El asesino de la almohada (Bajetzky y Kuper 6) Capítulo 47 #2
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Capítulo 47 #2

—¿Cómo sabía él que ustedes no debían estar en casa?

—Se lo dijimos. Bueno, le dejamos un mensaje en el buzón de voz. Queríamos invitarlo a venir con nosotros, pensamos que sería buena idea. Además, fue hace mucho tiempo. Por entonces solo habían pasado dos años desde que Karl dejó de vivir con nosotros.

—¿Y entonces lo sorprendieron entrando?

—Sí. Estaba aquí, en esta habitación, pero no robó nada.

Al menos yo no eché nada en falta. Había rebuscado en los archivadores, o como mínimo pretendía hacerlo.

Estaba manipulando la cerradura. Jonas tenía su habitación al lado, como Karl y todos los demás antes que él, y el ruido lo despertó.

Subió a nuestro dormitorio, que está en la planta de arriba, justo encima del suyo.

Le dijimos que esperase allí y bajamos. Fue entonces cuando sorprendimos a Karl, y se quedó visiblemente conmocionado al ver que estábamos en casa.

—¿Qué ocurrió después? —preguntó Emma.

—Pensó que lo habíamos planeado para sorprenderlo con las manos en la masa y que la policía pudiera encerrarlo. Cuando entró Jonas, Karl enloqueció. Se puso hecho una furia y acabó volcando el escritorio.

—¿Ese armatoste tan pesado? —preguntó Alex señalando el voluminoso mueble.

—Sí. Después se abalanzó sobre nosotros.

Si Jonas no me hubiera apartado, creo que Karl sencillamente me habría derribado.

Salió corriendo por la puerta y durante semanas no volvimos a verlo ni supimos nada de él.

Entonces Johanna llamó para decir que había entrado en su casa.

No lo había sorprendido, pero estaba segura de que había sido él.

Lo veía de vez en cuando, como si la siguiera.

Pero no estaba realmente preocupada. Incluso intentó acercarse a él varias veces, pero siempre volvía a huir.

—¿Qué edad tenía cuando se marchó?

—Nuestro deber de tutela termina cuando alcanzan la mayoría de edad, igual que la ayuda económica.

No es justo, y nos habría gustado que se quedara con nosotros más tiempo, pero por desgracia no podemos permitírnoslo.

Existen acuerdos especiales, pero la persona afectada también tiene que aceptarlos. Y Karl se negó en redondo.

Alex tuvo la sensación de que ella se había visto obligada a justificar aquel hecho muchas veces. En cualquier caso, lo expresó como si se disculpara. —Supongo que Karl no lo interpretó como un intento de ayudarlo.

—No. Creyó que volvían a abandonarlo y que nosotros no queríamos tenerlo de verdad.

Todos aquellos años, que a la larga quizá hubieran llegado a cambiar algo en él, quedaron anulados.

Lo intentamos a través de otros organismos, quisimos organizar ayuda para él e incluso pedimos favores a amigos psicólogos para que lo aceptaran en terapia de forma voluntaria.

Pero no quiso saber nada y, por desgracia, no se puede obligar a un adulto.

—¿Ni siquiera después de repetidos intentos de suicidio? —preguntó Emma.

—Después siempre lo ingresaban en el hospital psiquiátrico de Gütersloh, pero allí tampoco pueden retener a alguien indefinidamente.

Una vez, cuando era adolescente, lo ingresaron en una clínica de Hamm concebida específicamente para esos casos.

Y, una vez que alcanzan la mayoría de edad, la evaluación es mucho más estricta.

Todos los meses deciden si la persona está lo bastante estable para recibir el alta.

Creo que su estancia más larga fue la última. Duró tres meses.

—¿Cuánto tiempo hace de eso?

—Cinco años, por lo que sé.

—¿No ha vuelto a intentar suicidarse desde entonces? —preguntó Emma.

—No que nosotros sepamos. Pero, si lo hubieran ingresado en Gütersloh, nos habrían informado. La directora es una vieja amiga mía.

—¿Cree que podríamos hablar con ella?

—No estaría autorizada a contarles nada así como así, y tampoco lo haría.

—¿Y si se lo pidiera usted?

—Yo no le pido a nadie que incumpla su deber de confidencialidad. Además, no creo que allí sepan más que yo.

—¿Lo cree o lo sabe? —insistió Alex.

—Confíen en mí.

—¿Sabe cómo se comportó durante sus estancias en las clínicas? ¿Se mostró llamativamente agresivo? ¿Manifestó quizá hostilidad hacia las mujeres?

—Era hostil con todo el mundo. Y, si hubiera algo de sus estancias hospitalarias que, en mi opinión, pudiera ayudarlos en su caso, se lo habría contado.

—De acuerdo —respondió Emma—. ¿Se le ocurre algo más que pueda ayudarnos?

—Puede que tenga otra cosa. Algunas pertenencias personales que todavía no ha recogido. Pero en realidad no hay nada especial. Cómics viejos, unos cuantos dibujos.

Emma aguzó el oído. —¿Dibujos?

—Sí, algunos son de hace mucho tiempo. Los llevaba consigo cuando vino con nosotros. Aunque no sé por qué los conservó.

—¿Podríamos verlos? —preguntó Emma.

—Esperen aquí, por favor. Voy a buscar la caja.

Se levantó con pesadez y ya no dio a Emma la impresión de estar tan en forma como cuando les abrió la puerta.

Se dirigió hacia una discreta puerta de madera con listones situada detrás de la pizarra con los ejercicios aritméticos, en la que Emma no había reparado antes.

Cuando Nora Merschbrock abrió la puerta, se encendió una pequeña luz en la habitación contigua.

Dentro había cajas de cartón etiquetadas y apiladas hasta el techo.

Desde el sofá, Emma no alcanzaba a distinguir qué ponía exactamente en ellas.

Nora Merschbrock sacó una caja de la parte central, lo que hizo que las de encima descendieran un nivel con un ruido audible.

Con la caja bajo el brazo, cerró la puerta y regresó junto a los dos inspectores.

La dejó sobre la mesa, levantó la tapa y la apoyó contra la pata de la silla que tenía al lado.

Se quedó paralizada. Emma miró dentro y comprendió de inmediato por qué.

En lugar del contenido prometido, solo había ejemplares antiguos del diario Neue Westfälische.

—Entonces supongo que sí robó algo después de todo —dijo Nora Merschbrock—. Lo siento.