eso no va a servir de nada —dijo Christoph Wendt con una sonrisa—. Y, de todos modos, la puerta no puede abrirse desde dentro.
—¡Entonces ábrala!
—¿Por qué? Mientras la puerta permanezca cerrada, no puede pasarle nada. Está a salvo mientras yo tenga las llaves.
Alex puso la mano en el pomo, lo giró, tiró y empujó. —Ábrala.
—No.
Alex golpeó la puerta. —¿Está insonorizado?
—Por supuesto —dijo Christoph Wendt.
—Entonces se está quedando sin oxígeno —concluyó Emma.
—Eso también es correcto —respondió Christoph Wendt—. Pero precisamente de eso se trata, ¿no? —Se puso en pie.
—Siga sentado —ordenó Emma, pero Wendt la ignoró y se alisó la ropa con toda tranquilidad.
—Levante las manos —ordenó Alex.
—¿Se refiere a estas?
Emma se sobresaltó, sin saber de dónde había sacado de pronto aquel cuchillo de grandes dimensiones. Con el armario empotrado a su espalda, Alex retrocedió para aumentar la distancia entre Christoph Wendt y él. Medio metro no era mucho, pero en aquel caso podía salvarle la vida.
—Tendremos que disparar si hace el menor intento de atacarnos —dijo Emma.
—Lo sé —dijo él—. Pero ¿y si me limito a quedarme aquí quieto? Quiero decir, yo puedo hacerlo durante media hora, y ustedes también. Pero… —señaló el armario con la cabeza—… ella no. Y desde luego no me dispararán para conseguir la llave si me limito a estar aquí sin hacer nada.
—¿Qué le parece si nosotros bajamos las armas y usted deja el cuchillo en el suelo? —preguntó Emma.
—¿Eso es todo lo que se le ocurre? —preguntó él con desprecio, y Emma ni siquiera podía reprochárselo.
Desde luego, aquel hombre no era estúpido.
Tal vez se hubiera preparado para ese preciso instante.
Si no, ¿por qué conservaba tanta calma? Y luego estaba aquel libro: Misery , de Stephen King, que ahora descansaba sobre la cama a su espalda.
Emma conocía la historia, en la que una admiradora perturbada mantiene cautivo a su escritor favorito para obligarlo a dar un final distinto a su nueva novela.
¿Intentaba Christoph Wendt conseguir lo mismo?
¿Quería reescribir la historia? ¿Igual que había pintado las imágenes ocultas bajo los cuadros?
Exigía a sus víctimas que contaran historias que él les imponía.
Historias que se correspondían con la realidad.
Con su realidad. Y, al mismo tiempo, soñaba con un desenlace completamente distinto.
¿Soñaba también con aquello? ¿Quería que lo atraparan?
¿Quería que su última víctima pesara sobre la conciencia de la policía?
Como si eso no hubiera ocurrido ya hacía tiempo con Susanne Sandjohann.
Y con Karl Schmeling. Y ahora también con Johanna Pähler, que probablemente ni siquiera sabía que el rescate estaba al alcance de la mano.
—¿Cómo imagina que acabará todo esto? —preguntó Emma—. Si esperamos hasta que Johanna muera, desde luego no nos limitaremos a dejarlo marchar. Además, ¿quién nos asegura que sigue viva?
—Eso casi parece el armario de Schrödinger, y encaja más con el intelecto que sospechaba que poseía. Lo reconocí ya en nuestro primer encuentro.
—Siempre estuvo muy por delante de nosotros —dijo ella con admiración, aunque, por supuesto, solo era una táctica—. Si no hubiéramos encontrado su historia en el desván, no estaríamos aquí.
—¿Ah, no? —Parecía visiblemente sorprendido—. ¿Cómo la encontraron?
—Las encontramos todas —explicó Emma—. También el dibujo que había debajo de los cuadros que dejó en las escenas de los crímenes. Su deseo de que su historia tuviera un final diferente. Como en el libro que está leyendo.
—Sí, podría decirse que me inspiró.
—Y, como sabe, la historia de ese libro no acabó bien.
—Eso depende del punto de vista. Pero entiendo adónde quiere llegar. Sin embargo, no cometeré la estupidez de atacarlos. ¿O quizá sí? Quién sabe.
—No, no lo hará —intervino Alex, acercándose de nuevo al armario poco a poco.
—Si no me deja otra opción, no puedo garantizar nada.
Aquella advertencia bastó para que Alex se detuviera.
—No lo hará —insistió Emma—. Quiere que su historia tome otro rumbo, ¿no es así? ¿Qué sentido tendría si estuviera muerto?
—Reescribí la historia hace mucho. Con cada víctima recuperé lo que me habían arrebatado. Estoy en paz conmigo mismo. Casi.
—Si lo está, ¿por qué se encuentra aquí? —preguntó Alex.
—Pensé que nunca deducirían que estoy aquí para terminar mi historia. Por otra parte, una parte de mí esperaba precisamente eso.
—Mató a personas inocentes —dijo entonces Alex.
Aquello no pareció complacerlo. —Estábamos avanzando tan bien y ahora dice una estupidez semejante.
—¿De verdad es tan estúpido? ¿No es usted quien no ve más allá de sus narices? No puede creer de verdad que hizo lo correcto. Asesinó a mujeres inocentes.
—¿Quiere que le cuente algo sobre la inocencia? —replicó entre dientes—. Los niños a los que protegí de ellas son inocentes.
—Ante todo, algunos de esos niños se han quedado ahora sin madre —dijo Emma—. ¿Nunca ha pensado en los peligros a los que los ha expuesto como consecuencia?
Él miró a Emma como si no entendiera sus palabras.
—Arrojó a esos niños al mercado —desarrolló Alex la idea de Emma—. ¿Y si ahora acaban con una familia que les arrebata la inocencia, igual que a usted le arrebataron la suya?
—¡Los liberé! Sigue siendo mejor que lo que les habría ocurrido de otro modo.
—¿Ah, sí? ¿Cómo puede saberlo? No puede saber qué ocurrirá ahora. ¿Y qué hay de usted? ¿De verdad estuvo mejor después de que lo separaran de sus padres? ¿Tuvo luego una infancia feliz?
—Sé lo que intenta conseguir. Pero esto no funciona así. No puede confundirme. Y Johanna… no era una buena madre y nunca lo habría sido.
—¿Y su madre biológica? ¿Lo pegaba? —preguntó Alex—. ¿Con una cuchara de madera? ¿Le apagaba cigarrillos encima o intentaba asfixiarlo con una almohada?
—Oh, eso era lo de menos. Llegó un momento en que no hacía absolutamente nada.
Nada por mí. Solo le importaba mi hermano, aquel pequeño niño prodigio.
—Miró a los dos, que no sabían nada de ningún hermano.
Sonrió—. Sí, bajo los efectos de las drogas, mis padres biológicos trajeron al mundo a más de un hijo. Al menos, yo solo sé de uno.
Emma empezó a comprender adónde conducía aquello. Hizo una señal discreta a Alex. Quería probar algo distinto al enfrentamiento directo. —¿Su hermano fue el motivo de que lo echaran?
—Podría decirse así. Aunque probablemente sea el único que lo ve de ese modo. Todos los demás pensaban que yo era un peligro para él. Cuando lo único que quería era recibir la misma atención que él.
—Siento que lo pasara tan mal.
—Solo dice eso para engatusarme.
—En eso solo tiene razón en parte —admitió Emma.
No tenía sentido negarlo ante aquel hombre.
Descubriría la mentira—. Aun así, lamento de verdad lo que le ocurrió, porque nada de aquello fue culpa suya.
Fueron sus padres quienes abusaron de usted y lo ignoraron.
Quienes entregaron todo su amor a su hermano, mientras usted apenas podía ir a la zaga, relegado a un rincón.
Él miró la almohada y luego el cuchillo que tenía en la mano. —Debería haberlo apuñalado desde el principio.
—¿En lugar de eso intentó asfixiarlo con una almohada?
—Buena deducción. Desde luego, eso no figuraba en los expedientes.
Porque aquel cabroncete jamás se habría atrevido a contárselo a nadie.
Igual que Johanna. Yo tenía once años cuando lo hice.
Johanna no quiso acudir a la policía por ello.
Vio potencial en mí. Y yo fui tan estúpido como para creer que de verdad quería desarrollarlo.
En lugar de eso, se limitó a pasarme a otros.
—Nunca llegó a encontrar un lugar en ninguna parte, ¿verdad? —insistió Emma.
—No.
—Y las familias de acogida tampoco lo trataron precisamente bien, ¿verdad?
—No, y no era lo que yo quería. Quería quedarme con Johanna, pero ella no me quería.
—Pero con Martha Kessler estuvo bastante bien, ¿no? —preguntó Emma, aunque sospechaba lo contrario.
—Ella era… Olvídelo. Ahora ya no importa.
—Fue ella quien abusó de usted, ¿verdad? —afirmó Emma—. Martha Kessler lo golpeaba con cucharas de madera.
—Basta.
—No dejaba de arremeter contra usted, también con un cinturón, le apagaba cigarrillos encima…
—Parece que ha encontrado mi detonante. ¡Enhorabuena!
—… y lo encerraba en un armario empotrado. ¿Martha Kessler también lo obligaba a pintar escenas de una infancia feliz y despreocupada? ¿Por eso cuidó de ella? ¿Se aprovechó de su indefensión para vengarse?
—Aquello no fue venganza. —Sostuvo el cuchillo en dirección a ella de forma amenazadora—. Se merecía lo que le hice. Se hizo justicia.
—Desde luego, no fue justo que Martha Kessler lo tratara así —dijo Alex—. ¿Verdad?
—Claro que no —dijo, bajando de nuevo el cuchillo.
—Se consideraba inocente y, aun así, lo castigaron —añadió Emma—. Igual que a las mujeres que asesinó.
—Ellas no eran inocentes.
—¿Qué hicieron mal esas mujeres, según usted, para merecer morir? —Emma miró el cuchillo, que ahora él apretaba con tanta fuerza que los nudillos se le habían quedado blancos.
—No eran inocentes —dijo con énfasis—. Nunca quisieron a sus hijos. Solo fingían. Ante el mundo interpretaban el papel de madre perfecta y cariñosa. En realidad, solo…
—¿Solo qué? —insistió Alex—. ¿Sabe lo que dijeron los hijos de las madres que asesinó?
—Dijeron que echan de menos a su madre —respondió Emma por él.
—Todavía no pueden entenderlo —replicó Christoph Wendt.
—Los niños entienden que un desconocido torturó y asesinó a sus madres. Sin la menor prueba de ninguna clase de culpabilidad.
—Tampoco hubo nunca pruebas contra Martha. Porque nadie se fijó lo suficiente. Pero yo sí me fijo.
—¿Qué vio? —quiso saber Alex.
—¡Vi bastante!
—No lo sabe. Porque no había nada que pudiera ver, ¿verdad?
—Si usted lo dice.
—Se imaginó que había visto algo —dijo Emma—. Porque no soportaba contemplar a otra madre haciendo todo lo posible para que su hijo fuera feliz.
—No.
—Sí —dijo Alex—. Incluso los hijos de la señora Schumacher la echan muchísimo de menos. Han organizado un proyecto artístico en honor a su profesora. ¿Alguien que supuestamente trata mal a los niños podría inspirar algo así?
Christoph Wendt reflexionó un instante. Su expresión cambió. De pronto, ya no parecía tan sereno ni enfadado, sino pensativo. —No lo entienden —susurró—. Yo los salvé.
—No lo hizo y, si es tan inteligente como afirma, siempre lo ha sabido —dijo Emma—. Anna-Lea, Greta, Natalia y Susanne… lo hicieron todo por sus pequeños, prácticamente se sacrificaron sin pensar en sí mismas. Algo que usted también quería para sí, pero que nunca recibió.
—Usted solo ha destruido el futuro de muchísimos niños —añadió Alex.
Wendt se irguió, sonrió y pareció en paz consigo mismo.
—Puede ponerle fin aquí y ahora —dijo Emma—. Entréguenos la llave y deje salir a Johanna.
—Acabar con todo aquí no es tan mala idea —dijo—. Así Johanna tendrá que vivir sabiendo que tiene mi sangre en las manos.
Entonces se le endureció la mirada. Con un movimiento repentino, llevó hasta su garganta la mano que sostenía el cuchillo. La manga se le deslizó hacia atrás, dejando al descubierto una gruesa cicatriz que le cruzaba las muñecas.
—¡No! —gritó Emma, y antes de que su grito se extinguiera, Christoph Wendt se degolló.